Los evangélicos en la
sociedad chilena: Una perspectiva histórica (1)
El propósito de esta conferencia es compartir algunas reflexiones acerca de cómo se han dado y se podrían dar en el futuro las relaciones entre las iglesias evangélicas y la sociedad chilena. Lo que pretendo hacer no es una evaluación del aporte real que como pueblo evangélico hemos hecho a la sociedad chilena. Si tal evaluación fuera posible, sería más objetivo que la hicieran quienes estudian la historia de Chile desde un punto de vista no confesional. Quiero situar nuestra reflexión más bien en el campo de la autopercepción que los evangélicos hemos tenido de nuestro lugar en la sociedad chilena: ¿Nos hemos visto a nosotros/as mismos/as como protagonistas importantes del acontecer nacional en todos sus ámbitos? ¿O hemos reducido nuestro protagonismo a la propagación de nuestra fe? ¿Hemos asumido la sociedad chilena, en toda su complejidad, como un campo legítimo de nuestra responsabilidad cristiana? ¿O la hemos visto solamente como el escenario o territorio de nuestra acción evangelizadora? Como el mundo evangélico chileno es bastante heterogéneo, la respuesta a estas preguntas podría variar considerablemente si la referimos a tal o cuál denominación, o a tal o cuál orientación teológica. Por lo tanto, me conformaré con referirme a lo que en determinado período aparece como la tendencia dominante en el “pueblo evangélico” considerado en su conjunto.
Siglo XIX: los pioneros de la presencia evangélica en Chile
A lo largo del siglo XIX la presencia evangélica en Chile fue, desde un punto de vista estadístico, bastante insignificante. De hecho, según el Censo de Población de 1907, para entonces los protestantes en Chile apenas alcanzaban un 1% de la población total (2), y gran parte de ellos correspondía a residentes extranjeros. El crecimiento de las iglesias evangélicas entre los chilenos recién había comenzado a notarse hacia fines del siglo. Considerando su escasa significación numérica, llama la atención que la historia del siglo registre varios episodios interesantes de participación evangélica en el acontecer nacional (3). Diego Thomson, el primer misionero protestante en ingresar oficialmente al país (1821), vino contratado por el gobierno de Bernardo O’Higgins para organizar escuelas populares. Aparte de su conocida labor educativa y de difusión de la Biblia en castellano, Thomson estuvo involucrado en iniciativas para promover la inmigración europea. A pesar de que esos esfuerzos fracasaron, el caso de Thomson muestra a un evangélico bautista participando activamente en los asuntos públicos en los inicios de nuestra historia republicana. Más tarde, la necesidad de conquistar un espacio para la libertad religiosa en la sociedad chilena exigió un alto nivel de participación en el debate político por parte de los pioneros del cristianismo evangélico. La participación de las jóvenes comunidades evangélicas, con el liderazgo indiscutible de David Trumbull, misionero congregacionalista que eventualmente se transformó en el fundador de la obra presbiteriana en Chile, fue crucial para la promulgación de leyes tales como el matrimonio civil, los cementerios laicos y la creación del registro civil (1883-1884). También fue muy importante su contribución al desarrollo de la educación laica. Podría pensarse que este tipo de participación en la sociedad respondía únicamente a intereses corporativos, es decir, al propósito de crear condiciones favorables al crecimiento evangélico. Sin embargo, en esa época la participación evangélica iba claramente más allá de la defensa de intereses propios. Los evangélicos trataron de contribuir, en colaboración con determinados sectores políticos (liberales y radicales) y sociales (artesanos y obreros), al desarrollo de una sociedad más democrática y pluralista. Por ello, las publicaciones y revistas evangélicas dedicaban muchas páginas a temas de interés nacional. Antes de finalizar el siglo algunas personalidades evangélicas habían sido elegidas como representantes en el poder legislativo. En 1888 Ricardo Trumbull L., abogado presbiteriano y miembro del partido radical, fue elegido diputado suplente por Concepción y Talcahuano, y en 1891 diputado titular por Rere y Puchacay. También en 1888 Víctor Korner A., miembro de la congregación alemana de Valdivia, fue elegido diputado titular por esa ciudad, en representación del Partido Liberal. Antes había sido diputado suplente. Estos pocos ejemplos nos sugieren que los pioneros de la presencia evangélica en Chile imaginaron un pueblo evangélico bastante involucrado en la construcción de nuestra joven República. Ellos se vieron a sí mismos a la vez como reformadores religiosos y reformadores sociales. Como se evidencia en escritos de Trumbull, que representan bien el pensamiento misionero de la época, la obra misionera estaba destinada no sólo a la conversión de individuos, sino a la promoción de bases más firmes para el desarrollo de la sociedad chilena: “Sabido es que la sociedad religiosa modela a la sociedad civil, que según sea la religión del hombre, así será su vida pública y privada [...]. La Reforma, al contribuir el arraigo de los principios democráticos y libertarios en la política, como el trabajo, industria e instrucción en la economía, está indisolublemente ligada a ellas. Por lo que, si una nación adopta estos principios sin antes haber efectuado una reforma religiosa, no podrá mantenerlos por mucho tiempo, ya que la religión tiene una íntima relación con la política, como tiene también con los negocios, la sociedad y los hogares” (4). El lema “Chile para Cristo”, que ya encontramos en documentos
del siglo XIX, tenía entonces esta doble significación.
