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Historia de salvación y misión integral de la iglesia

por Juan Stam

 

Introducción

I. Creación, Nueva Creación y Misión
II. Abraham y la Bendición a las Naciones
III. Moisés, el Éxodo y el Evangelio como Liberación
IV. Uno mayor que David, y la Nueva Jerusalén
V. Jesús de Nazaret: Una Cristología de la Misión Integral

Conclusión

 

 

Introducción

"No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree" (Rom 1.16). Igual que San Pablo, nosotros en América Latina hoy no tenemos, en absoluto, por qué avergonzarnos del evangelio. Hoy también, el evangelio es poder de Dios para salvación y vida abundante mediante la fe en Cristo. Estoy profundamente convencido de que hoy en América Latina no tenemos que buscar respuestas fuera del evangelio mismo, ni tenemos que andar buscando alguna otra teología que no sea una verdadera teología evangélica en todo su poder y radicalidad.

San Pablo resume el evangelio en tres hechos fundamentales: "que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras" (I Cor 15.3,4)

Obviamente, "las Escrituras" a las que San Pablo se refiere aquí son el Antiguo Testamento. Y cuando San Pablo, como buen judío, leía esas Escrituras hebreas, estaba leyendo a la vez la historia nacional de su propio pueblo. A modo de comparación muy general, sería como si los latinoamericanos o norteamericanos leyeran de Cristóbal Colón donde un hebreo lee de Abraham, o de Simón Bolívar o Jorge Washington en lugar de Moisés, o los mayas leyeran de Tucún-umán, etc. Los grandes personajes del relato bíblico eran también los próceres de la historia patria. La Biblia era prácticamente la única historia escrita del pueblo judío; por eso, inevitablemente, la leían históricamente. Y Pablo, igual que Jesús en el camino a Emaús, veía el evangelio como la culminación de esa larga "historia patria" que era a la vez la "historia de la salvación" que narran las Escrituras.

En esta ponencia estudiaremos el mensaje Bíblico como historia de la salvación, y el significado de ésta para nuestra visión de la tarea de la iglesia hoy. Eso de "historia de la salvación" es un nombre sofisticado para lo que llamamos "el plan de salvación" según la Biblia. Me parece muy importante, en ese sentido, esforzarnos por alcanzar una visión global del mensaje bíblico como historia de la salvación, desde Génesis hasta Apocalipsis. Por mucho provecho personal que nos aporten los versículos aislados de las Escrituras, sólo las entendemos correctamente y sólo sacamos el máximo provecho de la Palabra de Dios cuando hemos comprendido el drama integral del mensaje total de las Escrituras.

Si miramos la Biblia como un todo, notamos inmediatamente que desde Génesis hasta Apocalipsis es fundamentalmente un libro de historia. La historia es la categoría central de su mensaje. La mayoría de los libros son testimonio de lo que Dios ha hecho en la historia; aun muchos salmos se basan en los grandes acontecimientos salvíficos en la vida del Pueblo de Dios a través de los siglos. Por eso, nuestro estudio de la Biblia debe hacer hincapié en las grandes líneas de verdad histórica que son el hilo conductor de su mensaje central.

Creo que ayuda mucho acentuar especialmente cinco líneas histórico-bíblicas que juntas tejen la continuidad de los hilos de las Escrituras. Son temas que corren desde Génesis hasta Apocalipsis; todo el Antiguo Testamento narra sus orígenes, y todo el Nuevo Testamento testimonia su cumplimiento. Apocalipsis los integra en una dramática recapitulación climáctica de todos los temas principales. Las cinco líneas centrales son las siguientes:

1) La Creación, que marca en idénticos términos la primera (Gen 1-3) y la última (Apoc 21.1-22.5) página bíblica y aparece constantemente en ambos testamentos.

2) La Promesa a Abraham (Gen 12:1-3) y el Pacto de Dios con los patriarcas; en el Nuevo Testamento es central en el pensamiento de San Pablo.

3) Moisés, el Éxodo, el desierto (Sinaí) y la ocupación de Canaán; opresión y liberación (Ex 2.23s, 3.7-10, 15-17, 6.6s). Isaías describe la esperanza de un nuevo Éxodo; Apocalipsis relata las plagas finales y celebra el "cántico de Moisés, siervo de Dios, y del Cordero" (Apoc 15:3,4)

4) David, a quien Dios prometió un Reino eterno (II Sam 7.13-16) que llegaría a ser universal, sobre todas las naciones (Isa 9.6s). Juan el Bautista y Jesús vinieron anunciando el Reino de Dios; Jesús prometió que "el evangelio del Reino" sería predicado en todo el mundo (Mt 24.14); y Pablo, hasta el fin de su ministerio, predicaba siempre el reino de Dios (Hech 28.31). Apocalipsis describe con lujo de detalle el Reino final y perfecto del Señor (Apoc 11.15).

5) En el Mesías (encarnación, vida, muerte y resurrección de Jesús) se juntan todos los hilos del mensaje bíblico. Su primera venida trae la vida eterna y es el centro de la historia; su retorno traerá la plenitud del Reino como fin de la historia.

Ya que estos cinco temas involucran prácticamente todo el mensaje de la Biblia, estudiarlos a fondo equivaldría a elaborar toda una teología bíblica. En este trabajo nos limitaremos a tocar sólo los aspectos de cada eje histórico-salvífico que más tienen que ver con la misión integral de la iglesia hoy.


I. Creación, Nueva Creación y Misión

Un hecho sorprendente llama la atención cuando abrimos la Biblia: es un libro que termina casi con las mismas palabras con que comienza: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (Gen 1.1) y "he aquí yo vi nuevos cielos y nueva tierra" (Apoc 21.1,4). El mensaje de la Biblia es la larga marcha desde esa primera creación hasta esa otra creación nueva y perfecta, y en esa marcha se realiza el plan divino de la salvación. Para sorpresa nuestra, la historia de la Biblia no comienza en la tierra para terminar en el cielo, sino que comienza en esta tierra para llegar a la tierra nueva que nos ha de dar el Creador.

Eso nos hace entender que sin una adecuada teología de la creación, no puede haber una teología realmente bíblica de la misión de la iglesia. Pero lamentablemente, el tema "creación" suele limitarse exclusivamente al problema moderno de la evolución, perdiendo así la inmensa riqueza de esta gran línea de pensamiento bíblico en su significado original.

