Cristianos del siglo II por Tertuliano, "Apologético" 39, 40, escrito aproximadamente en 198 d.C.
Quinto Septimio Florencio Tertuliano pasó la mayor parte de su vida en Cartago, donde nació hacia el año 155. Se convirtió hacia el año 193, quizá durante sus años en Roma, donde se dedicaba al ejercicio de la abogacía. Desde entonces puso al servicio de la Iglesia su formación jurídica y una notable habilidad retórica. Murió en torno al año 225. Quizá su libro más conocido sea el “Apologético”, un valiente escrito dirigido a los gobernadores de las provincias romanas, para mostrarles la rectitud de vida de los cristianos, totalmente ajenos a los delitos que se les atribuían. Ya en una obra precedente, “A los gentiles”, había hecho otra enérgica defensa del cristianismo, dirigiéndose al mundo pagano en general. En el “Apologético” sigue un programa mejor delineado y más sistemático. Se propone presentar a los cristianos como ciudadanos comunes, como cualesquiera otros, cumplidores ejemplares de todas sus obligaciones cívicas, interesados por la cosa pública como el que más, dignos de todo el aprecio que los gobernantes deben tener por los súbditos buenos y leales. / Fuente: Mercaba.org
Apologético 39 y 40 (fragmentos) Somos un cuerpo unido. Estamos ligados unos a otros por una convicción religiosa común, por una y la misma disciplina y por el ligamento de una común esperanza. Formamos una sociedad permanente y nos juntamos en reuniones comunitarias como si formáramos un ejército alrededor de Dios y lo sitiáramos con nuestras oraciones. Este es el tipo de fuerza en la que Dios se regocija. Oramos también por el Emperador y por todos aquellos que tienen funciones de responsabilidad y posiciones de autoridad. Oramos porque el fin no venga todavía. Nos reunimos para traer a la mente los contenidos de las Sagradas Escrituras todas las veces que la situación del mundo nos da una advertencia o un recordatorio. En cada situación nutrimos nuestra fe con santas palabras y pronta expectativa, y fortalecemos la confianza. Velamos por el cumplimiento de la disciplina inculcando nuestros preceptos. En estas reuniones de nuestra sociedad hay también ánimo, admonición y divina corrección, porque mantener el juicio es un asunto que tiene gran peso para nosotros, como debe ser en personas que están seguras de la presencia de Dios. Así, cuando alguien ha pecado tanto que es excluido de la comunidad de oración, de la completa sagrada relación de la comunidad, esto es un preludio profundamente conmovedor del juicio que viene.
Los más probados hombres nos presiden; los “ancianos” como les llamamos. Ellos han obtenido este honor solamente a través de su buen nombre, nunca a través del uso del dinero, porque nada que es de Dios puede ser comprado con dinero. Aunque tenemos un tipo de caja de dinero, éste no viene de cuotas de incorporación, como cuando uno compra membresía o posición en una sociedad. Eso sería como “comprar religión”. En lugar de eso, cada hombre contribuye con algo una vez al mes, o cuando lo desee, y sólo cuando lo desee, y si puede; porque nadie es forzado, sino que cada uno da su parte con libre voluntad. Estas contribuciones pueden ser llamadas el depósito de fondos de la comunidad de Dios, toda vez que ellos no son gastados en banquetes o fiestas de bebida o en glotonería. Al contrario, son usados para alimentar y enterrar a los pobres, por niños y niñas sin medios y sin padres para ayudarles… para marineros que han naufragado; y para aquellos que realizan trabajos forzados en minas, o están desterrados en islas, o en prisión, provisto que ellos sufren por causa de su comunión con Dios. Esto los hace beneficiarios por virtud de su confesión de fe. Pero aún estos actos de gran amor ponen una mancha en nosotros a los ojos de algunas personas. “Miren”, dicen, “cómo se aman unos a otros” (porque ellos se odian unos a otros). “Vean, cuán prestos están a morir unos por otros” (porque ellos más pronto se matarían unos a otros). Es más, se perturban porque somos llamados por el nombre de “hermanos”. Pienso que la única razón de esto es que cada palabra de relación de sangre usada para expresar afecto del corazón es hipocresía para ellos. ¡Pero somos hermanos aún para ustedes, por la ley de la naturaleza, nuestra madre común, aunque ustedes no son verdaderos hombres en tanto son malos hermanos! Cuánto más esto expresa la verdad de estar cerca y cuidar como hermanos a aquellos que han reconocido a su único padre, Dios, y que han venido, asombrados y maravillados, del mismo vientre de ignorancia a la única luz de verdad. Pero puede ser que no somos considerados muy legítimos porque nuestra hermandad no es ruidosamente declamada en una tragedia, o porque somos hermanos con relación a nuestras posesiones familiares también, al punto que su hermandad deja de existir como una regla.
Nosotros que estamos interiormente unidos en espíritu y en alma no podemos tener ninguna duda en renunciar a nuestra propiedad. Tenemos todo en común excepto nuestras esposas. En este punto, disolvemos nuestra comunidad, y esto es precisamente el único punto en que el resto de la humanidad practica comunidad. ¡Oh, este ejemplo de antigua sabiduría griega y de dignidad romana! ¡Procuradores ambos, el filósofo y el oficial del gobierno!
¡Cómo puede alguien ser sorprendido si tan gran amor como el nuestro viene a su mejor expresión en nuestras comidas comunitarias! Pero ustedes califican aún nuestras más modestas comidas como inútiles después de que las han desacreditado diciendo que son criminales. Se hacen investigaciones sólo en los banquetes cristianos. Legalmente no son permitidos porque son consideradas reuniones ilegales. De acuerdo a la ley, tales banquetes deben ser condenados tan pronto como alguien presenta una queja sostenida en los párrafos de la ley establecida para las sociedades secretas. Pero, ¿nos hemos reunido para herir a alguien? En nuestras reuniones somos los mismos que cuando estamos esparcidos; colectivamente somos los mismos que individualmente. Esto somos sin dañar o herir a nadie. Cuando gente justa, buena, creyente y pura se reúne, eso no debe ser llamado una sociedad secreta, sino un senado. Por el contrario, las reuniones que deben ser llamadas sociedades secretas son aquellas en la cual se conspira para odiar a hombres buenos y honestos, aquellas que son convocadas en nombre de la sangre de la gente inocente. Para justificar su odio, usan como pretexto su loca e infundada creencia de que los cristianos son la principal causa de cada desastre público y de cada infortunio de la gente. Si el Tíber crece por sobre los muros de la ciudad, o al contrario, si el Nilo no riega los campos, si el tiempo no es favorable, si hay un terremoto, o si hay una plaga, entonces se levanta inmediatamente el grito: “¡Los cristianos a los leones!”
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