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Sacerdocio Universal de los creyentes
por Carlos Gallardo Serrano
Pastor de la Iglesia "Puerta del Rebaño"

 

Introducción

Origen y función del sacerdocio

Desde el sacerdocio levita hasta el Sacerdocio Perfecto

La iglesia, herencia cultural y sacerdocio

Conclusión

 

 

Introducción

Los protestantes o evangélicos somos un pueblo de sacerdotes desde nuestro génesis, ya que una de las premisas de la Reforma es el sacerdocio universal de los creyentes; premisa que no es otra cosa que asumir lo profetizado por el profeta Isaías (1). y confirmado por el apóstol Juan (2) para los cristianos.

Cómo se gesta esta verdad bíblica en la historia del pueblo de Dios, es lo que trataremos de fundamentar en este breve artículo.

 

Origen y función del sacerdocio

El oficio sacerdotal se encuentra presente en las prácticas religiosas de todas las culturas, incluso en las comunidades más primitivas, como la tribu o la aldea, con diferentes nombres como gurú, machi, chamán, médico brujo, imán, sacerdote o sacerdotisa, etc.; pero, sin importar el nombre o la cultura en que actúe, siempre desempeña una función central común: mediar entre la o las divinidades (las fuerzas del más allá) y los seres humanos.

Esta función mediadora no es ajena al sacerdocio levita del pueblo de Israel: son los encargados de ofrecer los sacrificios a Jehová, para interceder por sus propios pecados y por el pecado del pueblo (3).

La forma en que los levitas califican para esta función, es por nacer en una familia de sacerdotes. Esta forma de calificación para el oficio no es exclusiva de los israelitas; la herencia por cuna es común en muchas culturas.

Otras formas comunes de calificar para el sacerdocio, son: “una educación con una iniciación especial, haber sido elegido por sorteo, por revelación, por una acción sacramental, por capacidades carismáticas, o ser autorizado por alguien calificado para asignar esa categoría” (4).

La función mediadora está provista de atribuciones exclusivas, generalmente de por vida, que lo capacitan para ejecutar rituales religiosos que sean válidos ante la divinidad y el ámbito social o cultural en que ejerce. La religiosidad humana atribuye poder al rito realizado válidamente, en forma automática, casi mágica. La acción realizada por un profesional religioso sacramenta la vida de los no ordenados para un ministerio: los “laicos”. Por ejemplo, en nuestro medio el bautismo de infantes sin discernimiento, según la tradición popular católica, cambia automáticamente su condición ante Dios en forma definitiva, “de moro a cristiano”. Esto está presente en casi todos los acontecimientos importantes de la vida: el matrimonio, la muerte, en casos de guerra, la inauguración de una vivienda, de un negocio, etc.

 

Desde el sacerdocio levita hasta el Sacerdocio Perfecto

Enfáticamente, los cristianos podemos asegurar que: el Sacerdocio Perfecto de una vez y para siempre, se cumple en la persona de Jesús, el Cristo (5).

Para entender plenamente esta realidad histórica y teológica, tenemos que empezar por nuestra ruptura con Dios.

La raza humana, representada por Adán y Eva, viviendo en armonía con la naturaleza (6), en comunión con sus semejantes (7) y en dependencia de Dios, como Padre y Creador (8), rompe relaciones con Dios. Ya no quieren depender de Él, quieren ser como Dios (9), depender de ellos mismos, ser sus propios dioses, y dios de sus semejantes en lo posible (10). Por esta causa, se rompe también la armonía con la naturaleza (11).

En consecuencia, por la toma del poder, Caín, uno de los hijos de Adán y Eva, se siente capaz de ser el dueño y dios de su hermano, y toma su vida (12).

Dios, desde el primer instante, pone en marcha el plan de salvación para los seres humanos, prepara el camino para formar un pueblo a quienes revelarse y entregar su ley: el pueblo de Israel. Éste, a su vez, tenía que ser luz para los demás pueblos y, aun cuando no cumple su misión, Dios continúa en su propósito de enviar un Salvador, un Redentor, uno que restauraría nuestra relación rota con Él, y de esta nación nace el Cristo, el Mesías prometido.

Dios se revela a este pueblo como JHWH, El Ser, y acompaña a su pueblo: le da una ley moral (los diez mandamientos), una ley civil (cómo se regiría y relacionaría este pueblo internamente, mutuamente) y una ley ritual (cómo se relacionarían con Él, su Dios).