Gen 1.1-2.4a describe la creación en forma litúrgica, con los ritmos majestuosos del culto. Afirma la soberanía de Dios y lo bueno de su creación. Dios habla, su Palabra crea, es el primer día (segundo, tercero, etc), y cada vez Dios lo declara bueno. El hombre y la mujer son imagen de Dios, llamados a administrar la creación. El segundo relato, en Gen 2.4b-25, es profundamente sencillo y humano. Al crear al varón, Dios le da una riquísima hortaliza a gozar y cuidar. Dios ve que no es bueno que el varón esté sólo, y (¡con sentido de humor!) crea los animales y los trae a Adán. Adán ahora es ganadero además de agricultor, pero... ¡sigue solo! Entonces Dios le crea su compañera perfecta, y la vida humana está completa.

La tragedia del pecado destruyó el buen orden de la creación. La desobediencia (Gen. 3.6) trajo fratricidio (4.8), bigamia (4.19) y asesinato (4.23s). Pero ante la historia del pecado, desgracia y maldición que prevalece en Gen 4-11, Dios inicia con Abraham una nueva historia, de gracia y bendición (Gen 12.1-3). El significado de esta gracia para la creación misma se revela plenamente en la promesa profética de una nueva creación (Isa 65.17-25, 66.22). La gracia de Dios, que lucha contra el pecado para preservar el sentido prístino de la buena creación divina, triunfará al fin, sobradamente, en una nueva y aún mejor creación:

Porque he aquí yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento. Mas os gozaréis y os alegraréis en las cosas que yo he creado... No habrá más allí niño que muera de pocos días, ni viejo que sus días no cumpla... No trabajarán en vano, ni darán a luz para maldición (Isa 65.17-25).

El Nuevo Testamento profundiza la teología de la Creación en dos aspectos: (a) reinterpreta cristológicamente la primera creación (Col 1.15-23; Heb 1.1-3; Jn 1.2-4) y (b) elabora y profundiza, también cristológicamente, la prometida nueva creación (II Ped 3.13; Rom 8.19-21; Hech 3. 21; Ef 1.9,10; Apoc 21.1-22.5). La descripción en Apoc es especialmente interesante. Están presentes todos los elementos básicos de los primeros relatos de la creación: cielo y tierra (Gen 1.1; Apoc 21.10), el mar (Apoc 21.1, cf. Gen 1.2), el río (22.1, cf. Gen 2.10), y el árbol de vida (22.2). Pero hay elementos nuevos: "la santa ciudad, la nueva Jerusalén" (22.2, 10: tema davídico), "el tabernáculo de Dios" (21.3), "la fuente del agua de la vida" (21.6) y "el trono de Dios y del Cordero" (22.1,3). No habrá más lágrimas ni muerte ni llanto ni clamor ni dolor (21.4) ni maldición (22.3). Dios habrá hecho nuevas todas las cosas (21.5)

Un detalle decisivo pero fácilmente ignorado de este relato: se repite dos veces que la nueva Jerusalén "descendía del cielo, del lado de Dios" (21.2,10). Dentro de todo el pasaje, no hay nada que suba o que se ubique en el cielo (aunque lo puede haber, por supuesto, en otros pasajes bíblicos). Contrario al pensamiento verticalista que predomina casi exclusivamente en círculos evangélicos, el Apocalipsis no termina "hacia arriba" ("mi alma volará") sino "hacia abajo", para concentrar todo en una nueva tierra y una nueva comunidad humana redimida (nueva Jerusalén) donde se instala el mismo trono de Dios (22.3)

(Debe agregarse que en la perspectiva premilenial, esta concentración "hacia abajo" es todavía más acentuada: antes de descender la nueva Jerusalén para "aterrizarse" en esa nueva creación que Dios ha prometido, Cristo habrá reinado mil años en esta vieja tierra. Y los resucitados "reinarán con él mil años" [20.4,6], que bajo cualquier interpretación del pasaje, tendrán que ser en esta tierra y dentro de esta historia nuestra. Toda esta insistencia en la tierra, tanto vieja como nueva, puede dar más sentido a las promesas de que "los mansos herederán la tierra" [Mt 5.5 etc.; Sal. 37.3,9,11,22,29,34] y de que los redimidos "reinarán sobre la tierra" [Apoc 5.10]. Todo eso es casi inimaginable para la muy platónica teología occidental, pero era muy natural, hasta obvio, para el pensamiento hebreo).

Un aspecto final del tema "Nueva Creación" debe traerse a colación. "Si alguno está en Cristo, es nueva creación; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas" (II Cor 5.17, griego). Aquí aparecen las idénticas frases de Isa 65.17 y Apoc 21.1,4. El cristiano regenerado es "nueva creación" no sólo porque es ahora un individuo transformado por Cristo sino también, y aun más profundamente, porque ha nacido ya a la Nueva Creación que Cristo trajo y traerá al final de la historia. Por la misma razón, para Santiago los que han nacido por la Palabra son llamados a ser "primicias de sus criaturas" (Sant 1.17), con toda la carga teológica (cristológica y escatológica) de ese término "primicias" (el otro pasaje clásico sobre la regeneración, Jn 3, relaciona el nuevo nacimiento con el concepto afín de entrar en el Reino de Dios: Jn 3.3,5).

Nuestra salvación pertenece a la nueva creación de Dios. En Cristo (el nuevo Hombre por definición, en quien somos la nueva humanidad) Dios recapitula la primera creación: somos "creados según Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Ef 4.24), de modo que "el nuevo hombre... conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno... donde Cristo es el todo, y en todos" (Col 3.10,11). Por Cristo, Dios realiza de nuevo sus propósitos en la primera creación. Y por eso somos ahora "nueva creación" y "primicias de sus criaturas", la levadura (sal, luz, semilla) de su Reino venidero.

Conclusión: Sólo esta primera línea de pensamiento histórico-salvífico nos revela cuán grande es nuestra salvación. Lo experimentamos primeramente como perdón de los pecados y vida eterna en Cristo. La Palabra del Señor, sin embargo, nos indica por muchos medios que esa salvación es parte del plan global de Dios y nos incorpora dentro de esa nueva Creación y ese Reino de Dios que Cristo vino a traer. Siendo así el mismo evangelio que proclamamos, sigue necesariamente que la proclamación de la salvación y del nuevo nacimiento es absolutamente inseparable del tema de nuestro llamado a ser primicias de la nueva Creación y levadura del Reino. Separarlos sería hacer violencia a las Escrituras y mutilar el Evangelio.


II. Abraham y la Bendición a las Naciones

El segundo gran momento histórico-salvífico, y el segundo eje del pensamiento bíblico, es el pacto con Abraham (Gen 12.1-3). Con Abraham se inaugura propiamente la historia de la salvación. De Gen 4 a 11, a pesar de algunos destellos de promesa, predominan el pecado (Caín, diluvio, Babel) y la maldición (3.14,17, 4.11, 5.29, 8.21, 9.25, vs. 12. 3!). Pero con Abraham irrumpe la bendición y la gracia; el poder de Dios crea un nuevo futuro para una pareja vieja y estéril, y para todas las naciones.

