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Ciencia, identidad y justicia en el Nuevo Testamento

por Felipe Elgueta Frontier

 

"Ciencia" y justicia

"Ciencia" como don del Espíritu

"Ciencia" e identidad

Recuperando la llave de la "ciencia"

 

 

“Ciencia” y justicia

¡Ay de vosotros, fariseos!
que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza,
y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios.

¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!
porque habéis quitado la llave de la ciencia;
vosotros mismos no entrasteis,
y a los que entraban se lo impedisteis.

Lucas 11:42, 52

 

En su denuncia de la hipocresía de los fariseos e intérpretes de la ley (1), Jesús los acusa de ejercer opresión sobre el pueblo y de aprobar la persecución y asesinato de los profetas. Jesús resume la acusación en su lamentación final: “¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley! porque habéis quitado la llave de la ciencia (gnosis); vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis”. El conocimiento de Dios, de “su amor y justicia” (2), es lo que la jerarquía religiosa había negado al pueblo de Israel.

Jesús y Pablo coinciden en la estrecha relación entre justicia y conocimiento de Dios, pues los judíos “tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia (epignosis). Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (3).

Mientras los judíos declaraban que el conocimiento de Dios estaba en la ley, esto no era coherente con sus obras: “tú tienes el sobrenombre de judío (...) y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienes en la ley la forma de la ciencia (gnosis) y de la verdad. Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?” (4).

Para lograr un verdadero conocimiento de Dios y su justicia, no bastan los mandamientos recibidos “desde afuera”: se hace necesaria una transformación interior, “pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra” (5).

Esta transformación interior sólo es posible por medio de “la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (6).

 

“Ciencia” como don del Espíritu

Pablo se refiere constantemente al conocimiento o gnosis como un don otorgado a los creyentes. Así, puede saludar a la iglesia de Corinto diciendo: “gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia (gnosis)” (7).

El conocimiento de Dios por medio de la fe en Jesucristo equivale a una nueva creación en la vida del creyente, pues “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento (gnosis) de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (8).

En su carta a la iglesia de Éfeso, Pablo deja claro que el conocimiento de Dios es otorgado por obra del Espíritu: “que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento (epignosis) de Él” (9). En los versículos siguientes, el apóstol intenta explicar en lenguaje humano la magnitud de dicha revelación (10). Señala que los creyentes son herederos de Dios y que Él actúa en sus vidas con el mismo “supereminente” poder (aquí, a Pablo no le alcanzan los superlativos) con el que resucitó a Cristo, venciendo a todo poder terrenal y espiritual e instaurándolo como cabeza de la iglesia.

 

“Ciencia” e identidad

El conocimiento otorgado por el Espíritu es, entonces, la consciencia que adquiere el creyente de que ha muerto y ha resucitado junto con Cristo: “Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (11). Este hecho fundamental es el que se representa en el bautismo por inmersión, practicado por la iglesia primitiva: “sepultados con Él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (12).

Con el mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos, Dios da una nueva vida al creyente, en la que el pecado ya no tiene poder (13). Así, el conocimiento revelado por el Espíritu de Dios al creyente, es también conocimiento de sí mismo, de su nueva identidad otorgada por medio de la fe en Cristo Jesús, así como de su identidad anterior, regida por la “esclavitud del pecado” (14). La ruptura entre las vidas anterior y posterior a la transformación obrada por el Espíritu es de tal magnitud, que equivale al paso de la muerte a la vida. Por eso, quienes no han experimentado dicha transformación son llamados “los muertos” en Juan 5:25. Del mismo modo, Pablo insta a los creyentes a “presentarse a Dios como vivos de entre los muertos” (15).

Pablo destaca las consecuencias de este conocimiento: el cristiano debe estar dispuesto a una transformación radical de su forma de vivir, esto es, “despojarse del viejo hombre” y “vestirse del nuevo” (16), puesto que “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (17). Ahora el creyente puede y debe actuar como “siervo” e “instrumento” de la justicia (18), es decir, “conforme al Espíritu” y no “conforme a la carne” (19). La oposición entre “carne” y “Espíritu” es aquella entre la vida guiada por los intereses humano-temporales, orientada hacia el usufructo personal, y una vida de servicio, reflejo del amor gratuito de Dios (20).

La oposición carne/Espíritu es también la oposición entre los designios temporales impuestos por la cultura en que está inmerso el creyente y las demandas de amor y justicia del Dios eterno. El creyente está llamado a obrar según la voluntad de Dios, aún en contra de las convenciones de su propia cultura. La guía del Espíritu nos permite mirar la cultura desde afuera y poner en tela de juicio cosas que de otra manera habríamos aceptado acríticamente por costumbre. Esto equivale a “tener la mente de Cristo”, quien rompió con las convenciones culturales judías que legitimaban formas de opresión como el machismo, el nacionalismo y el legalismo religioso. Como dice Pablo, “el espiritual juzga todas las cosas, sin que él sea juzgado por nadie. ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién lo instruirá? Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo” (21).