Les ordena un sistema ritual lleno de simbolismos, que encierran una verdad trascendente. Manda que fabriquen un tabernáculo para reunirse con ellos, una tienda o carpa que después transformarían en un templo. Este tabernáculo, y posteriormente el templo, tenía dos espacios centrales en su interior. Uno de ellos era el Lugar Santo y, separado por un velo, estaba el Lugar Santísimo (13). En este último lugar, se encontraba un arca de madera forrada en oro, el arca de la alianza, desde donde Dios hablaba con ellos (14). Allí estaba la presencia de Dios.

Al Lugar Santísimo entraba sólo el sumo sacerdote una vez al año para ofrecer expiación por el pecado (15). Nadie más podía entrar a la presencia de Dios sin que le costara la vida. El sumo sacerdote lo hacía exclusivamente el día décimo del séptimo mes del año judío, con una vestidura especial y un estricto ritual para no morir en la acción (16).

Ninguna persona podía estar en la presencia de Dios libremente: era imprescindible la mediación de un sacerdote, y ningún sacerdote podía realizar un sacrificio perfecto que restaurara nuestra caída condición definitivamente (17).

“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.

Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el espíritu de su hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (18).

De esta manera, el apóstol Pablo explica cómo ocurre, en nuestra historia, la reconciliación con el Padre a través de Cristo, el Hijo de Dios, el Mesías prometido.

Dios cumple la promesa de enviarnos un Salvador que restauraría nuestra relación con Él. Una vez más, Dios toma la iniciativa, rompe la distancia que existe entre su mundo y el nuestro; entra en nuestra historia, en nuestra dimensión de tiempo y espacio; se hace carne en el Hijo, y realiza, en sí, el sacrificio perfecto de una vez y para siempre: el Sacerdocio Perfecto que nos abre el camino de acceso al Padre. Él, por amor a nosotros, es el interesado en acercársenos y se humilla a sí mismo para rehacer nuestra relación con Él.

Podemos graficarlo con una línea del tiempo en la figura 1:

La cruz de Cristo es el puente a través del cual podemos caminar para llegar de nuevo a vivir en comunión con Dios. La carta a los hebreos lo describe así: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios” (19).

Jesús, al morir, rompe el velo que separaba el Lugar Santísimo (20), abriendo definitivamente el camino a la presencia del Padre. Ya no es necesario otro mediador entre Dios y nosotros. Todos los que aceptan el sacrificio de Cristo son aceptos y tienen el privilegio de ser hechos hijos de Dios (21).

Por ello, al tener acceso a la presencia de Dios, todos los lavados en la sangre de Cristo podemos ser nuestro propio sacerdote e interceder por otros; pero considerarnos mediadores entre Dios y nuestros hermanos resulta una osadía. Sería negar el sacrificio perfecto del Señor Jesucristo. Es más, si somos hijos, con el Espíritu del Hijo en nosotros, que clama por nosotros (22), es una doble osadía arrogarse la capacidad o el privilegio de mediar entre el Padre y su propio Hijo.

En conclusión, es imposible hablar con fundamento de sacerdocio entre los cristianos.

 

La iglesia, herencia cultural y sacerdocio

El Señor Jesucristo funda su iglesia, la organización o institución que aúna a los integrantes del nuevo pacto. Esto, desde nuestra perspectiva humana; porque, desde una perspectiva trascendente, es el anticipo del reino de Dios.

Nuestro Señor da órdenes muy específicas con respecto al ordenamiento interno y funcionamiento de su iglesia. Es un ordenamiento inverso al de las organizaciones seculares de este mundo: “Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (23). Esta orden se repite en los tres evangelios sinópticos y aparece dos veces en el de Marcos.

En toda organización secular, la cabeza o el más importante está sobre los demás; es el típico organigrama de una empresa, un club o una nación (figura 2). En la iglesia es al revés:“mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve” (24). El Señor respalda esta afirmación con su propio ejemplo de vida: Él está entre ellos como el que sirve (25).

La iglesia del primer siglo entiende perfectamente esta forma de organización. Todos los cristianos son hijos de Dios y, por lo tanto, todos participan y tienen algún ministerio o responsabilidad en el Reino, organizando las funciones según los dones que el Espíritu Santo reparte a cada uno, sin preeminencia ni desprecio de unos sobre otros (26). Lo más importante es que todas las relaciones de los cristianos deben estar regidas por el amor (27). Existen relaciones horizontales de iguales.

Las personas que aparecen como responsables de las congregaciones, son servidores que ponen en ejercicio sus dones, velando por la sana doctrina, enseñando, siendo apacentadores de la grey de Dios, poniendo en ejercicio los dones de todo el cuerpo, que es la iglesia de Nuestro Señor Jesucristo.

