8. Bendito el que viene en el nombre del Señor
Nos queda por leer el último episodio del Génesis: la historia de José y sus hermanos (Gén. 37-50). Con esta experiencia, el narrador quiso terminar su relato. En el capítulo anterior, donde comentamos el ciclo de Jacob, estuvimos presenciando cómo la relación Jacob-Esaú se torna sumamente compleja porque Jacob quiere ser Esaú. Jacob (= Israel) aprende a cazar y odiar demasiado bien, aprende a ser un Esaú casi perfecto. Vimos cuánto costó para que Jacob se sacara la piel de Esaú y volviera a ser Jacob. Tuvo que ocurrir un cambio radical. También en este último encuentro, ahora con los hijos de Jacob, veremos suceder algo similar. Ya no se trata de una relación entre dos pueblos (Israel y Edom, Israel y Aram). Ahora, la cámara se va desplazando y enfoca una experiencia que tuvo Israel en su propia casa. Comenzamos nuestra caminata por el libro del Génesis descubriendo la tremenda importancia que la palabra poder tiene en los textos. Vimos que la "ideología real", -el rey como dios dotado de un poder absoluto sobre el destino de sus súbditos- era una clave de lectura que nos posibilitó "abrir" y "entrar" en muchas historias que antes eran inaccesibles. Hasta en el ciclo de Jacob, las palabras "dominar" y "servir" ocupaban un lugar central. Pero detectamos allí, al final de la historia de Jacob, que el proyecto de Dios se encarna allí donde el "mayor sirve al menor". Allí donde los que no tienen voz, son señores de este mundo. Es éste el tema que se vuelve a tratar en la última parte de Génesis. Detrás de las palabras de la historia de José, está toda una experiencia; experiencia con monarcas y poder, experiencia que arrojó una pregunta elemental: ¿Será posible que reine sobre nosotros un rey sin que sea faraón? ¿Será posible que vivamos juntos como hijos de un padre sin que nuestra patria se llame Egipto? La historia de José vincula Israel con Egipto. Es el eslabón entre Abraham en Canaán e Israel en Egipto. En el libro Éxodo, cuando se levanta un "rey que no conoció a José", se pondrá de manifiesto lo que Egipto y el faraón realmente son para Israel. La historia de José nos quiere sensibilizar y preparar para lo que vendrá después; quiere que no olvidemos nunca más el grito de angustia de los que cayeron en manos del faraón. Ya hace tiempo nosotros, que hoy vivimos en Chile, caímos en manos del faraón. Por lo tanto, no hay otra manera de re-leer la historia de José que a través de nuestra propia experiencia con lo que es Egipto. Esperemos que nuestra relectura sea una luz en nuestro caminar hacia Canaán.
El poeta "vendido" de esta historia se parece mucho a José. Más adelante veremos que también José dirá a sus hermanos: "ahora tendrán que destruir la pared". Resultará que, para los hermanos, destruir la pared que los separa de José es la única manera de no destruirse a sí mismos. Resultará que su vida depende precisamente de aquel que un día vendieron.
La historia de José hace resonar las experiencias del pueblo de Israel bajo sus monarcas, especialmente David y Salomón. Es allí donde se revive lo que fue Egipto para Israel y es allí donde comienza a realizarse la venta del hermano. Los textos de Samuel, Reyes y Crónicas que nos relatan las vicisitudes de los primeros monarcas, subrayan de manera elocuente que efectivamente hubo mucha tensión entre el pueblo de las tribus. Una tensión que se generó sobre todo porque el mayor no quería servir al menor y el fuerte no quería "acompañar" al débil. Bajo David y Salomón, con todos sus héroes (II Sam. 23:8ss), era casi imposible que la sociedad rindiera homenaje al hijo menor y dejara que él fuera señor. Sabemos que la casa de José, en el tiempo de Salomón, tuvo que participar en el famoso sistema de la leva, el trabajo forzado (I R.11:28); pero sabemos, también, que Judá, que en la venta de José tiene un papel especial, en la época de David y Salomón tuvo un lugar privilegiado frente a las otras tribus. En la lista de los distritos que deben mantener la corte real durante un mes del año, Judá no figura (I R. 4:7-19) y un pasaje como II Samuel 19:41-43 destaca la rivalidad que hubo entre Judá e Israel en los tiempos de David. Seguramente, la historia de José, en alguna