Por estas mismas razones, gran parte de los esfuerzos misioneros en
este período se orientaron concientemente, aunque sin mucho éxito
estadístico, hacia aquellos sectores sociales que estaban en
mejores condiciones de influir en los destinos del país.
Siglo XX: las iglesias evangélicas se arraigan y crecen significativamente en Chile Fue a lo largo del siglo XX que las iglesias evangélicas lograron echar raíces e iniciar un notable crecimiento en la sociedad chilena. El último Censo de Población del siglo (1992) mostró que protestantes y evangélicos en conjunto alcanzaban el 13.2% de la población de 14 o más años de edad (5). ¿Se tradujo este crecimiento numérico en un aumento de la capacidad evangélica de influir en los destinos del país, como esperaban los pioneros? En efecto, durante las primeras décadas del siglo XX, algunos líderes evangélicos e iglesias se destacaron en varios ámbitos de la vida nacional: el campo de la educación, el trabajo con comunidades indígenas, la organización sindical, la formación de partidos políticos, la promoción del voto y la participación política de las mujeres, el ejercicio de cargos de gobierno provincial o regional, etc. Se trata de una historia poco conocida por las recientes generaciones evangélicas, pero que vale la pena rescatar (6). Sin embargo, a medida que avanzaba el siglo, la tendencia más dominante y visible del mundo evangélico pareció revertirse rápidamente, hasta el punto que un conocido estudio sociológico del protestantismo en Chile, realizado entre 1965 y 1966, lo caracterizó como “el refugio de las masas” (7). Aunque muchos aspectos del estudio de Christian Lalive han sido puestos en cuestión, su caracterización del pueblo evangélico chileno no fue muy diferente de lo que muchos observadores externos percibían sin necesidad de un estudio sociológico: dirigentes sindicales, políticos y sociales solían reclamar que los evangélicos no participaban en sus demandas y movilizaciones sociales, mientras que los patrones solían preferirlos como trabajadores disciplinados y no conflictivos. Tampoco esta percepción era contradicha por lo propios evangélicos. Por el contrario, la prédica y enseñanza interna predominante parecía confirmar y justificar este rechazo a la participación en los asuntos públicos: “el cristiano no debe meterse en política”. Conviene aclarar, en todo caso, que esta tendencia evangélica dominante de abstenerse de participar en la sociedad nunca significó una completa “separación del mundo”. La participación responsable en el mundo del trabajo, la obediencia a las leyes, e incluso la participación en los procesos electorales, siempre fue considerada como una obligación para el cristiano. Lo que se desaconsejaba era la participación activa en organizaciones sociales, sindicales o políticas, así como en las acciones o movilizaciones sociales convocadas por estas. También se recomendaba apartarse de algunas manifestaciones de la cultura popular o nacional (las fondas, la cueca, etc.). Es cierto que ya hacia fines de la década iniciada en 1960 algunos sectores del mundo evangélico comenzaron a mostrar un renovado interés por participar en los asuntos públicos. Pero la interrupción del sistema democrático en 1973 y el discurso muy negativo sobre la política y los políticos del Régimen Militar, permitieron que la tendencia evangélica contraria a la participación social volviera a ser dominante. Aunque durante la última década del siglo, coincidente con el proceso de retorno a la democracia, volvió a dar lugar a un renovado interés evangélico por la cosa pública, este interés se concentró fundamentalmente en el logro de un nuevo estatuto jurídico para las iglesias y organizaciones religiosas no católicas. Haciendo