Aladar es un enorme dinosaurio que ha sido criado por pequeños mamíferos. De ahí su inquebrantable vocación por el cuidado de los más débiles, que demuestra a lo largo de todo el filme, en una ardua y peligrosa travesía con ribetes de éxodo bíblico. Su solidaridad produce el rechazo de sus competitivos congéneres, que predican el consabido credo en la sobrevivencia del "más apto". Sin embargo, al final Aladar tenía la razón: a la Tierra Prometida entramos todos o no entra nadie. En la historia de José, los hermanos no pueden volver a la presencia de su padre Jacob sin dar cuenta de lo que ha sido del más pequeño de todos: Benjamín (Gn 44). Del mismo modo, la historia de Aladar nos recuerda que la salvación es colectiva: que dependemos los unos de los otros y que debemos dar cuenta ante nuestro padre Dios de lo que hicimos por quienes nos necesitaron; que no podemos ser como Caín, quien, cuando Dios le preguntó dónde estaba su hermano menor, respondió: "No lo sé. ¿Acaso es mi obligación cuidar de él?" (Gn 4:9).
-Señor, ¿cuándo te
vimos hambriento, y te sustentamos, -De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis
Mateo 25:37-40
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