Personalmente, no considero que “El año del dragón” sea un buen filme y creo que lo mixto de su recepción es atribuible a su alejamiento del típico esquema argumental, una característica que puede ser fascinante para algunos y desconcertante para otros. Es un filme muy violento; o, más bien, con altas dosis de violencia explícita (algo de ese “gore” que tanto le gusta a Mel Gibson). Los matones de la mafia del Barrio Chino son sanguinarios, y la policía, obviamente, es durísima. El protagonista –un detective encarnado por Mickey Rourke- responde a la violencia con más violencia, aplicando el típico esquema hollywoodense: los malos deben morir para que se imponga el bien. Sin embargo, las cosas empiezan a salir mal. Y esto, porque el único que sigue el mentado esquema es el protagonista. Parece un típico héroe norteamericano (específicamente del subtipo Bruce Willis: sucio, aporreado y solitario), pero está metido en un contexto totalmente inadecuado. Esto no es Hollywood, pero el personaje parece tan enceguecido que nunca se da cuenta de ello. Asesinan a su esposa y a sus colaboradores, violan a su novia, silencian a los testigos y, finalmente, cuando el bueno logra matar al malo, extrañamente el orden cósmico NO se restablece, sino que –¡oh, sorpresa!- el ciclo de la violencia vuelve a empezar (irónicamente, el filme también: algún toque de la visión oriental fatalista del “eterno retorno”). Definitivamente, esto no es Hollywood. Y se parece más al mundo real. La actitud del protagonista me recuerda los discursos patrioteros de Bush, con su mensaje simplista que podría resumirse como “nosotros somos los buenos y liberaremos a Irak de los malos; una vez eliminados los malos, el pueblo iraquí estará muy feliz, restableceremos el orden y exportaremos la democracia”. Bush tampoco entendió que Irak no es Hollywood. Por una parte, el policía de “El año del dragón”, aunque se ve a sí mismo como el bueno de la película, no lo es tanto. Descaradamente se define como racista anti-amarillo –sí que lo es- y su vida matrimonial es un desastre; tanto, que cuando asesinan a su esposa, no es más que la culminación de un proceso anti-vida iniciado por él mismo. Es que en el mundo real la violencia se vence empezando por casa, creando relaciones de amor y justicia al interior de la familia y de la sociedad. Eso es lo que necesitan los chinos en su barrio, pero también nuestro policía en su propio hogar. En segundo lugar, el filme muestra cómo la violencia engendra más violencia. Sin embargo, el policía está tan obsesionado con atrapar al malo, que casi no se da cuenta de cómo su “cruzada justiciera” ha arrastrado a las personas más cercanas a un abismo del cual varias no podrán salir. El 11 de septiembre de 2001 fueron asesinados tres mil estadounidenses (que, en gran parte, eran humildes obreros latinoamericanos). Bush respondió con dos guerras, la segunda de las cuales le costó la vida a más de siete mil civiles iraquíes; y la violencia no ha declinado durante la “posguerra”, sino todo lo contrario. Mientras tanto, los grupos terroristas han logrado matar a varios cientos de personas en España e Indonesia. Y en las casas y calles de Estados Unidos, decenas de miles de personas han sido muertas a tiros... por sus propios compatriotas. ¿No será hora de bajar las armas y los nacionalismos maniqueístas y preguntarse por un instante cuáles son los orígenes de tanta violencia?
------------------------------------------------------------------------------------- II Reyes 6:22-23
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