un balance global, el siglo XX nos muestra una situación paradójica: aunque fue en este período que las iglesias evangélicas alcanzaron niveles significativos de crecimiento, echando raíces permanentes en el suelo chileno, en este mismo período el pueblo evangélico parece haberse sentido mucho menos llamado a participar en la construcción de la sociedad chilena, en comparación al sentido de responsabilidad social que mostraron los pioneros extranjeros del siglo XIX. ¿Qué factores podrían ayudarnos a entender esta visión predominantemente negativa respecto a la participación evangélica en los asuntos públicos en este período? ¿Por qué durante la mayor parte del siglo XX muchos evangélicos parecen haber vivido su identidad evangélica a contrapunto con su identidad nacional? Sin pretender agotar el debate respecto a estas preguntas, me parece pertinente sugerir dos factores. El primero, más bien sociológico, se refiere a las características predominantes del crecimiento evangélico en Chile durante el siglo XX. Si los pioneros del siglo XIX aspiraban a alcanzar prioritariamente con la fe evangélica a los sectores más cultos e influyentes de la sociedad chilena, en los hechos el crecimiento evangélico más notable se concentró en los sectores más pobres (urbanos y rurales) y excluidos. El protagonista principal de este crecimiento parece haber sido el movimiento pentecostal chileno, originado en el avivamiento de 1909-10. Aunque sin lugar a dudas las demás denominaciones evangélicas también crecieron, si bien con ritmos diferentes, manteniéndose así una considerable diversidad dentro del mundo evangélico, el pentecostalismo se constituyó en el rostro más visible de lo evangélico en la sociedad chilena. Debido al cisma de 1910, el pentecostalismo pasó a ser una forma de protestantismo nacional y autónomo, bastante desconectado de la herencia y pensamiento misionero de los pioneros. Por otra parte, su inserción en el contexto de los sectores más excluidos social y culturalmente, sumado a su condición de minoría religiosa, se expresó en una auto percepción de marginalidad socio-cultural: somos considerados “ciudadanos de segunda clase”. Ambos hechos atentaron contra la posibilidad de que el pentecostalismo desarrollara una vocación de participación social. El segundo factor, más bien teológico, se refiere al
impacto de la famosa controversia entre fundamentalismo y modernismo,
que en Chile comenzó a hacerse sentir más o menos a partir
de la década iniciada en 1940, pero con mayor fuerza a mediados
del siglo. Esta famosa controversia, que comenzó a dividir al
protestantismo norteamericano a fines del siglo XIX, marcó gran
parte de los debates teológicos del siglo XX y tuvo un impacto
específico en una polarización del movimiento misionero.
Un polo comenzó a concentrar la acción misionera exclusivamente
en el esfuerzo conversionista, mientras que el otro tendió a
concentrarlo en la acción social (8). Aunque siempre hubo
mediadores que procuraron mantener el equilibrio entre las dimensiones
personales (o espirituales) y sociales de la proclamación del
Evangelio, parece que en todas partes las iglesias evangélicas
se sintieron forzadas a atrincherarse en uno u otro polo. En Chile,
como en el resto de América Latina, el impacto de esta controversia
llegó incluso a provocar divisiones eclesiásticas, y ciertamente
produjo también una polarización interna del mundo evangélico
como conjunto. Y aunque en los Estados Unidos el sector fundamentalista
o conservador raramente ha sido verdaderamente ‘a-político’
– lo más frecuente es que ha sido abiertamente político
– en Chile la influencia conservadora, que tendió a ser
dominante, se expresó en un discurso con pretensiones a-políticas.
