Citar como: http://www.puertachile.cl/articulos/precht_latercera.htm

 

Ex vicario de la Solidaridad rompe el silencio
Cristián Precht: "Me sentí incómodo con El Vaticano"

por Margarita Serrano

Publicado originalmente en La Tercera, 25 de abril de 1999

 

De paso por Santiago antes de regresar a Bogotá, donde vive desde hace 4 años, el ex vicario de la Solidaridad y mano derecha por mucho tiempo del cardenal Raúl Silva Henríquez, rompe un largo silencio. El dolor por la muerte de su amigo y maestro -a quien se enfrentó, regañó, obedeció y amó-, es superado por la esperanza que le ha traído la reacción un país entero ante la tumba de uno de los hombres más controvertidos del último medio siglo.

 

Está pintando su departamento -un modesto y alegre duplex ubicado en Ñuñoa-, porque ya empieza a hacer los primeros preparativos para su regreso a Chile. En agosto termina su trabajo en el Celam (Consejo Episcopal Latinoamericano) y vuelve al redil santiaguino, donde monseñor Errázuriz "tendrá que darme una pega". Se ríe de sí mismo con mucha facilidad. Su trato es sencillo y directo, sin pompa ni solemnidad alguna. Se nota que tiene ganas de volver. Más por los afectos que están en Chile que por una misión patriótica. Asegura que quiere ser simplemente "pastor", que para eso estudió y se ordenó, para ser "cura raso y no obispo ni papa". Es la gente, el contacto con su grandeza y su miseria lo que realmente lo nutre. Eso es lo que le pasa a él. Pero está por verse si es lo que la institución, la Iglesia con mayúscula, quiere para él. Porque a pesar de tener ideas originales y sensibles sobre las cosas, asegura que es obediente. Y que eso le hace muy bien, porque lo libera de sus múltiples inquietudes.

-¿Y usted no tiene voto de pobreza? ¿Cómo puede ser dueño de este departamento?.

-No tengo voto de pobreza, recuerde que no pertenezco a una congregación. Soy cura secular. En todo caso, me gusta vivir con muy poco. Tengo este departamento porque hace años mis padres me regalaron una casita en Departamental, la vendí y me compré esto.

Apaga el computador portátil -"no puedo sino usar Mac, es como una religión, uno no se puede cambiar..."-, abre un paquete de libros recién salidos de la imprenta con el testamento espiritual del cardenal Raúl Silva Henríquez, los reparte, y se sienta en un sillón de mimbre. Tiene 58 años y su pelo ya es casi blanco. Pero la expresión de la cara le ha cambiado muy poco. No es tan distinta a la del cura que refugiaba a los perseguidos en el comité Pro Paz ni al vicario de la Solidaridad que dirigía la entidad más conflictiva durante los años del régimen militar.

Entonces tenía 34 años.

-Las Memorias del cardenal dicen que en 1974, cuando quiso crear la vicaría, le pidió a usted que la presidiera y usted le dio muchos argumentos para no aceptar. ¿Por qué no quería?.

-La razón del corazón es que era un lugar muy difícil, muy complejo. Yo había estado un año y medio en el Comité por la Paz, un gran privilegio,pero cuando el comité tuvo que ser disuelto, internamente pensé que yo ya había hecho mi aporte. Cuando me llama el cardenal para decirme que va a crear una vicaría, que tiene más fuerza que un comité porque un vicario es el obispo en una determinada tarea, no me pareció bien. Le dije que si habían cerrado el Comité por la Paz, era obvio que el gobierno a mí no me quería. Me dijo que ese era un problema de ellos. Mi segundo argumento fue: "Usted sabe que nosotros nos queremos mucho, pero en muchas materias no hemos estado de acuerdo". Me contestó: "Mira, me pasaría de idiota
-textual- si yo eligiera colaboradores que pensaran igual que yo. Lo que necesito son colaboradores leales, pero que piensen distinto para que hagamos un equipo. Y tú eres muy leal". Entonces, mi último argumento fue: "Pero si yo tengo 34 años, y los vicarios tienen que ser de 40 para arriba..." Y me respondió, efectivamente, lo que aparece en las memorias: "Mira, de esa enfermedad te vas a ir curando día a día..." Y ha sido verdad... Después de eso, perdí (sonríe).

