"Las reglas de la vida" por Ascanio Cavallo Publicado originalmente en El Mercurio, sábado 27 de Mayo de 2000
Resulta extraño que esta película haya sido vista por alguna gente en Chile como un alegato en favor del aborto. En mi opinión, la dirección que sigue es más bien la contraria, pero eso es a condición de aceptar que el tema de fondo es el aborto, lo que tampoco creo que sea estrictamente el caso. Veamos por qué. La historia se sitúa en 1943, en el orfanato
de St. Clouds, en el frío estado de Maine. Al hogar, regentado
por el doctor Larch (Michael Caine), llegan niños no deseados
o abandonados, que pasan a esperar que alguien se interese en adoptarlos.
Convencido de que el mundo es un páramo cruel donde nadie cuida
a nadie, el doctor entrena a uno de los huérfanos, Homer Wells
(Tobey Maguire), para que sea su sucesor. Pero algo los separa: Larch
acepta realizar abortos si así lo quieren los padres, mientras
que Homer se niega por principio. "Los hombres que motivan", los dos principales abortos del filme el piloto, el señor Rose, terminan liquidados. "Los hombres que los realizan", los médicos, no salen mucho mejor: Larch es víctima de su lento suicidio (expresión de su angustia existencial) y Homer Wells vive la culpa junto con la pérdida de su amada. Tampoco es menor que los procedimientos relacionados con los abortos sean mostrados con dureza y con dolor, en contraste con la deliberada ternura que la cinta empeña en los niños del orfanato. ¿Puede sostenerse seriamente que este cuadro forme una visión proabortista? En verdad, tal afirmación sólo se puede hacer desde algún proselitismo religioso o moral; desde otro proselitismo, por ejemplo ultraliberal, se podría decir que genera más dudas que certezas sobre lo que en esos círculos se llamaría el derecho al aborto. Pero poco de esto tiene que ver, al final, con la película. Lo que está en su centro es el aprendizaje de Homer y su principal lección: que las reglas sirven de poco si no abarcan el infinito dolor del mundo (ese es, precisamente, el sentido de las reglas absurdas de la casa de sidra). Su tema real es la misericordia, y por eso se empeña en mirar con igual piedad a los niños desvalidos que al desolador caso de abyección de Rose. Es en ese estilo generoso, atento por igual a la debilidad que al dolor, donde el director sueco Lasse Hallstrm ha basado lo mejor de su cine, desde El año del arcoíris hasta ¿Quién ama a Gilbert Grappe?, y donde funda también la belleza melancólica de este filme.
Un viejo conocido Michael Caine ganó este año su segundo Oscar como mejor actor secundario con su composición del doctor Larch. Pero no parece mucho premio para uno de los más prolíficos y versátiles actores que haya dado el cine inglés. Pocos recuerdan hoy que en los años sesenta, Caine llegó a competir, aunque brevemente, con el James Bond de Sean Connery, mediante su agente Harry Palmer, en Ipcress, archivo confidencial y Funeral en Berlín. El agente Palmer revivió hace sólo cinco
años en Bullet to Beijing, pero sin el éxito original.
Este año, a los 67, Caine está resucitando también
a otro de sus personajes más célebres, Jack Carter, en
un remake de Get Carter, con un atildado hombre de anteojos que puede
convertirse en un asesino flemático e implacable.
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