Así, gran parte del liderazgo y la membresía de las iglesias
evangélicas de las diversas tradiciones confesionales (no solamente
pentecostales) asumieron y defendieron una concepción de la misión
que enfatizaba exclusivamente el crecimiento eclesiástico, renunciando
a otras formas más directas de influencia en la sociedad.
¿En qué está el “pueblo evangélico” a inicios del siglo XXI? Si bien nuestro balance global del siglo XX constató en el pueblo evangélico mayor distancia que cercanía entre su identidad evangélica y su identidad nacional, cabe señalar ciertos hechos de las últimas décadas que comenzaron a preparar el camino para una nueva actitud en los albores del nuevo siglo. Aunque la interpretación del comportamiento de las iglesias evangélicas bajo la dictadura militar puede ser objeto de interminable debate, tal vez en un aspecto podemos estar todos de acuerdo, a saber, que en ese conflictivo período de nuestra historia el mundo evangélico alcanzó una visibilidad pública sin precedentes. Tanto la sociedad política como los medios de comunicación tomaron nota de la significación de la presencia evangélica en Chile. La conciencia de que el mundo evangélico comenzaba a ser reconocido como un actor relativamente relevante – aunque bastante heterogéneo -para la sociedad Chile, necesariamente significó que el liderazgo de las iglesias, y especialmente de los organismos interdenominacionales, comenzara a hacerse nuevas preguntas acerca del papel de las iglesias evangélicas en la sociedad chilena. Esta nueva visibilidad social del mundo evangélico facilitó que, una vez iniciado el proceso de transición a la democracia, distintos sectores de la clase política manifestaran una nueva disposición para enfrentar el problema de la desigualdad jurídica entre la iglesia mayoritaria y las demás iglesias y organizaciones religiosas. Así se inició el largo y complejo proceso que culminó en Octubre de 1999 con la promulgación de la Ley Nº 19.638, que establece las “Normas sobre la Constitución Jurídica de las Iglesias y Organizaciones Religiosas”. Más allá de las implicaciones jurídicas concretas de esta Ley, su discusión, aprobación y promulgación implicaron un compromiso por parte de las autoridades públicas de vigilar que en las prácticas de todos los ámbitos del aparato estatal se respete la igualdad religiosa. Por su parte, el liderazgo evangélico no tardó en darse cuenta que este cambio implicaba a la vez nuevas y desafiantes responsabilidades para las iglesias evangélicas frente a la sociedad chilena. Todo esto implica que el “pueblo evangélico” parece estar encarando el inicio del siglo XXI con un nuevo sentido de responsabilidad social, que de algún modo evoca o rescata la visión que tenían los pioneros del siglo XIX. Si durante la mayor parte del siglo XX los evangélicos nos sentimos como simples peregrinos en esta tierra llamada Chile, todo indica que queremos enfrentar el siglo XXI como ciudadanos plenos (9). Es importante notar que esta nueva actitud no es propia sólo de determinados líderes o de una cierta elite evangélica, sino que traspasa a amplios sectores de base de nuestro diverso mundo evangélico. Esta nueva tendencia a asumir la sociedad ya no tanto como un mundo ajeno y amenazante, sino como un campo de responsabilidad, se expresa en diversos grados en lo que podríamos describir como el redescubrimiento del ministerio del servicio; en una nueva relación con la cultura nacional; y en un nuevo interés por la participación política.