-¿Cómo había sido su experiencia en el Comité Pro Paz con respecto al gobierno militar?.

-Muy dura, muy fuerte. Nosotros teníamos que defender los derechos humanos y lo hacíamos por una razón ética, moral, profundamente religiosa. Y el gobierno siempre lo entendió como un problema político.

Yo no tengo nada contra la política, la respeto mucho, pero mi labor es otra. Es obvio que los derechos humanos también tienen una cara política
-por algo tomaban presa a la gente, no porque eran feos-, y tienen una cara que es ética, otra que es social. Y para la iglesia fue un compromiso ético profundo.

-Que la Iglesia se haya comprometido con los perseguidos tan inmediatamente después del golpe militar, ¿fue por iniciativa del cardenal?.

-No sólo del cardenal, la gente acudió espontáneamente a las iglesias,de uno y de otro bando. Yo estaba de cura en Puente Alto, y había parientes de militares que venían a buscar a sus hijos que los habían mandado a otra parte, y venían los familiares de los detenidos. Este clamor de parroquias llegó también a comunidades evangélicas, judías,protestantes. Entonces se abrió este comité. Sin el cardenal Silva no se habría hecho.

-Mirado desde ahora, cuando el tema de los derechos humanos se está abriendo a todos los sectores, ¿qué rol jugó la vicaría que usted presidió en la defensa de los derechos humanos?.

-Un rol esencial. Esencial. Hoy día creo que todos entienden, que gracias a la vicaría, hay más posibilidades de reconciliación en Chile.

-¿Por qué?.

-Porque el que defiende el derecho, está defendiendo la reconciliación.

Hoy ya nadie tiene dudas -salvo el que quiera tenerlas-, de que gracias a que existió esa vicaría y oficinas semejantes en todo el país, se pudo salvar a muchas personas y se protegió el derecho. En Argentina no hubo vicaría de la Solidaridad y los detenidos desaparecidos son miles de miles. Aquí fueron cercanos a mil, desgraciadamente. Uno ya es suficiente. Pero teniendo una instancia eclesial que recurría a los tribunales de justicia -el mejor archivo de la vicaría está en la Corte Suprema-, hacía que aquí no hubiera nada clandestino. Fue una institución que ayudó a que se cumpliera el derecho.

-¿Le parece comprensible el odio que esa institución, usted y el cardenal provocaban en la derecha?.

-El odio nunca me ha parecido comprensible para nadie. Pero entiendo que no les cayera bien. Muchos de ellos no sabían lo que sucedía. Algunos no querían saber. Pero nosotros sabíamos muy bien lo que sucedía. Hoy a nadie le cabe duda de que la vicaría fue un hecho providencial. El funeral del cardenal Silva lo demostró: la gente que fue a rendirle honores a su cuerpo era de todo tipo, condición, edad. Los testimonios que escuchamos fueron de todos los sectores políticos.

 

Exilio en la iglesia

-Ascanio Cavallo asegura que todos los grandes colaboradores del cardenal Silva, como usted, sufrieron una especie de "exilio".

-Creo no es así.

-¿Y este "exilio" de cuatro años que lo ha tenido silenciado en Colombia?.

-No, no. Yo terminé en la vicaría de la Solidaridad cuando el cardenal Silva me lo pidió, en 1978, precisamente porque esos años habían sido muy difíciles, era su manera de cuidarme, y puso ahí a Juan de Castro. A mí me nombró vicario de la zona oriente, que no era presisamente "desaparecerme". Cuando llegó monseñor Fresno, más de alguno pensó que me alejarían de la compañía del obispo, pero no sólo me confirmó sino que me hizo vicario Pastoral, que implicaba una responsabilidad aún mayor.

