No sé si pueda decir que lo que me duele tanto sea Chile, nuestra historia; ésa de las divisiones, las desconfianzas, las discriminaciones, los golpes militares, las torturas. Tampoco creo que sea aquella no-historia o aquella historia perdida; aquellos sueños que tantos tuvieron de una nación más justa y solidaria, pero que quedaron sepultados por la violenta polarización de la sociedad hace ya 31 años. O quizás sí tenga que ver con todo esto, pero más bien se trate de algo mucho más personal y, a la vez, universal. Recuerdo a otros niños, los del clásico filme “Matar un ruiseñor” (1962), que vivían su mundo de inocencia, juegos e imaginación, mientras veían la injusticia que reinaba en el mundo de los adultos. A veces este otro mundo los amenazaba, pero siempre estaba su padre Atticus o alguien más para protegerlos. Además, la amenaza siempre se mantenía como algo externo; nunca se filtraba hacia su mutua relación de amistad y compañerismo. Los niños mantenían una pureza milagrosamente inmaculada. Pero los niños de “Machuca” son de verdad. Aprenden de lo que ven. De lo bueno y de lo malo. Se tratan unos a otros con violencia física y verbal para demostrar su “hombría” o su posición en el clan (como probablemente aprendieron de los niños mayores) y aprenden a aplicar las mismas distinciones clasistas de los adultos. Un día, un espacio de paz y comprensión surge entre dos niños y una niña provenientes de realidades sociales muy diferentes. Pero este puente nuevo y maravilloso es demasiado frágil como para que subsista en medio de una sociedad tan dividida.
Creo que es esa precariedad lo que me duele. Saber que los corazones de los niños están expuestos a toda esa violencia que hemos inyectado generación tras generación en nuestra sociedad chilena; una violencia expresada en todos esos estereotipos de riqueza y belleza que tanto adoramos y que nos impulsan a tener en vez de compartir, a aparentar en vez de ser, a competir en lugar de amar, pero que no son más que veneno para nuestros pequeños. Lo que me duele es pensar en los “Machuca” de hoy, que siguen creciendo en una sociedad que no los ama, y en todos los niños y niñas de hoy, que siguen aprendiendo a agredirse entre sí, sobre todo con las artimañas, a veces sutiles, de la discriminación. ¿Qué milagro necesita nuestra sociedad para dejar a los niños ser como niños? Pues ése es el único camino hacia un mundo nuevo.-
Dejad a los niños venir a mí,
y no se lo impidáis;
F.E.F., 32 años / 11 de septiembre de 2004 |
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