El redescubrimiento del ministerio del servicio se manifiesta en una multiplicidad de iniciativas para enfrentar problemas sociales específicos, destacándose especialmente la preocupación por las víctimas de la drogadicción y por la niñez en riesgo social. Mientras en muchos casos estas acciones de servicio de comprenden como un ministerio con legitimidad propia, fundamentado en el mandamiento de amor incondicional al prójimo, en otros casos se las asume como parte de una estrategia de evangelización, cuya finalidad última es la incorporación de los beneficiarios a la iglesia o grupo que ofrece el servicio. Se plantea, por lo tanto, el desafío de una reflexión bíblico-teológica que permita profundizar la comprensión del sentido y propósito del ministerio de servicio o diaconía; y de un intercambio de experiencias que permita enriquecer los estilos y metodologías de trabajo. Entre los evangélicos comprometidos en iniciativas de servicio es frecuente escuchar reclamos por la escasa visibilidad que tiene la acción social evangélica, en comparación con la enorme publicidad de instituciones católicas como el Hogar de Cristo, y por la aparente discriminación a los evangélicos en el acceso a fuentes públicas de financiamiento. Estos problemas también demandan una mayor reflexión e intercambio de experiencias, ya que en gran medida se derivan del carácter informal de muchas de las iniciativas, lo que les impide cumplir con los requisitos formales y técnicos para actuar como ejecutores de políticas sociales. El cambio en la relación con la cultura se manifiesta por una parte en la creciente incursión en ámbitos antes vetados para los evangélicos como el teatro, la música popular, el deporte competitivo e incluso la comedia. Si antes se daba por sentado que un artista o deportista convertido debía abandonar su oficio si quería ser un buen cristiano, ahora se promueven ministerios específicos para acompañarles pastoralmente (agrupaciones de artistas o deportistas evangélicos). También se manifiesta en la proliferación de comunidades o congregaciones evangélicas con ministerios especializados para grupos juveniles adscritos a determinadas subculturas o tendencias musicales, jóvenes drogadictos, ex-convictos, u otros, sin temor a adaptarse a las características culturales y a la estética de tales grupos. El vertiginoso desarrollo de la radiodifusión evangélica también puede interpretarse como una manifestación de este cambio. Aunque los radiodifusores evangélicos suelen dar por sentado que su labor responde a una motivación evangelística, un análisis del lenguaje y estilo de la programación sugiere más bien que responde a una necesidad de visibilidad social y cultural del mundo evangélico (10). Otro signo es la incorporación al culto evangélico de estilos musicales y ritmos que antes habrían sido considerados mundanos. Todo esto muestra que si en el pasado la identidad evangélica tendió a definirse por oposición a la cultura o la sociedad que nos rodea (el “mundo”), acentuando por sobre todo la diferencia, ahora la tendencia dominante parece ser hacia la plena identificación con la cultura globalizada de la llamada postmodernidad. Estos cambios han sido tan rápidos, que ha habido muy poca reflexión acerca de sus implicaciones teológicas, eclesiológicas e incluso éticas. Hoy por hoy pareciera que la identidad evangélica –o cristiana, como se prefiere decir en una nueva actitud desafiante hacia la iglesia mayoritaria- tuviera que ver fundamentalmente con el uso de determinados medios de comunicación y estilos musicales. Me parece que aquí tenemos una gran necesidad de detenernos a reflexionar: ¿Qué es lo que define nuestra identidad evangélica? ¿Hacia donde vamos con estos cambios? ¿Es “tradición” necesariamente una mala palabra en una comunidad cuya identidad tiene que ver con un acontecimiento que ocurrió hace 2.000 años atrás? En el ámbito de la cultura también podemos señalar la nueva necesidad que siente tanto el liderazgo como el pueblo evangélico de tener opinión y participar en el debate sobre los llamados temas emergentes o “valóricos” de la sociedad chilena. Esto genera una cierta urgencia por hablar de asuntos que antes se callaban: sexualidad, orientación sexual, divorcio, violencia intra familiar, servicio militar obligatorio, etc. La pregunta aquí es si es correcto pasar del absoluto silencio a la participación en el debate público, sin mediar un proceso de reflexión y diálogo entre nosotros. Esto ha sido hasta cierto punto inevitable, porque muchos temas están siendo debatidos ahora y nuestra opinión está siendo constantemente requerida por la prensa y por la sociedad política. Pero