Cuando llegó monseñor Oviedo, me confirmó en ese cargo de la pastoral de la Iglesia y me pidió además que formara la vicaría de la Esperanza Joven.

-¿Por qué, entonces, se fue a Colombia?.

-Ése es un cuento mío. Me ofrecieron esta responsabilidad, ni la busqué. El presidente del Celam era salesiano como el cardenal Silva, y por eso me conocía. Llamó a monseñor Oviedo y él no quiso que me fuera.

Yo le dije que era una oportunidad muy linda de aprender más, de servir en América Latina, que ya llevaba aquí 20 años de protagonismo y eso cansa mucho (ríe). Más encima fui vocero... Sí, era protagonista desde 1974 y la oferta me llegó en 1995. Tengo un anécdota muy divertida: don Carlos Oviedo era muy compuesto, no se le movía ni una mecha. El día de Pentecostés fui a concelebrar con don Carlos a la catedral y a la hora de la paz, él me dice "Qué paz, ¡rabia es lo que tengo!" Esto en el altar. Cuando terminamos, en la sacristía le dije: "Lo felicito, don Carlos, es la primera vez que le veo un gesto totalmente entrañable en una misa..." Me pidió perdón, lo que pasa es que no quería que me fuera.

-¿No lo sintió como un castigo?.

-Esto no fue un exilio ni un castigo. Me ofrecieron un trabajo muy lindo, como hacer un master en Pastoral. Me ha permitido conocer América Latina entera, a la Iglesia por dentro. He aprendido como loco. Allá soy como el vicario del obispo que preside este consejo episcopal.

-¿Qué pasó con los otros colaboradores del cardenal Silva?.

-A ver, Juan de Castro pasó a ser rector del Seminario, una gran responsabilidad, y ahora está a cargo de la vicaría de la Educación.

Monseñor Aristía fue obispo de Copiapó y después fue presidente de la Conferencia Episcopal. Fernando Salas volvió a su comunidad jesuita y hoy está en Roma a cargo de las comunidades de vida cristiana mundial. No estoy de acuerdo con esa imagen. La Iglesia no es un partido político ni una carrera de peldaños. Nuestra vida es ofrecer un servicio. Yo entré al Seminario para ser cura, para estar con la gente. Si me han dado otras responsabilidades, ¡ya tengo de yapa!
-¿Por qué le dicen monseñor?.

-Para que me crea, pero soy cura-cura. Por los cargos que he ocupado es que me dicen monseñor. Al ser vicario del obispo, a uno le "chorrea" el monseñor.

 

Tensión con el Vaticano

-Al cardenal Silva le aceptaron de inmediato su renuncia desde el Vaticano, algo inédito en la Iglesia. ¿Eran ustedes personas-non-gratas para la institución?.

-Eso habría que consultarlo en Roma. A mí me habría gustado que lo dejaran más tiempo, porque era un hombre que estaba en la plenitud de sus facultades mentales y tenía un peso extraordinario. Sí creo que hubo cierta incomprensión a su labor, porque un hombre que se juega por cosas así, siempre va a ser incomprendido. Al padre Hurtado querían echarlo de Chile y ahora todos estamos felices de que sea santo. La vida es así.

Entiendo que muchos hayan pensado que era un obstáculo... Un error, por supuesto. Y eso se ha visto refrendado estos días: la unanimidad ha sido total. Yo creo que hubo incomprensión, por su carácter, por su manera de ser. Hubo gente de Iglesia que no estaba de acuerdo con su manera de hacer las cosas. Eso puede haber sido tomado en cuenta en el Vaticano. No sé.

Ni me interesa saber.

-¿Qué le pasó al cardenal, se rebeló en alguna medida?.

-El sintió el golpe. Pero gracias a Dios, somos hijos de la obediencia.