La historia de la des-gracia (Gen 4-11) culmina con el relato de la torre de Babel (11.1-9). Esta historia tiene que ver con los orígenes de Babilonia ("Babel"), lugar de Abraham y Sara cuando Dios los llama. Con ese trasfondo, son impresionantes los evidentes paralelos entre los dos pasajes. En uno, los mortales pretenden alcanzar el cielo; en el otro, Dios baja a un hombre y su mujer. Los de Babel, ensoberbecidos por su ventaja tecnológica (11.3), pretenden imponer su dominio sobre toda la tierra; Sara y Abraham, en su absoluta debilidad, se atreven a creer en Dios. Los de Babel dicen "hagámonos un nombre" (11.4); a Abraham, Dios le promete: "engrandeceré tu nombre" (12.2). La torre de Babel divide las naciones. A Abraham y Sara, sacados del mismo Babilonia, Dios les promete crear por gracia una nueva nación (no producto del Babel sino de Yahvé). Esa nación, sacada de en medio de las naciones, volverá a ellas para serles bendición (12.2,3, 18.17ss, etc).

Dios invitó a Abraham a un increíble peregrinaje de fe, y "Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia" (15.6). San Pablo insistirá después en que Abraham fue el primer justificado por fe. Pero la fe de Abraham, y su justificación, tuvieron sus propias características, fieles a su propia situación. En el centro de su fe estaba algo demasiado humano, pero risible en el caso de Abraham: ¡su viejita iba a quedar encinta! Y esta pareja, incapaz hasta entonces de procrear ni un solo hijo, y ya claramente pasados de edad, no sólo iban a realizar lo que ya parecía imposible (¡¡Abraham con la mano sobre el estómago de Sara, loco de alegría por las patadas que da la criaturita; la anciana Sara dando de mamar a Isaac!!). Mucho más: creyeron que de ellos saldrían naciones y príncipes y, sobre todo, una nación escogida por Dios para bendecir a todas las demás naciones. Al creer todo eso, Abraham entró en una relación especial con Dios: desde entonces, es "el amigo de Dios" (2 Cron 20.7; Isa 4l.8), tanto que Dios no actuaría sin compartir sus designios con Abraham (Gen 18.17ss). Abraham ya participaba en el proyecto histórico de Dios. En eso consistía concretamente su justificación.

En la promesa a Abraham, repetida numerosas veces con él y su prole, se destacan dos palabras: "bendición" y "naciones". Dentro del pensamiento hebreo, y en el contexto del pasaje, ambos términos son esencialmente literales; no pueden ser espiritualizados (Gen 49.25s; Dt 28-30). La "bendición" significa lo que hoy llamaríamos "bienestar"; bendición es Shalom, es Vida (Dt 30. 19,20), y vida abundante en todas sus dimensiones y relaciones.

Si Dios prometió que Abraham y su descendencia serían de bendición a las naciones, es de suponer que eso comenzaría a realizarse dentro de la vida de los mismos patriarcas. Que así fue, es un tema central del libro de Génesis. Después de un mal comienzo en Egipto (12.17: Faraón hizo bien a Abraham, pero Jahvé hirió a Faraón con grandes plagas por causa de Sara; cf. Ex 3.20, 9.15, etc) y un ambiguo arreglo de tierras con Lot (Gen 13), Abraham sale a bendecir a Lot y a las cinco ciudades (Sodoma, Gomorra, Adma, Zeboim y Zoar), liberándoles de su cautiverio (Gen 14). Volviendo de la batalla, Abraham rechaza toda remuneración y es bendecido por Melquisedec (14.19,20). Más adelante, Abraham bendice a Sodoma y Gomorra intercediendo ante Dios por ellas (Gen 18). Después vuelve a mentir en cuanto a Sara, pero Dios le dice a Abimelec que devuelva a Sara a Abraham, "porque es profeta, y orará por ti, y vivirás" (20.7). De igual manera, Labán confiesa a Jacob: "he experimentado que Jehová me ha bendecido por tu causa" (30). Jacob lo confirma: "Jehová te ha bendecido con mi presencia" (30.30).

La figura de José domina los catorce últimos capítulos de Génesis (Gen 37-50: igual que Abraham y más que Isaac o Jacob) y culmina dramáticamente el mensaje del libro. La maldición actuó contra él, pero Dios lo cambió en bendición. Sus hermanos intentaron repetir el fratricidio de Caín; traicionado también por la esposa de Potifar, José cayó preso pero "Jehová estaba con José, y lo que él hacía, Jehová lo prosperaba" (39.2, 23). Interpretó el sueño de Faraón, fue liberado, y asumió la triple cartera de Primer Ministro, Ministro de Planificación y Ministro de Agricultura. Dios le había llamado a una diakonía política, para cumplir, en una primera y gloriosa etapa, la gran promesa que había hecho a Abraham. ¡José ha sido bendición (literalmente) a todas las naciones de su tiempo!

Cuando el anciano Jacob fallece, los hermanos de José temieron por sus vidas y ofrecieron ser sus siervos (50.15-18). Pero José, quien conocía bien al Dios que había pactado con sus padres, les respondió:

No temaís; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí [mal-dición: pretendían pronunciar el mal contra mí], mas Dios lo encaminó a bien [ben-dición: proclamó el bien], para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo (50.19,20).

Así concluye el libro de Génesis: el pueblo de Dios ha comenzado a servir de bendición a las naciones como instrumento de Dios para conservar la vida entre los pueblos. Eso pertenecerá para siempre a la naturaleza y vocación del Pueblo de Dios. Cuando Israel deja de ser bendición a los demás, Jehová los denuncia ("fuiste maldición entre las naciones", Zac 8.13; cf Jer 4.4, 26.6) y promete un nuevo Pueblo que sí será de bendición entre las naciones (Zac 2.11, 8.13; Ezq 36.23). Entonces las demás naciones participarán también en la vocación del Pueblo de Dios:

En aquel tiempo Israel será tercero con Egipto y con Asiria para bendición en medio de la tierra; porque Jehová de los ejércitos los bendecirá diciendo: Bendito el pueblo mío Egipto, y el asirio obra de mis manos, e Israel mi heredad (Isa 19.24s).

Esta línea bíblica, que parte de Abraham, también figura prominentemente en el Nuevo Testamento. Los judíos se jactan de ser "hijos de Abraham", pero Dios puede levantarle hijos a Abraham de las piedras (Mt 3.9). El Dios de Abraham, Isaac y Jacob no es Dios de muertos sino de vivos; es Dios de resurrección (Mt 22.32, Mc 12.26s). Lázaro encontró reposo en el seno de Abraham (Lc 16.22). Los gentiles estarán en el gran banquete con Abraham, en el Reino de Dios, mientras los judíos incrédulos crujen los dientes afuera (Mt 8.11-13; Lc 13.23-30). Tanto María (Lc 1. 55) como Zacarías (1.73) ven el nacimiento del Mesías como cumplimiento de la promesa a Abraham, en términos claramente históricos (cf. también Hech 3.20-26).

