Cruzada: El cielo aquí en la tierra Kingdom of Heaven por Maurice Timothy Reidy, editor asociado de revista Commonweal Publicado originalmente por The New Republic, 11 de mayo de 2005 Traducción y subtítulos por Felipe Elgueta Frontier
La mayoría de los críticos cinematográficos está de acuerdo en dos cosas con respecto a Cruzada, la nueva y sangrienta película de Ridley Scott. Una, que Orlando Bloom no es Russell Crowe. Y dos, que el filme es una alegoría apenas disimulada sobre la situación política actual en el Medio Oriente.
Según señala el London Observer, la “mano blanda” con que Scott trata el conflicto en Tierra Santa aparece en “marcado contraste” con la “mano dura” aplicada por George W. Bush en su “cruzada” en Irak. Efectivamente, existen muchos paralelos entre la pelicula de Scott y la situación en Irak, pero no del tipo que señala el Observer. La idealizada descripción que hace Scott de Jerusalén (una sociedad sin clases, multiétnica, presidida por un preclaro gobernante occidental) no es tan diferente de la visión de Bush de un Irak libre y democrático. En el corazón del filme de Scott, subyace un homenaje más bien sentimental a los valores norteamericanos y a la idea progresista de que dichos valores son cultivables en otras regiones del mundo.
Descubriendo un nuevo mundo Cruzada empieza en un pequeño pueblo francés, donde Balian (un tipo guapo y reflexivo interpretado por Bloom) trabaja como herrero. En el transcurso de un solo día, su esposa –quien se suicidó después de perder un hijo– es enterrada, y el padre que nunca conoció llega y ofrece llevarlo a Jerusalén. El padre de Balian, Godfrey de Ibelin, es consejero del rey de Jerusalén y un prominente hacendado en esas tierras. Le asegura a su hijo que la ciudad es un “nuevo mundo, un mundo mejor de lo que se haya visto jamás”. Pero Godfrey muere en camino hacia la gran ciudad y le hereda su título y su tierra a su hijo. En Jerusalén, Balian se establece en la casa de su padre y se involucra con la esposa de quien próximamente será rey –el único villano auténtico de la película–, un francés maquinador llamado Guy de Lusignan. El actual rey, Balduino IV, sufre de lepra, y su vida se aproxima a su fin. El personaje está basado en un rey del siglo XII que gobernó Jerusalén entre las cruzadas segunda y tercera (las notas de prensa para el filme lo describen como un “rey justo y bueno”). Balduino es sorprendentemente progresista para ser un cruzado del siglo XII. Permite que cristianos, judíos y musulmanes adoren juntos en la Ciudad Santa y castiga a los cruzados que matan a fieles musulmanes. Balian también tiene una mentalidad sorprendentemente abierta. Cuando derrota a un soldado árabe de camino a la ciudad, se rehúsa a matar a su prisionero y lo deja libre en lugar de ello. Cuando saluda a sus adversarios árabes, lo hace en la lengua de ellos. “Assalaamu Alaikum”, le dice a un líder musulmán, con una pronunciación que recuerda más a un estudiante de posgrado de Berkeley que a un cruzado cristiano. El último tercio del filme es un enredo, puesto que varias facciones entran en pugna por el control de Jerusalén. Hacia el final, Balian es el único líder que sigue dispuesto a defender a la ciudad y a sus habitantes (“salvaguardar a los indefensos” es el improbable lema de este caballero). Eventualmente, se ve obligado a rendir la ciudad después de una larga batalla con los árabes. Al final del filme, una coda informativa nos dice que, después de 1.000 años, la gente aún está luchando por el control de Tierra Santa.
The American Way
Aunque Scott firmó el contrato para dirigir Cruzada antes de la invasión a Irak, reconoce que hay “equivalentes y paralelos” con la actual situación política. Tal como escribiera Alan Riding en The New York Times, es difícil mostrar “musulmanes resistiendo a invasores cristianos” y “el fragor de la batalla en desiertos azotados por el viento” sin pensar en Irak. Unos pocos críticos han hecho notar las diferencias entre el Jerusalén de Scott y el Irak de Bush. En el filme, por ejemplo, Balian tiene un profundo respeto por los musulmanes y sólo lucha contra ellos con renuencia. Para Eva Green, la actriz que interpreta a la amante de Balian, las lecciones del filme están claras. “Espero que [la película] motive a la gente de Norteamérica a ser más tolerante y más abierta hacia el pueblo árabe”, le dijo al Times. Ciertamente, Scott está tratando de plantear ideas políticas en el filme, en particular acerca del fanatismo religioso (al cual él se opone, lo que no es para sorprenderse). Sin embargo, sería un error calificar al filme de anti-norteamericano. De hecho, el filme está impregnado de idealismo norteamericano. Tomemos, por ejemplo, la descripción que hace Scott de Jerusalén. Gente de diferentes razas y credos convive en una tierra de oportunidades, donde un hombre puede ganarse su dinero y escapar de sus pecados del pasado (Balian viaja allá para expiar el suicidio de su esposa). Es también una sociedad sin clases, donde los herreros pueden convertirse en caballeros. En una decidora escena cerca del final del filme, Balian arma caballeros a todos los hombres saludables de la ciudad para que pudieran servir como soldados. El mensaje es claro: en Jerusalén, tu lugar de nacimiento no importa. Lo único que importa es lo que puedas llegar a ser. La Jerusalén de Scott podría confundirse fácilmente con la Nueva York de los sueños febriles de un inmigrante del siglo XIX. El filme también transmite la idea de que, con el tipo correcto de liderazgo, estos mismos valores norteamericanos se pueden cultivar en un ambiente lejano, incluso en ciudades fragmentadas por los conflictos religiosos y políticos. Antes de que Balduino muriera, Jerusalén era una pacífica ciudad multi-étnica donde la tolerancia y el respeto eran virtudes primordiales. De no ser por unos pocos fanáticos religiosos –especialmente el francés Lusignan (interpreten esto de la manera que mejor les parezca)– la ciudad se habría evitado entrar otra vez en guerra. La representación planteada por Scott puede ser históricamente inexacta e irrisoriamente ingenua, pero hay un progresismo en su obra que no estaría fuera de lugar en la Casa Blanca. Los fanáticos de Scott no deberían sorprenderse por el afecto del director hacia los valores norteamericanos. El es, después de todo, el director del patriotero filme La Caída del Halcón Negro sobre la matanza de soldados norteamericanos en Mogadishu. Scott sabe cómo complacer a un público norteamericano. El es también, puede inferirse, un sagaz hombre de negocios que tiene el cuidado de no distanciarse completamente del país que lo ha hecho tan rico. De hecho, uno queda con la sensación de que Scott simplemente quiere complacer a todo el mundo. En Cruzada, la trama intenta representar a los musulmanes como gobernantes serios y justos (y no como fanáticos). Con la excepción de Lusignan y unos pocos enviados del Vaticano, es cuidadoso en no vilipendiar a los cruzados cristianos tampoco. Y sólo en caso de que alguien vea al filme como un rechazo a la política exterior norteamericana, ofrece un conciliador homenaje a la American way of life. Scott es, en palabras del crítico cinematográfico David Thompson, “un complacedor de multitudes nato”. Eso significa que, de vez en cuando, hace una buena película. También significa que sabe a quién rendir pleitesía.
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