Eso es difícil, pero hace bien. Pertenecemos a una comunidad en que le reconocemos autoridad a muchas personas y dialogamos de una manera amistosa. No es que nos impongan las cosas. ¡Para eso estamos entrenados!.

-A usted también debieron nombrarlo obispo en algún momento y el Vaticano se dio mil vueltas buscando personas, pero no lo nombró...

-Esos deseos nacen del cariño de la gente que me quiere. Ellos quisieran verme más, y se supone que para que un cura sea más, tiene que ser obispo. Pero cuando uno entra al seminario, entra para ser cura y no para ser obispo ni para ser papa. Yo estoy muy feliz, me ha tocado una vida apasionante.

-¿Siente alguna hostilidad del Vaticano hacia usted?.

-No, es así no más. A veces me he sentido acogido, otras me he sentido incómodo. Cuando organizamos el Encuentro Continental de Jóvenes, desde el Celam intentamos convencer al Vaticano para que viniera el Papa. Y me sentí incómodo, porque cuando uno cree que está haciendo algo fantástico,le parece que es evidente, como el sol de mediodía. Entonces, intentar convencer a otros es incómodo. Pero es lo normal en toda institución humana. En ese saco cabe la relación conmigo. No es nada más.

 

Semilla en la tumba

-Los casos que usted conoció en detalle en la vicaría de la Solidaridad, ¿se habría imaginado que podían ocurrir en Chile?

-Nunca. Jamás.

-¿Qué le pasó, entonces, con el arresto de Pinochet?.

-Ese es un tema del que no quiero hablar. Siento que yo hablé mucho en momentos en que muchos callaron. La mayoría porque no podía hablar y algunos porque no querían hablar. Hoy, cuando tantos hablan, yo tengo el derecho de callarme.

-¿Pero ve posibilidades reales de reconciliación en Chile?.

-Las sentí en el funeral del cardenal. Lo que allí se dijo tocaba la pasión del corazón de Chile, y esa pasión, con todo respeto, es mucho más que el general Pinochet. El futuro es la reconciliación. Tenemos que ver cómo damos pasos todos de reconciliación real. Reconciliación no es que usted piense como yo. Es más bien ponerse en la situación del otro.

Mientras no nos pongamos en la situación del otro, no hay reconciliación.

Es un proceso espiritual, difícil, no es obvio...

-¿Habremos caminado algún trecho en esa dirección?.

-Mucho. Es normal que se hayan abierto las heridas durante estos últimos meses, todos los que vivieron ese tiempo no son neutrales. Pero pasamos de un régimen militar a uno democrático y ahí se dio un paso muy grande. Ahora lo que nos falta es aprender a pedir perdón, a decir que nos equivocamos, y eso no se ordena por decreto.

-¿Eso nos falta a todos o a los militares?.

-A todos un poco, y al mundo uniformado un poco más. Tenemos que mirarnos con más cariño. No estamos en ninguna guerra. Al revés. Estamos todos en el proyecto Chile.

-Usted estuvo en una trinchera en el régimen militar y estuvo en el altar de la catedral cuando los fieles hicieron colas durante día y noche para ver al cardenal. ¿Son dos países?.

-En el fondo, es el mismo. Lo que sufrimos todos en el régimen militar nos ayuda a aprender a todos. A este cardenal, al que se le podía hasta insultar en el régimen militar, a la hora de su muerte le rezó todo Chile. Cuando hemos aprendido todos, se buscan símbolos en quienes expresar lo que anhela. No creo que hayan mentido quienes lo fueron a ver a su lecho de muerte. Fueron ahí porque era el momento de decir este hombre era mucho más de lo que yo pensé en aquel tiempo. Y eso lo valoro enormemente. Ésa es la semilla de la reconciliación. O por lo menos, el deseo de seguir dando pasos muy serios en ese sentido, ya que en la tierra nunca la lograremos por completo. Siempre hay un desafío de amar más y de amar mejor.-