Varios pasajes novotestamentarios dan una interpretación cristológica a la historia de Abraham. El gran discurso sobre la Luz del mundo dedica un pasaje largo a Abraham (Jn 8.31-59). Los judíos dicen que jamás han sido esclavos, porque son hijos de Abraham (8.32). Jesús responde que no son hijos de Abraham sino del diablo, y esclavos del pecado (8.38,41,44). Si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham (8.39), pero más bien procuran matarle a él (8.37-40). Los que rechazan a Cristo no pueden ser verdaderos hijos de Abraham, pues "Abraham...se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó" (8.56). ¡La risa de Abraham ante la gracia de Dios (Isaac significa risa) fue una risa de gozo evangélico!

La teología Abrahámica es la principal base bíblica (del Antiguo Testamento) para San Pablo: ya que Abraham fue justificado por la fe, es claro que nosotros también somos justificados por fe (Rom 4.1-25; Gal 3.6-18; cf. Sant 2.21-24). Los creyentes, sean judíos o gentiles, son ahora los verdaderos hijos de Abraham (Rom 4.12, 9.6-8). Los gentiles creyentes son injertados en el olivo de Israel, mientras que los judíos incrédulos son desgajados del árbol (Rom 11.16-22). Todo esto se debe a Cristo:

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición... para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu (Gal 3.13.14).

Esa "bendición a las naciones", que Dios prometió a Abraham y que Cristo realizó con su muerte, se cumple en su más cabal realización en Apocalípsis. El vidente de Patmos, preso por el Evangelio, está sumamente consciente de las naciones que le rodean (usa la palabra "nación" más de 20 veces) y muy seguro de que Cristo es "el soberano de los reyes de la tierra" (Apoc. 1.5, cf. 12.5). Aunque la Babilonia (Babel) de la bestia sigue amenazando con su anti-reino, en la nueva Jerusalén "no habrá más maldición" (22.3; se habrá terminado la historia de la des-gracia) sino plena bendición a todos los pueblos de la tierra. El evangelio será predicado a "toda nación, tribu, lengua y pueblo" (14. 6; cf. Mat 24.14) y los redimidos "de todo linaje y lengua y pueblo y nación" adorarán al Señor (5.9, cf. 7.9). Según el cántico de Moisés y del Cordero, Dios es "Rey de las naciones" (l5.4 griego) y "todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado". Esta línea de pensamiento en Apocalipsis articula una impresionante teología de la historia y una especie de escatología política.

El pasaje culminante de Apocalipsis, y en efecto de toda la Biblia, acentúa dramáticamente el cumplimiento de la bendición a las naciones:

Y las naciones andarán a la luz de ella (la Nueva Jerusalén); y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella... Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella... Y las hojas del árbol serán para la sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición. Y el trono de Dios y del Cordero estará en ella... y reinarán por los siglos de los siglos (Apoc 21.24-22.5, griego).

Conclusión: Si vamos a entender el Evangelio y la misión de la Iglesia conforme a todas las Escrituras, de Génesis hasta Apocalipsis, lo tendremos que entender clara y enfáticamente como "bendición a las naciones". Bendición espiritual, por fe en la muerte de Cristo, claro que sí. Bendición personal, al conocer a Cristo individualmente, claro que sí. Pero también bendición física y material, en el claro sentido hebreo de "bendición". Y bendición también a las naciones como naciones, como se realizó bajo José y se describe al final de Apocalipsis. En el Reino de Dios, las naciones y las lenguas ni desaparecerán ni perderán su importancia. Como dice el himno,"las naciones unidas cual hermanas, bienvenida daremos al Señor."

El pecado es maldición; el evangelio es bendición. En Génesis, los protagonistas de la anti-historia de la desgracia, desde Caín hasta los hermanos de José, proclaman y procuran el mal (mal-dicen) contra los demás; los que han sido tocados por la gracia de Dios, proclaman y procuran el bien (ben-dicen) hacia personas y naciones "para mantener en vida a mucho pueblo" (Gen 50.20). Cristo tomó sobre sí la maldición del pecado, para que la bendición de Abraham, en toda su realidad concreta e integral, llegase a las naciones.

Al recibir a Cristo, comenzamos a ser "bendición a las naciones". Igual que Jesús anduvo por todas partes haciendo bien (Hech 10.38), ser Cristiano ahora significa andar como Él anduvo. Ser cristiano, redimido por la gracia del Señor, significa no cansarse nunca de hacer bien: "Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe" (Gal 6.9s). "Todo el que hace justicia es nacido de él... Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no ha nacido de Dios" (I Jn 2.29, 3.7,10, 16-18). "Al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado" (Sant 4.17). Ser cristiano, redimido por Cristo, es por definición ser activista del bien.

Evangelizar es llamar a las personas a entregarse a Cristo para el perdón de sus pecados y para incorporarse con Cristo en el proyecto divino de bendición a las naciones. A fin de cuentas, evangelio y escatología y ética son inseparables. "Por sus frutos los conoceréis", dijo el Señor. "Tuve hambre, y me disteis de comer; heredad el reino preparado para vosotros" (Mat 25.34s). Somos salvos por la fe, pero no por la fe sin obras sino por "la fe que obra por el amor" (Gal 5.6).


III. Moisés, el Éxodo y el Evangelio como Liberación

El Éxodo, aun más que la Creación y el Pacto Abrahámico, constituye un hilo conductor para toda la Biblia y revela mejor que nada la unidad del mensaje bíblico. Algunos conservadores tratan de minimizar el Éxodo como clave hermenéutica, por temor de "politizar el evangelio". El hecho, sin embargo, es que la misma Biblia da esa marcada centralidad al Éxodo. Todo el Pentateuco, para comenzar, se escribió después del Éxodo y a la luz del Éxodo, como integración de todas las experiencias y tradiciones previas en el nuevo proyecto nacional que nace con Moisés y el Éxodo.

El Éxodo es también un tema clave para el Nuevo Testamento. Cada vez que los cristianos celebramos la Santa Cena, estamos recordando el Éxodo israelita. A través de los siglos Israel recordaba festivamente su liberación de Egipto con la Pascua anual; Jesús, como buen judío, celebró esa misma Pascua pero la transformó en celebración del nuevo pacto (Mt 26.28; I Cor 11.25, cumpliendo Jer 31.31-34), tanto del "viejo Éxodo" de Israel como del "nuevo Éxodo" que él ha realizado con su muerte y resurrección.