cuando se improvisa se corre el riego de transmitir meros sentidos comunes, o replicar en forma irreflexiva la opinión de la iglesia mayoritaria. Por otro lado, surge la pregunta acerca de cómo hablar juntos de temas sobre los cuáles no necesariamente tenemos posiciones similares. Se hace necesario llegar a algunos acuerdos que nos permitan abordar esta tarea con seriedad y responsabilidad (11). El nuevo interés por participar en política se ha expresado en la postulación de candidatos/as evangélicos/as en diversas elecciones, desde las municipales hasta las presidenciales, siendo hasta ahora únicamente el ámbito municipal, es decir, del gobierno local, donde han habido candidaturas exitosas (de concejales y alcaldes evangélicos). La disposición de personas evangélicas por ingresar al campo de la política y el servicio público ya no parece ser una conducta aislada, mirada con sospecha por el pueblo evangélico en general. Al contrario, parece haberse instalado la opinión de que es bueno que el mundo evangélico esté presente también en este campo, lo cual significa que la política está dejando de ser vista como algo esencialmente malo o ajeno para el cristiano. Lo interesante es que las pocas candidaturas exitosas han sido presentadas a través de diversos partidos políticos, tanto de oposición como de gobierno. En cambio, los intentos por levantar movimientos o partidos evangélicos y candidaturas con la aspiración de convertir al pueblo evangélico en una fuerza política con proyecto propio, no han logrado concitar apoyo. Al contrario, han sido expresamente criticadas por conocidas personalidades evangélicas. Esto sugiere que la cultura política del mundo evangélico valora el pluralismo y reconoce el carácter laico de la actividad política. Esto implica asumir que la participación evangélica en política, siendo legítima, es un campo de acción propio para el pueblo evangélico, el laicado, y no para las iglesias en cuanto tales. Con todo, en este ámbito también sería necesario desarrollar una reflexión sobre el sentido de la participación evangélica, sobre un adecuado acompañamiento pastoral a las personas que desarrollan esta vocación, y muy especialmente sobre la necesidad de preparación seria de quienes desarrollen una vocación en este campo. También es importante el desafío de la educación cívica del pueblo evangélico en general. Cabe preguntarse por la influencia que han tenido nuevas corrientes de espiritualidad evangélica, en la dirección que están tomando los cambios en el mundo evangélico chileno. Parece evidente, por ejemplo, que los movimientos llamados neo-pentecostales, con su énfasis en la guerra espiritual, la prosperidad, y más recientemente, el modelo ‘celular’ de misión, están teniendo un enorme impacto en las iglesias evangélicas. La influencia de estas corriente se hace sentir principalmente a través del uso de los medios de comunicación masiva (radio y televisión), de nuevos ‘ministerios’ y de la difusión de una nueva himnología y estilo de alabanza. La gran visibilidad y capacidad de convocatoria que han tenido estas corrientes ha creado la impresión de que en los últimos años ha habido un nuevo período de crecimiento explosivo del mundo evangélico chileno. De allí que hubiera muchas expectativas respecto a la publicación de los datos religiosos del Censo de Población de 2002. Estos datos se dieron a conocer la semana pasada, y algunos líderes evangélicos han mostrado abiertamente su decepción. De acuerdo a este Censo, los evangélicos somos el 15,14% de la población mayor de 14 años. En comparación con los datos del Censo de 1992, en la última década los evangélicos habríamos aumentado aproximadamente en 1,9% de la población chilena. Es evidente que gran parte del liderazgo evangélico esperaba un crecimiento mayor. Creo que una reflexión serena sobre los resultados del Censo es mucho más útil que su descalificación (12). A continuación comparto algunas observaciones preliminares: – En comparación a décadas anteriores, el crecimiento evangélico de la última década no tiene nada de espectacular. Por lo tanto, la idea de que estamos en un momento de crecimiento explosivo se parece más a un espejismo, y por lo tanto, no se justifica el triunfalismo de algunos sectores. Pareciera, entonces, que la gran convocatoria que manifiestan los nuevos movimientos y ministerios se nutre principalmente de miembros de iglesias evangélicas. Parece haber un sector del mundo evangélico que rota entre diversas iglesias y ministerios, y un sector que manteniendo su pertenencia a iglesias evangélicas tradicionales, acude a los programas de diversos ministerios en busca de novedades espirituales. – Pero