Los que cumplen estas funciones son denominados ancianos, obispos o pastores; todos estos, cargos intercambiables o cuyos nombres son usados como sinónimos (28), pero que no tienen la característica de ordenación sacramental que asume la iglesia posteriormente. Esto no significa que las personas dedicadas a estos trabajos no sean dignas de recibir apoyo financiero (29). Pero, así también, renunciar a este derecho es considerado bueno (30).

Pedro, siendo apóstol, nombre dado por Jesús a sus discípulos más cercanos, los doce, se reconoce a sí mismo como un anciano más (“apóstol” era el nombre que daba el Sanedrín a sus representantes plenipotenciarios, poseedores de toda la autoridad de la institución) (31).

Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada:

Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por gracia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplo de la grey.

Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de la gloria. Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.

I Pedro 5:1-5

Pedro reconoce la sujeción mutua de unos a otros en una relación horizontal.

Podemos ver, en este proyecto de vida, un renacer del primer proyecto de Dios para su pueblo en la tierra prometida. Cuando el Señor entrega la tierra de Canaán a los israelitas, en su primera etapa, durante el período de los jueces, no existían reyes. Dios gobernaba a su pueblo, sus relaciones humanas eran de iguales, y la ley ética de Dios cautelaba, incluso, que la tierra no pudiera ser enajenada, para prevenir la pobreza de unos y el dominio de otros.

En este nuevo comienzo, con un pueblo que es la iglesia, Dios se hace próximo, podemos dialogar con Él diariamente y el rito religioso pierde su poder. Dios es personal y nuestra relación con Él es racional. Ya no es posible imaginar que se pueda manipular su voluntad con un ritual, capaz de provocar un cambio mágico en este mundo o en la dimensión del mundo espiritual. Dios entiende las necesidades de los suyos y ve la intención del corazón; es nuestro padre, nos escucha y responde cuando le hablamos, e interviene en forma efectiva en la vida de sus hijos: “Pedid, y recibiréis” (32).

Pablo hace una crítica a lo ritual en muchas ocasiones; pero la más clara está en la carta a los Colosenses: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.

Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo.” (33).

Tras la victoria de Cristo, los que fueron redimidos son liberados de toda práctica religiosa ritualista y esclavizante. Critica el rito religioso y lo considera vencido junto a los principados y a las potestades.

El Señor, en su misericordia, conociendo nuestra limitación y necesidad de lo tangible, nos deja dos sacramentos; acciones humanas con elementos materiales cargados de simbolismo, que nos remiten a una realidad trascendente: el Bautismo y la Santa Cena. Sin embargo, a fines del primer siglo, la iglesia se empieza a sacralizar religiosamente.

“Ya en el año 96 D.C., Clemente de Roma usa el término laico en sentido no ministerial, la iglesia pierde la característica específica y original de la comunidad primitiva, de una manera general se convirtió otra vez en sujeto del modelo antropológicamente universal del ministerio, único, especializado y sacramentalmente calificado: es el resurgimiento de la monarquía sacerdotal” (34).

En el año 313 D.C., el emperador Constantino promulga el Edicto de Milán que declara lícito el cristianismo y concede plena libertad de culto a sus seguidores. Desde ese momento, la jerarquía piramidal de la iglesia inicia su fusión con el estado, la que se oficializa definitivamente en el año 380 D.C., fecha en que el emperador Teodocio el Grande reconoce el cristianismo como religión oficial del estado romano. Con la autoridad de la iglesia, se sacralizan los acontecimientos importantes de la vida humana, como el matrimonio, los nacimientos o la muerte.

Más tarde, el memorial del sacrificio de Cristo instaurado en la Santa Cena se reinterpreta con el dogma de la transubstanciación, planteado en el año 831 D.C. por Pascasio Radberto, abad de Corbie, quien ve la presencia real de Cristo en el pan y el vino, como verdadera carne y verdadera sangre (“in veritate”): el mismo cuerpo que nació de María y se levantó del sepulcro. Esto convierte el memorial en un sacrificio real, oficiado sacerdotalmente sobre “el altar” de las iglesias, en la carne y la sangre de Cristo.

Este dogma se oficializa como una verdad absoluta e infalible en el concilio de Trento (1545-1563), el concilio de la Contrarreforma.

 

Conclusión

La iglesia protestante o evangélica, a pesar de haberse liberado de muchos dogmas y visiones religiosas, aún tiene la herencia de una dogmática heredada por el tradicionalismo y que se expresa en la organización piramidal de la iglesia y en la tácita creencia de que ésta tiene tuición sacramental sobre algunos hechos en la vida de las personas. Por ejemplo, aunque reconocemos dos sacramentos dados a toda la iglesia (el Bautismo y la Santa Cena), sacramentamos el pastorado, al reconocerle una atribución exclusiva para oficiarlos.