El Éxodo de Israel de Egipto no debe espiritualizarse. Fue una liberación histórica integral para un pueblo oprimido económica, política, social, demográfica, racial y religiosamente. Dios vio la opresión de su pueblo y entró en acción para liberarlos (Ex 2.23s; 3.7-10,17, 6.5-8). En su totalidad (salida de Egipto, peregrinaje por el desierto, encuentro con Dios en Sinaí y entrada en la tierra prometida), el Éxodo representó la constitución de Israel como pueblo histórico. También es muy importante que con el Éxodo (Moisés y la zarza que ardía: Ex 3.14s, cf 6.2s) Dios se revela plenamente como Yahvé, el Dios de la historia que hace libre al pueblo que le adora y le sigue. Yahvé era por excelencia el Dios del Éxodo. Este yahvismo será un eje del pensamiento bíblico hasta el libro de Apocalipsis.

Después del Éxodo, ese acontecimiento redentor se mantenía vivo en un ciclo continuo de fiestas: el sábado, pascua, tabernáculos, sábado de la tierra, año de jubileo, etc. Durante el exilio, cuando los profetas anunciaron una nueva liberación del pueblo, ahora del exilio oriental para volver a su tierra, lo describen en los mismos términos del anterior Éxodo de Egipto. Ningún otro momento histórico tuvo para Israel la importancia definitiva del Éxodo.

Una veta especialmente interesante de esa amplia tradición exodiana fue el año de Jubileo (Lv 25.8-17), a celebrarse cada cincuenta años para culminar un ciclo de siete "sábados de la tierra". Para esos "sábados" cada siete años, conocidos también como "año de remisión", Dt 15 estipula que han de cancelarse todas las deudas entre israelitas (15.1-11) y emanciparse todo esclavo hebreo o hebrea (15.12-18). Y, según Lv 25, después de un ciclo de siete "semanas" ha de seguir una celebración aún más solemne, con una especie de "reforma agraria" cada cincuenta años:

Entonces harás tocar fuertemente la trompeta en el mes séptimo a los diez días del mes: el día de la expiación haréis tocar la trompeta por toda vuestra tierra. Y santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo... (Lv 25.8-10).

Este ciclo de conmemoración del Éxodo tiene un desarrollo decisivamente importante para el mensaje de salvación en la Biblia. Del gran significado de la Pascua nadie puede dudar. No sabemos cuánto puede haberse practicado la atrevida legislación de Lv 25 y Dt 15; algunos la han considerado "una ley utópica que se quedó en letra muerta" (de Vaux). Sin embargo, hay muchos otros pasajes que apelan a esta legislación y tienen a los israelitas por culpables cuando no la cumplen (Lv 27.16-25; Num 36.1-9; Neh 10.31, cf 5.1-13; Jer 34.8-10; Ezq 46.17s).

Isaías pone especial énfasis en el Éxodo y las tradiciones exodianas, incluyendo evidentemente el año de Jubileo. Una docena de pasajes dramáticos describen la esperada salvación del pueblo (la restauración y la salvación mesiánico-escatológica) como un nuevo éxodo:

Pero se acordó de los días antiguos, de Moisés y su pueblo, diciendo: ¿Donde está el que les hizo subir del mar con el pastor de su rebaño? ¿dónde el que...los guió por la diestra de Moisés con el brazo de su gloria, el que dividió las aguas delante de ellos, haciéndose así nombre perpetuo...? (63.11s).

Despiértate, despiértate... oh brazo de Jehová... como en el tiempo antiguo... ¿No eres tú el que cortó a Rahab, y el que hirió al dragón? ¿No eres tú el que secó al mar, las aguas de gran abismo; el que transformó en camino las profundidades del mar para que pasaran los redimidos? Ciertamente volverán los redimidos de Jehová; volverán a Sion cantando...(51.9ss).

Yo... que dice a Jerusalén: Serás habitada; y a las ciudades de Judá: Reconstruidas serán y sus ruinas reedificaré; que dice a las profundidades: Secaos, y tus ríos haré secar (44.26s).

Porque no saldréis apresurados, ni iréis huyendo; porque Jehová irá delante de vosotros (52.11s).

Y secará Jehová la lengua de mar de Egipto... y lo herirá en sus siete brazos y hará que pasen por él con sandalias. Y habrá camino para el remanente... de la manera que lo hubo para Israel el día que subió de la tierra de Egipto (11.15s). Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo... (43.2).

Así dice Jehová, el que abre camino en el mar, y senda en las aguas impetuosas; el que saca carro y caballo, ejército y fuerza... He aquí yo hago cosa nueva... Daré aguas en el desierto, ríos en la soledad, para que beba mi pueblo (43.16-20, cf 48. 20s; 49.10). Abriré en el desierto estanques de agua (41.17s)

Es notable aquí en qué medida el autor modela su profecía de restauración en el hecho y en los detalles del Éxodo. Llama tanto más la atención, porque la realidad del retorno de Babilonia no correspondía literalmente a los detalles del Éxodo: no cayeron carros ni soldados en el mar, ni tuvieron que cruzar mares, etc. Pero el autor percibe la profunda continuidad entre Éxodo, retorno post-exílico y salvación escatológica. Los une inseparablemente, también, con el primero de nuestros temas, la creación (51.9ss, cf Sal 89.8-18).

También Isaías vincula esta esperanza multi-dimensional con la tradición exodiana del años sabático y de Jubileo. Tomás Hanks y otros han demostrado como este trasfondo de jubileo ilumina el sentido de Isa 58. La misma referencia parece aun más explícita en 61.1ss, tanto en la frase "año agradable del Señor" (61.2) como en el lenguaje y las estipulaciones del pasaje (predicar buenas nuevas a los oprimidos, publicar libertad a cautivos y presos). Es probable que la frase verbal "publicar libertad" sea una referencia explícita a Lv 25.10 (hebreo "gara deror" en ambos textos). La palabra "deror" (libertad) aparece sólo aquí y en Lv 25.10, Lv 34.8,15,17 y Ezq 47.17, siempre con ecos del Jubileo. Queda evidente que, para el profeta, la salvación no podía entenderse aparte de la creación y el éxodo, la tradición del año sabático y Jubileo, y de la justicia y la libertad. Esto tendrá importantísimas consecuencias en el Nuevo Testamento, como también para la misión de la iglesia hoy.

El pensamiento de Isa 61.1ss parece ser: los ricos de Israel, por su dureza de corazón, nunca han querido cumplir la voluntad de su Señor y dar libertad a los oprimidos (cf Jer 34.8-17), pero en el día venidero Dios pondrá su Espíritu sobre su siervo para cumplirlo a cabalidad. El don del Espíritu ahora aparece como pre-condición del jubileo escatológico; un jubileo de liberación y justicia será expresión y consecuencia del don del Espíritu.