si no hay razones para el triunfalismo, tampoco las hay para el pesimismo. El crecimiento evangélico sigue siendo significativo. Lo importante es darnos cuenta que mientras mayor es el tamaño del mundo evangélico, mayor es –o por lo menos debería ser– su influencia en la sociedad, y por lo tanto, su responsabilidad por la vida de la población en su conjunto. La pregunta que se hace cada vez más importante, por lo tanto, es cómo nos estamos preparando para asumir esa mayor responsabilidad. – Un dato que invita a la reflexión, es que el porcentaje de las personas sin religión (ateas o agnósticas) aumenta considerablemente mientras más alto es el nivel educacional. Este porcentaje es de 9,40% entre personas con educación básica; de 9,91% entre personas con educación media; de 15,31% entre personas con educación superior; y de 20,35% entre personas con 6 años o más de educación superior (13). Si el aumento del nivel educacional necesariamente conduce al aumento del desapego religioso, habría que esperar que este sector de la población siga creciendo en los próximos años. Algunos líderes religiosos podrían llegar a la conclusión de que no es conveniente para la fe el mejoramiento del nivel educacional del país. Me parece más bien que debiéramos preguntarnos por qué el mensaje de nuestras iglesias parece poco atractivo o interesante a las personas con mayor educación. Una vez más cobra importancia el desafío de una mejor preparación para responder a los desafíos del presente.-
Más artículos de Juan Sepúlveda: Una aproximación teológica a la experiencia pentecostal latinoamericana en RTISPLAC
Notas (1) Este trabajo es una actualización de la ponencia presentada por el autor en la versión chilena del IV Congreso Latinoamericano de Evangelización (CLADE), 31 de octubre al 3 de noviembre de 2001, con el título “Pueblo chileno – pueblo evangélico”. Ver Victor Rey (editor) Unidos para servir al pueblo chileno. Círculo de Reflexión y Estudios Evangélicos (CREE), Santiago 2002, pp. 115-130. (2) Católicos 98.1%, protestantes 1%, no saben 0.8%, no creyentes 0.1%. Cifras tomadas de Cristián Parker. "Christianity and Popular Movements in the Twentieth Century", en K.Aman and C.Parker (eds.). Popular Culture in Chile. Resistance and Survival. Boulder, CO: Westview Press, 1991, pp.41-64 (aquí p.43). (3) Cf. Juan Ortiz. Los evangélicos y la política chilena: 1810-1891. Tesis de Licenciatura, Universidad de Concepción, 1990. (4) Citado por Juan Ortiz. Op.cit. p.54. (5) Cf. Cristián Parker. "Radiografía de la religión de los chilenos", en Mensaje 428 (1994): 178-181. El porcentaje de evangélicos del Censo de 1992 mencionado por la prensa en estos días (12,4%), siendo correcto, no toma en cuenta que en ese Censo la pregunta por la religión separó a ‘evangélicos’ y ‘protestantes’ como categorías distintas. El porcentaje que citamos en nuestro texto corresponde a la suma de ambas categorías. Esta suma es necesaria para poder comparar sus resultados con los del Censo del 2002, que utilizó solamente una catagoría: ‘evangélicos’. (6) La participación de los evangélicos en política durante los primeros cuarenta años del siglo veinte está siendo investigada por el historiador adventista Juan Ortiz. (7) Christian Lalive d’Epinay. El refugio de las masas. Santiago: Editorial del Pacífico, 1968 (8) Cf. William Hutchison. Errand to the World. American Protestant Thought and Foreign Missions. Chicago and London: The University of Chicago Press, 1987. (9) Cf. Juan Sepúlveda. De peregrinos a ciudadanos. Breve historia del cristianismo evangélico en Chile. Santiago: Fundación Konrad Adenauer – Facultad Evangélica de Teología, 1999. (10) Cf. Documento: Seminario “Evangelización y medios de comunicación”. Santiago: Asociación Mundial para las Comunicaciones Cristianas, Facultad Evangélica de Teología (CTE) y Servicio Evangélico para el Desarrollo, diciembre de 1999. (11) Como un aporte específico sobre este aspecto, comparto como un apéndice a esta ponencia un Documento de Trabajo discutido en un Seminario-Taller celebrado el 19 de Octubre en la Casa Cultural SEPADE (Servicio Evangélico para el Desarrollo), en torno a la pregunta: ¿Es posible una opinión evangélica común en el debate sobre temas valóricos? (12) El Censo de 1992 también aplicó la pregunta religiosa solamente a la población mayor de 14 años, por lo tanto, los datos de ambos censos son perfectamente comparables entre sí. Por otra parte, no hay ningún fundamento serio para suponer que esta forma de preguntar implique un sesgo favorable a la Iglesia Católica. (13) Cf. La Nación, Jueves 27 de marzo de 2003
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