La Biblia nos ofrece un impactante ejemplo de esta nueva identidad en la vida del propio Pablo. En la epístola a los filipenses, el apóstol rememora su vida anterior, su alta posición dentro de la elite social y religiosa y su estricto apego a la ley judía (22). Sin embargo, él ha decidido dejar todos aquellos privilegios, despreciándolos como “basura” (o “estiércol”), “por la excelencia del conocimiento (gnosis) de Cristo Jesús” (23). Sólo de este modo, Pablo ha logrado abandonar su propia justicia, que es “por la ley”, para buscar la justicia de Dios, que es “por la fe” (24).

El apóstol reconoce que esta nueva identidad implica un permanente perfeccionamiento del creyente, “olvidando lo que queda atrás y extendiéndose hacia lo que está delante” (25). Por ello, la oposición carne/Espíritu es también la oposición entre una visión conformista de sí mismo y el radicalismo del plan transformador que Dios tiene para la vida del cristiano. Se resiste a la obra del Espíritu el creyente que no está dispuesto a abandonar conceptos limitantes de sí mismo; esto es, declararse incapaz de aceptar cambios en su vida porque no estarían de acuerdo con su “forma de ser”.

En resumen, podemos decir que, a la luz del conocimiento revelado por Dios, el cristiano puede comprender que su identidad no depende de convenciones culturales, del status social o de la imagen que él mismo u otros puedan hacerse de él. Su identidad depende sólo de su relación con Dios e implica un trabajo constante de transformación de la propia forma de vivir para adecuarla cada día más a la perfecta justicia de Dios.

 

Recuperando la llave de la “ciencia”

Al igual que Jesús (26), el apóstol Pablo denuncia cómo la injusticia se opone al conocimiento de la verdad acerca de Dios (27). Sin embargo, Dios se revela a su pueblo, la iglesia, con su verdadero carácter: un padre amoroso que se deleita en la justicia. Por lo tanto, es la iglesia la responsable de denunciar y combatir todo aquello que impida que el amor de Dios alcance a sus criaturas.

En nuestros tiempos, existen formas de evangelismo que miden su éxito en términos cuantitativos. Llenan los “templos” predicando a un Cristo diluido que viene a regalar la vida eterna, como si ésta fuera a vivirse sólo en el más allá. Pero el mensaje bíblico es claro: la vida eterna empieza en la conversión (28). Por supuesto que este mensaje no puede tener tanto éxito de mercado.

El cristiano no debe adoptar una posición cómoda, esperando el comienzo de la vida eterna, porque la vida eterna ya empezó. El poder de la resurrección de los muertos ya está en acción en su vida para hacer de él o ella un instrumento de justicia, para ayudar al necesitado, para denunciar al opresor, para analizar la sociedad y la cultura en que se halla inmerso e impulsar, en esta realidad concreta, los cambios que sean necesarios para hacer visibles el amor y la justicia de Dios.

Es obvio que la predicación del evangelio sólo puede hacerse a la luz del conocimiento que Dios revela de sí. Pero no ha sido esto lo habitual. La verdadera predicación sólo puede hacerse con obras de amor y justicia, frutos del Espíritu que den testimonio de que hemos conocido verdaderamente a Dios por medio de la obra liberadora de Cristo en nuestra vida. Sólo así podremos ser dignos de las palabras de Pablo:

Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre
en triunfo en Cristo Jesús,
y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar
el olor de su conocimiento.

II Corintios 2:14

 

Concepción, 2001

 

Notas

(1) Lucas 11:39-52

(2) Lucas 11:42

(3) Romanos 10:1-4

(4) Romanos 2:17-21

(5) Romanos 2:28-29

(6) Romanos 10:8-10

(7) I Corintios 1:4-5

(8) II Corintios 4:5-6

(9) Efesios 1:17-18

(10) Efesios 1:19-23

(11) Romanos 6:8

(12) Colosenses 2:12

(13) Romanos 6:11

(14) Romanos 6:17

(15) Romanos 6:13

(16) Efesios 4:22-24

(17) II Corintios 5:17

(18) Romanos 6:13, 18

(19) Romanos 8:1-9

(20) Gálatas 5:16-27

(21) I Corintios 2:15-16

(22) Filipenses 3:4-6

(23) Filipenses 3:8

(24) Filipenses 3:9

(25) Filipenses 3:12-14

(26) Lucas 11:39-52

(27) Romanos 1:18

(28) Juan 3:36