En resumen, todo el pensamiento de Isaías se fundamenta firmemente en la tradición del Éxodo en sus diversos ejes y tradiciones. Ese claro trasfondo histórico-salvífico le da a la salvación un marcado carácter de liberación integral (total), especial y específicamente de "buenas nuevas para los pobres".

Nuevo Testamento. A la luz de este eje de pensamiento veterotestamentario, es sumamente significativo que Jesús escogiera precisamente este pasaje (Isa 61.1s) para su "sermón inaugural" en Nazaret, según Lc 4.16-21 (ver J. Yoder, Politics of Jesus, p34ss). El pasaje, que Lucas coloca estratégicamente al inicio del ministerio de Jesús, introduce un tema central de Lucas-Hechos: el profeta, ungido con el Espíritu, es ungido para proclamar buenas nuevas a los pobres. Muchos exégetas han sugerido que Lucas aquí señala al Jubileo como clave al ministerio de Jesús; algunos, como A. Strobel, hasta afirman que era un año de Jubileo en que Cristo predicó este sermón (quizá 26-27 d.C.).

Jesús en seguida sorprendió a sus vecinos con una frase osada: "Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros" (4.21). Con eso anuncia que su ministerio realizará en plenitud y profundidad ese verdadero Éxodo y Jubileo, por la fuerza del Espíritu (cf 3.22; 4.1), que Isaías había prometido. Más adelante, cuando desde la cárcel Juan envió sus mensajeros a Jesús, éste contestó en forma parecida:

Id, hacer saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio (Lc 7.22-23).

Nuevamente Jesús cita a Isaías (35.5s), insiste también en que el evangelio es buena nueva para los pobres, y demuestra en acciones y palabras que el Reino de Dios es poder para plenitud de vida. Siendo así, Jesús reitera la insistencia de Isaías: la salvación sólo puede entenderse fielmente a la luz del Éxodo y del Jubileo, como proyecto de justicia, libertad integral y alegría para los oprimidos.

Según Mateo también, la vida y ministerio de Jesús están repletos de analogías a Moisés y el Éxodo. Al nacer el nuevo Moisés, un nuevo Faraón desata un feroz infanticidio. Después de descender a Egipto (cual nuevo José e Israel), como Israel, sale de Egipto hacia el Canaán: "De Egipto llamé a mi hijo" (Mt 2.15, cf. Os 11.1). En el sermón del monte (nuevo Sinaí), Jesús se presenta como el nuevo Legislador del pueblo de Dios (Mt 5.17-48; cf 19.7s). En la transfiguración, Moisés y Elías (continuador y rescatador del legado de Moisés) se hacen presentes; según Lucas, hablaron con Jesús de su "éxodo" (Lc 9.31). Y climácticamente, al celebrar la última Pascua de su vida encarnada, Jesús transforma ese conmemoración del primer éxodo en la celebración del nuevo éxodo que él ha traído. Nuevamente, salvación se entiende como éxodo.

A la luz de esto, parece justificado también interpretar el relato lucano del día de Pentecostés a la luz del Jubileo. El paralelo con Isa 61.1ss es impresionante: Dios derrama su Espíritu sobre la Iglesia (nuevo cuerpo del Siervo sufriente), se proclama la buena nueva (Hech 2.14-42), y se practica la justicia a favor de los pobres (2.43-47). En Hech 4.32-5.11 se ratifica la misma correlación de carisma y praxis: la comunidad recibe el Espíritu (4.31) y en seguida crea buenas nuevas para los pobres (4.32-37).

Hay una posible analogía también en el mismo nombre de "Pentecostés" (50 días) con el Jubileo (50 años). Como fiesta de primeras cosechas (Ex 23.16s), el Pentecostés se llamaba también "fiesta de las semanas" (Lv 23.15-21; Dt 16.9-12). Hay un paralelo explícito entre Lv 23.15 ("contaréis...siete semanas cumplidas"; cf Dt 16.9) y Lv 25.8 ("y contaréis siete semanas de años"). Es razonable inferir que el paralelo entre Pentecostés (50 días) y Jubileo (50 años) resfuerza el significado exodiano de la sorprendente (y muy material y económico) acción social de la comunidad pentecostal.

La primera comunidad no reprodujo mecánicamente la acción estipulada en Lv 25; más bien, los creyentes terratenientes vendieron propiedades suyas para financiar un proyecto de comedores populares. Es muy justificado leer estos pasajes como nueva confirmación de las palabras de Jesús en Nazaret: "Hoy esta Escritura", con su promesa del Espíritu y del Jubileo (Isa 61.1ss), "se ha cumplido delante de vosotros" (Lc 4.21).

F.F. Bruce ve en el proyecto comunitario de Hech 2 una continuación de la "bolsa común" de los discípulos, y señala también los paralelos con la comunidad de Qumran. Otros señalan que los sacerdotes no tenían propiedad privada ni recibían herencia (Ezq 44.28); la unción pentecostal constituye a todo creyente en sacerdote, de modo que ya no podían considerar suyas las cosas que poseían (Hech 2.44; 4.32). Más adelante, Pablo dará una continuidad muy importante a este proyecto social a favor de los pobres de Jerusalén, hasta arriesgar su vida y su libertad para llevarles la ofrenda de los hermanos gentiles (Gal 2.10; Hech 11.27-29; I Cor 16.1-4; Rom 15.25s; Hech 20.22s; 21.8-14). Para los corintios, Pablo repite el principio evangélico "para que haya igualdad" (2 Cor 8.14ac) y define el dar a los pobres como acto de justicia (9.9; cf Mt 6.1). Por eso Pablo vio su diakonía a los pobres de Jerusalén como una parte integral de su ministerio y del cumplimiento del evangelio mismo.

San Pablo es conocido como "el Apóstol de la Libertad", tema central precisamente del Éxodo y del Jubileo. El evangelio nos hace libres en Cristo; negar esa libertad es caer de la gracia (Gal 5.1-13; cf 2 Cor 3.17; Rom 6.18,22). En Rom 8, Pablo interpreta toda la historia humana, desde sus orígenes en creación y caída (8.20) hasta su culminación escatológica (8.21), como el prolongado y doloroso "parto" de la libertad futura hacia la que se dirige todo (8.21s). El final del pasaje es una gran sorpresa; después de hablar de la obra del Espíritu Santo en nosotros (8.1-17) y de "gloria venidera" que esperamos (8.18), en seguida Pablo no habla del cielo "más allá del sol", como hubiéramos esperado, sino de la creación y sus dolores de parto (8.19-23). Según Pablo, no sólo nosotros sino "también la creación misma será libertada...a la libertad gloriosa de los hijos de Dios" (8.21).

