Mi testimonio era casi exclusivamente contradecir al profesor de religión y lanzarle un versiculazo a casi cada compañero que se me acercaba con alguna idea, gesto o actitud que me pareciera pecaminoso. Y, por cierto, era un experto citando versículos a diestra y siniestra. Mirando hacia atrás, debo haber sido un personaje temible.
Él se llamaba Carlos. Normalmente nos llevábamos bastante bien. Pero él aprovechaba cada oportunidad para burlarse de mí y yo aprovechaba también para darle de lo mío, en esas discusiones cortas y sin resentimientos que suelen tener los niños. Él era uno de esos chicos que siempre intentan ir más allá. Fue el primero en llevar cigarrillos al curso (unos ridículos y afeminados cigarros mentolados que nos parecían entonces el colmo de la transgresión) y cuando iba a estar de cumpleaños ese año, invitó a sus amigos a una fiesta que, decía, iba a estar de lo mejor: va a ser una fiesta con atraque -prometía- ofreciendo (por supuesto, con permiso de su mamá) tanta libertad sexual como pudiera querer un inseguro adolescente de 11 años.
La profesora de orientación en ese entonces nos había pasado los 10 mandamientos en clase y, como tarea, uno debía inventar algunos mandamientos para leerlos en la próxima clase.
Esa era mi oportunidad. Mostraría a esos pecadores qué tan perdidos estaban. Cuando llegó mi turno, me puse de pie, tomé aire para que mi voz sonara fuerte y dije mi mandamiento:
-No te meterás en cosas mundanas.
La profesora me quedó mirando sin entender.
Yo enrojecí.
-¿Y cuáles son las cosas mundanas? preguntó, con ingenuidad perversa.
Me hice un lío tratando de explicar. Balbuceé algo acerca de las fiestas inmorales y me senté aturdido. Me dolía mi orgullo de diez años. Me dolía haberme derrotado solo.
Aquella frase sonaría como un bombazo en la escuela dominical. Pero en la escuela de todos los días era prácticamente inentendible.
Cosas mundanas.
La tremenda capacidad que tenemos para enredar conceptos y traicionar las palabras me había jugado una mala pasada. La costumbre de colar el mosquito y tragarse el camello. El convencimiento de que cuando Dios habla, lo hace en el lenguaje del sigo XVI.
¿Qué queremos decir cuando hablamos del mundo? En ese entonces, el mundo era en mi mente un lugar oscuro y tenebroso del cual había que huir a toda prisa. La tranquila seguridad de las bancas de la iglesia, donde todos pensaban como yo, era el lugar apropiado para el hijo de Dios. Nada de contaminarse, nada de mancharse. Como muchos, yo sabía jugar perfectamente ese juego de apariencias, esa rutina de liturgias sin riesgos. Hoy día -creo- puedo recién comenzar a ver la profundidad de mi error. Cristo no vino a separarnos del mundo erigiendo inmensos muros a prueba de sonidos y de los rayos ultrapeligrosos que los impíos nos puedan lanzar. Él vino a darnos una fe que vence al mundo, que desciende hasta las arenas de la vida común y silvestre, que no se atemoriza frente a los ataques, porque sabe que posee una santidad más fuerte que la misma muerte, porque se sabe vivo entre los muertos, porque lleva en su interior un fuego que nada ni nadie puede apagar. El cristiano puede jugar el partido y ganar, golear y gustar (el ideal en el fútbol, ¿saben?).
Ser mundano es creer que se puede vivir sin Dios. Ser mundano es creer que lo que vemos, basta. Es conformarse con la realidad, aunque esta realidad apeste. Ser mundano es una forma de pensar y de actuar que no toma en cuenta a Dios. Que vive como si Dios no existiera.
Por eso, el religioso ha sido y será siempre, profundamente mundano. El religioso se esconde porque piensa que el mundo exterior a sus paredes no está gobernado por Dios. Ha limitado el Reino de Dios a las paredes de su iglesia, al alcance de sus costumbres. Cree en un Dios pequeñito, al borde de la impotencia. No sabe aún, no ha conocido, que el León de Judá es el que ha vencido.
No entiende que en los brazos de la cruz fue roto para siempre el poder de la mentira. No sabe que porque ha sido redimido, ahora todo le pertenece. No ha escuchado que el Reino de los Cielos se ha acercado. No sabe que la Gracia es más potente que el infierno.
El verdadero Cristiano es, también, profundamente mundano. Claro que en una dirección completamente opuesta. Paradójica, como el universo.
Vive en el mundo, ama al mundo, se mueve en el mundo. No le teme a la realidad: sabe que su victoria es segura. Conoce que el evangelio es dinamita de Dios en su iglesia, en su casa, en el mercado y en la colina donde se sientan los filósofos. Sabe que no hay terreno en este mundo donde Dios no quiera llegar y está comprometido con la santa conspiración de ver la tierra llena de la gloria de Su Señor.
Sabe, en resumen, que para no ser mundano existe sólo una alternativa: tiene que ser mundano.-
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