El matrimonio merece una mención aparte porque, aunque oficialmente nunca ha sido un sacramento para la iglesia protestante, hereda la tradición católica, ya que en Europa los reinos que después de la Reforma se declaran oficialmente protestantes, siguen entregando a la iglesia (ahora reformada) la administración oficial del matrimonio y, en la práctica, externamente sigue siendo un sacramento.

Bíblicamente, el matrimonio fue instaurado por Dios en su Creación, antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo; por tanto, antes de que Él fundara su iglesia. Es dado a toda la humanidad, válido para todas las culturas de todas las épocas. Entonces, ¿podremos acusar de vivir en pecado a los no casados por la iglesia? ¿Estarían en pecado de fornicación todas las parejas casadas en otras culturas por ceremonias o ritos no cristianos que, en obediencia a la ley natural de Dios, han dejado a su padre y a su madre para formar una nueva familia? Evidentemente no.

Para una pareja cristiana, la iglesia es testigo de una decisión tomada en absoluta autonomía ante Dios. La pareja hace partícipe de esta decisión a la comunidad, la que, asumiendo su rol de testigo, les reconoce como matrimonio, además de bendecirles; pero las Escrituras no entregan la administración del matrimonio a la iglesia, ni la autoridad para declarar sacerdotalmente a una pareja como marido y mujer. Su condición de unidad en una sola carne es declarada por Dios desde que formó la pareja humana, y esta unión surge de la libre voluntad ambos.

Las Escrituras sí dan a la pareja cristiana, desde la restauración realizada por Nuestro Señor Jesucristo, que nos remite a la condición de hombres y mujeres antes de la caída de Adán y Eva, la capacidad de vivir en pareja santamente. Esto es, en igualdad, como una sola carne (35), sin necesidad de estar vestidos uno frente al otro, o sea, sin defensa; no como los que viven sometidos a las consecuencias de la caída, que se enseñorean unos sobre otros porque no han aceptado la redención de Cristo (36).

La responsabilidad del matrimonio cristiano es más que una norma cultural: es una norma de la creación de Dios. Por lo tanto, involucra toda nuestra forma de vida como redimidos y miembros del reino de Dios, habitantes de una realidad que no es de este mundo; pero de la cual Él, por su amor, nos ha hecho partícipes.

Finalmente, debemos señalar que, así como es imposible hablar de sacerdocio entre los cristianos, también resulta insostenible hablar de cristianos sin ministerio. En el relato de la vid verdadera, el Señor declara que todo pámpano que en Él no lleva fruto, el Padre lo quitará (37). Si Él es la vid y nosotros los pámpanos (38), esto significa que todo cristiano que no dé fruto, será cortado.

Desde este punto de vista, no pueden existir cristianos laicos.-

Concepción, 2001

 

Notas

(1) Isaías 61:6

(2) Apocalipsis 1:6

(3) Hebreos 8:27

(4) John Yoder. “El ministerio de todos”. Ediciones Semilla - Clara. Santafé de Bogotá. Colombia. Capítulo 1, página 18.

(5) Hebreos 6,7,8

(6) Génesis 1:26, 2:15

(7) Génesis 2:22-25

(8) Génesis 1:27-28

(9) Génesis 3:4-6

(10) Génesis 3:7,12,16

(11) Génesis 3:17-19

(12) Génesis 4:1-8

(13)Éxodo 26:31-34

(14) Éxodo 25:10-22

(15) Levítico 16:34

(16)Levítico 16

(17) Hebreos 10:1-4

(18) Gálatas 4:4-6

(19) Hebreos 10:19-21

(20) Mateo 27:51

(21) Juan 1:12

(22) Gálatas 4:6

(23) Marcos 9:35

(24) Lucas 22:26

(25) Lucas 22:27

(26) I Corintios 12

(27) I Corintios 13:1-3

(28) Hechos 20:17, 28; Tito 1:5-9

(29) Lucas 10:7; I Timoteo 5:17-18; Gálatas 6:6

(30) I Corintios 9; Hechos 20:32-35

(31) John Stott. “Cómo comprender la Biblia”. Ediciones Certeza - Buenos Aires. Capítulo IV: “La Autoridad de la Biblia”, página 186.

(32) Juan 16:24

(33) Colosenses 2:13-16

(34) Ibíd. 1. Capítulo 2, página 35

(35) Génesis 2:24

(36) Génesis 3:16

(37) Juan 15:1-2

(38) Juan 15:5