Precisamente ese nuevo mundo de justicia y libertad, por el que gemía Israel en Egipto y por el que aún gime toda la creación, es lo que nos describe el último libro del Nuevo Testamento (Apoc 21,22). Los temas del Éxodo (ej. las plagas, las trompetas y las copas) corren por todo el libro de Apocalipsis y son una clave a su interpretación. En uno de sus pasajes más bellos, los vencedores de la Bestia cantan "el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero" (15.3):

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor Dios todopoderoso;
justos y verdaderos son tus caminos,
Rey de las naciones.
¿Quién no te temerá, oh Señor,
y glorificará tu nombre?
pues sólo tu eres santo,
por lo cual todas las naciones vendrán
y te adorarán,
porque tus juicios se han manifestado.

En cierto sentido, esas palabras captan todo el mensaje de las Escrituras: toda la Biblia, en ambos testamentos, es un "cántico de Moisés y del Cordero". Es impresionante como en estos dos capítulos (Apoc 14,15), llegando al clímax de Apocalipsis y de todas las Escrituras, se van uniendo los hilos de los temas centrales que hemos señalado:

Creación: adorar a aquel que hizo el cielo y la tierra,
el mar y las fuentes de las aguas (14.7).

Promesa a Abraham: todas las naciones vendrán y te adorarán,
porque tus juicios se han manifestado (15.4).

Éxodo: el cántico de Moisés y del Cordero... justos y
verdaderos son tus caminos (15.3; sus caminos
notificó a Moisés, Sal 103.7)

Jerusalén: he aquí fue abierto en el cielo el templo
del tabernáculo del testimonio... y el templo se llenó
de humo por la gloria de Dios (15.5,8; cf 21.2,10).

Cristo: el cántico del... Cordero (15.3). La descripción más típica de Cristo en Apocalipsis, Cristo como el Cordero de la Pascua, ocurre más de 25 veces en los 22 capítulos del libro.

El tema que los nuclea es el Éxodo. Es evidente que la salvación y la misión de la iglesia tienen que verse a la luz clara del Éxodo, Pascua y Jubileo, de justicia y libertad evangélica, de buenas nuevas para los pobres y oprimidos.


IV. Uno mayor que David, y la Nueva Jerusalén

Dios había prometido ya a Abraham que príncipes saldrían de sus lomos (Gen 17.6, 16); pero, a David, Dios le prometió un reino eterno. David fue el rey por excelencia. Y como brillante estadista que fue, David no escogió para sede de su gobierno ninguna ciudad de ninguna de las tribus. Más bien capturó una ciudad jebusea, Jerusalén (Sión), donde estableció su gran capital. Así los temas David, Jerusalén y Reino de Dios corren juntos como otro complejo temático hasta el fin de las Escrituras.

El Antiguo Testamento utiliza típicamente el verbo "Dios reina" en lugar del sustantivo "Reino de Dios." (pero cf. I Cron 29.11; Sal. 22.28, 145.13; Dan 7.18). Pasajes como Isa 9:6,7 describen (en términos literalmente políticos) el Reino del prometido Mesías, el Príncipe de Paz:

El principado (estará) sobre su hombro... Lo dilatado de su imperio no tendrá límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia ahora y para siempre-

Es exegéticamente imposible espiritualizar o despolitizar tal lenguaje; claramente habla de un nuevo orden, traído por el Mesías, en la tradición de David. Esa prometida realidad se llama el Reino de Dios. Igual que Isa. 9.6s, muchos otros pasajes relacionan este Reino con la justicia (cf. Mt 6. 33: "el Reino de Dios y su justicia"; cf. la misma característica del tema "Nueva Creación" en II Ped 3.13: "cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia").

Hemos señalado arriba la importancia del tema del Reino especialmente en los evangelios sinópticos pero también en el resto del Nuevo Testamento. Si recordamos que todos los evangelios se escribieron años después de las epístolas de Pablo, entenderemos que el tema del Reino tiene que ser tan central en nuestra comprensión del Evangelio como es central en la proclamación de Jesús mismo según los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas).

Muchos confunden el Reino de Dios con el cielo. San Mateo suele hablar del "Reino de los cielos" sólo para evitar el uso del nombre sagrado, pero está hablando del mismo Reino de Dios. El sentido bíblico del término consiste en que Dios reine en la tierra: "Venga tu reino, Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mt 6.10). Cuando Jesús dice "Mi reino no es de este mundo" (Jn 18.36), no está diciéndonos dónde su ubica el Reino (que sería fuera de este mundo, en el cielo) sino de dónde procede y cómo viene el Reino. El griego, con su preposición ex, es muy claro: el Reino de Cristo no surge de este "mundo" (sistema caído) sino de la Cruz y la gracia de Dios.

Pablo afirma lo mismo cuando proclama que Cristo está sobre todo trono, dominio, poder y potestad, o Apocalipsis cuando (bajo circunstancias políticamente muy cargadas) presenta a Cristo como Soberano de todos los reyes (1.5). En Cristo, los creyentes también somos reyes y sacerdotes y reinaremos sobre la tierra (Apoc 5.10, 20.4, cf 22.5). Cristo es Rey de las Naciones, todos los reyes y naciones le adorarán (l5.4) y él traerá perfecta bendición a las naciones (21.24-22.5, ver arriba). O en las majestuosas palabras del ángel de la séptima trompeta: "El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo, y él reinará por los siglos de los siglos" (11.15).

Apocalipsis concluye con el contraste dramático entre dos ciudades: Babilonia y Jerusalén. Babilonia, ciudad del lujo, prepotencia y opresión, es heredera de la Gran Babel de la que salió Abraham. La nueva Jerusalén "que desciende de los cielos" a la nueva tierra (21.2, 9-22.5) es sucesora de la vieja Jerusalén, Ciudad de David y del Gran Rey. Nuevamente se amarran todos los hilos: nueva creación y nuevo Paraíso, bendición para las naciones, libertad y justicia (cf 2 P 3.13), y el Reino de Dios desde la nueva Jerusalén.


V. Jesús de Nazaret: Una Cristología de la Misión Integral

Al fin volvemos al punto de donde partimos, a Aquel quien es principio, centro y fin de todo el mensaje bíblico. Elaborar toda una misionología cristológica sería una tarea demasiada amplia para esta ponencia. Ya que los temas son los más conocidos de las Escrituras, nos limitaremos a señalar sólo los elementos mínimos relacionados con la misión integral de la iglesia.

La encarnación

Aunque la muerte y resurrección son el meollo y centro del evangelio (I Cor 15.3-5), éstas no podrían entenderse aisladamente ni deben jamás separarse del nacimiento y la vida del Señor que murió y resucitó. Una sana misionología sólo puede fundamentarse en una Cristología integral y balanceada, a partir de la plena y auténtica "humanización" en una vida como la nuestra. Con él se reafirma la materialidad de la creación y se inaugura la nueva creación. Él es también el segundo Adán, en quien se incia una nueva humanidad. En él se corona el yahvismo del Éxodo: el "Yo soy" viene a ser Emanuel, Dios-con-nosotros, carne y uña con nosotros en nuestra humanidad.

Es claro de Jn 1.1-18 que la encarnación del Hijo de Dios es la forma máxima de la revelación (cf Heb 1.1-3) y la clave indispensable a la redención. San Pablo acentúa especialmente que toda la obra salvífica de Cristo fue realizada "en la carne" (Rom 8.3, Ef 2.15, Col 1.21s). Y el Cristo encarnado nos dice: "Como el Padre me ha enviado, así también yo os envío" (Jn 20.21). La encarnación (presencia) fue central a la misión de Jesús, y no puede ser menos para la nuestra. Una misión a la manera de Jesús tiene que ser encarnacional, de presencia real, activa, dolorosa y transformadora en medio del mundo y de la historia.

El discipulado

A lo que más se dedicó Jesús durante su breve ministerio fue a la formación de un núcleo íntimo de seguidores, un equipo bien entrenado de colaboradores. El precio era altísimo: tenían que dejar todo, negarse a sí mismos, tomar su cruz y seguirle. Él les formaba mediante su ejemplo (la vida-en-comunidad) y sus palabras. No se concentró Jesús en estructurar una institución poderosa (como después se malentendió la "iglesia") sino una comunidad de compromiso radical, una célula de contracultura que sería levadura de salvación y transformación del mundo.

En la misionología contemporánea, se ha hablado mucho del discipulado pero de manera deformada. Se ha dado énfasis casi exclusivo al "hacer discípulos", uno a uno, a veces prácticamente como un método de mercadeo. Fácilmente se reduce a un "evangelio de ofertas" que con gran éxito se comparte con otros "busca-gangas espirituales". En Jesús, lo primero era "ser discípulo": seguirle a Él, cueste lo que cueste, con o sin "éxito", hasta la muerte misma. Sólo después de ese seguimiento costoso, sigue el segundo paso de "hacer discípulos" para su Reino.

La crucifixión

Con este tema llegamos "al centro del centro", pero el centro de un círculo con la amplísima circunferencia que hemos venido marcando en todo el mensaje bíblico. El Hijo de Dios se ha hecho Siervo Sufriente. Habiendo asumido nuestra vida y nuestra carne, se identifica con nosotros en todo, hasta en nuestro pecado y nuestra muerte (II Cor 5.18-21; Gal 3.13). El Justo murió por los injustos, para hacernos justos mediante la fe en él (II Cor 5.21; Rom 3.21-26; 4.5; I Ped 2.24; 3.18).

San Pablo sobre todo señala el sacrificio vicario de Cristo como corazón vivo del evangelio; Lutero, Calvino y muchos otros evangélicos han insistido, también, en la muerte expiatoria de Cristo y la justificación por gracia y fe como lo más esencial del mensaje evangélico. Pero sería un reduccionismo errado creer que es todo el evangelio; de Génesis hasta Apocalipsis las Escrituras enseñan un mensaje evangélico mucho más amplio que sólo la salvación personal mediante otro que murió por nosotros. Además, sería totalmente contradictorio pretender creer en Aquel que se identificó con nosotros y murió por nosotros, pero rehusar identificarnos con los demás y aun morir por Cristo y por ellos si fuera necesario (I Jn 2.14-17; Mat 16.16-24).

La resurrección

Por su resurrección Cristo vence a la muerte y al pecado y nos hace nuevas criaturas (Rom 6.4; Ef 1.19-2.1). Pero también lo constituye a él Rey de reyes y Señor de señores, encima de toda potestad y trono y corona. Es muy significativo que la "Gran Comisión" de Mat 28.16-20) se basa precisamente en la Resurrección y el señorío que por lo mismo le corresponde a Jesús; el pasaje no hace ninguna referencia a la Cruz ni el perdón de los pecados. Cristo es el Señor y hemos de ser sus súbditos (discípulos) y compartir la causa de su Reino llevando a otros a ser súbditos de él. En ese sentido, la misión de la iglesia es discipular a las naciones, "enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado" (28.20). Es impresionante que todo el pasaje enfoca un discipulado profundamente ético, en servicio del Reino de Aquel que tiene toda autoridad. De esa manera, la Gran Comisión es inseparable del Gran Mandamiento (Mat 22.35-40).

La Gran Comisión termina con un tema yahvista: El Cristo resucitado será el Dios-con-nosotros todos los días, hasta el fin del mundo (28.20). El mismo evangelio comenzó con el anuncio del Emanuel que había de nacer (1.23) y termina con la misma promesa para la iglesia en su misión a través de todos los siglos. En Apocalipsis, este tema yahvista también va a ser clave: "el que es y que era y que ha de venir" (equivalente griego del "Yo soy") acompaña a su iglesia en todo tiempo y prueba (Apoc 1.4,8). Al fin, él será Dios-con-ellos" (21.3) y hará nuevas todas las cosas (21.5)

Este brevísimo intento de una "cristología de la misión integral", aunque muy incompleto, tiene el propósito de sugerir pautas para una comprensión más bíblica de Cristo y el evangelio a la luz de todo lo que significa Jesucristo. Nos permite ver (a) que en Cristo se concentran y cumplen todos los hilos del pensamiento bíblico, y (b) que una adecuada cristología implica necesariamente una misionología y una evangelización sorprendentemente más amplia e integral de lo que muchas veces se practica.


Conclusión

"Si con tu boca reconoces a Jesús como Señor,... serás salvo." (Rom 10.9). Evangelizar es proclamar a Jesús como Señor y Salvador, inseparablemente. En ese sentido, evangelizar es proclamar el Reino integral de Dios. Predicar el evangelio sin el Reino, sería desfigurarlo y mutilarlo. Sería predicar el "evangelio de ofertas", de la gracia barata. A la vez, la integridad de ese verdadero evangelio será fecunda en servicio y justicia, en "bendición a las naciones".

Efectivamente, el mensaje del evangelio es que Cristo ha muerto por nuestros pecados y ha resucitado. Eso es el centro y corazón de la Buena Nueva. Pero lo es "conforme a las Escrituras", el mensaje bíblico en toda su impresionante amplitud y plenitud, desde Génesis hasta Apocalipsis. Y "conforme a las Escrituras" significa una comprensión del evangelio y de la misión que proclama todo ese mensaje integral y trabaja arduamente en todo lo que es la causa del Señor: la nueva creación, la bendición a las naciones, la liberación de los oprimidos, el Reino de Dios, todo mediante la fe en Cristo, nuestro Señor y Salvador.-

 

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