forma, ha sido una historia bastante subversiva y crítica frente a todo lo que era y hacía la corte salomónica, pues el que salva a su pueblo no es el que automáticamente heredó el trono de su padre, así como en el caso de Salomón. El que rescata a sus hermanos de la muerte y de la esclavitud y del trabajo forzado (!) no es el pretendiente con más posibilidades de seguir a su padre en el trono. Todo lo contrario: es el que viene de la cárcel quien hace que sus hermanos tengan vida y tierra y trigo. Aunque hay mucha resonancia de situaciones producidas por los gobiernos de David y Salomón, la (re-) lectura salomónica no es la única posible. Así como el evento llamado Abraham o Jacob, también el acontecimiento llamado José tiene una gran reserva-de-sentido que permite que José se convierta en contemporáneo nuestro. Abraham resultó ser, en momentos cruciales, un antihéroe de la fe. En la historia de Jacob, el problema no era Esaú: el ladrón era Jacob antes de que se llamara Israel. Ahora, en la historia de los hermanos de José, la cámara finaliza su movimiento desde fuera para dentro y nos muestra sólo a Israel, pueblo de hermanos, pueblo de tribus. La crítica que Israel, a través de estas historias, se hizo a sí mismo, culmina acá en el relato del hermano vendido. Y así nos muestra que elección no va por mérito y no es excluyente. En Israel, todos estamos representados. Dios no eligió a Israel por sobre los cananeos así no más. Dios eligió a los débiles y quebrantados para ser señores de este mundo. Los cazadores y los prepotentes no le gustan, tampoco los de Israel. También ellos, los príncipes y poderosos de Israel, tendrán que destruir la pared detrás de la cual tienen encarcelado a su hermano vendido para salvarse la vida. Así nos enseña la historia de José, historia que sin duda alguna es una fuerte y profunda crítica a las prácticas realizadas también por los reyes de Israel. Historia que a la vez, a pesar de la censura que seguramente existió en Israel en los días de Salomón, llegó a pertenecer a esta colección de escritos de un movimiento minoritario que se llama Biblia. Así como el ciclo de Jacob, también la historia de José se desarrolla en tres momentos: Jacob y sus hijos en Canaán
(37:1-36) Cuando nos enfocamos en José como actor principal, vemos cinco momentos: José, sus hermanos y su padre
en Canaán (37:1-11) En el siguiente párrafo -nuestra relectura- comentaremos tres momentos, centrándonos en la relación entre José y sus hermanos en Canaán y, después, en Egipto.
Primer Momento: ¿Has de reinar tú sobre nosotros? Sin perder tiempo, el narrador nos entrega en 11 versos (Gén. 37:1-11) todos los elementos para descubrir cómo y por qué se origina el conflicto. La familia en cuyo seno se genera el problema es una pequeña comunidad, una sociedad en miniatura. Es importante fijarnos en el lugar que José ocupa en esta sociedad. Recordemos que José era el primer hijo -el primogénito- de Raquel, la estéril. Pero el verso 2 informa que no está en el lugar que le corresponde en la jerarquía familiar: José, de 17 años, estaba
pastoreando Hay muchas traducciones que interpretan este versículo de otra manera, destacando la juventud de José. Pero, en realidad la información que se nos entrega apunta a otra cosa. José ya no es tan joven. Ha habido reyes y padres de familia de 17 años. La palabra joven no apunta a la edad, sino a lo que es José: ayudante. Es lo que ocurre en los supermercados cuando las mujeres necesitan a alguien que empuje sus carros repletos de delicadezas y llaman a un joven de 54 años. José, aunque ya tiene 17 años, es ayudante de sus hermanos. Pero, así dice el texto, ayudante de los hijos de las ayudantes de Lea y Raquel, Bilha y Zilpa (véase Gén. 29:24: "Y dio Labán su sierva Zilpa a su hija Lea por criada"; 29:29; "Y dio Labán a Raquel su sierva Bilha por criada"). Dicho de otra manera, en aquella pequeña sociedad, José ocupa el lugar más bajo, siendo en realidad hijo primogénito de Raquel "a la que amaba Jacob". No sabemos todavía por qué, pero estos hijos de las siervas Zilpa y Bilha, cuyo ayudante es José, tenían mala fama. Jacob ama al que ocupa el lugar más bajo en la familia, y le da un trato real. El famoso manto de muchos colores -¡vestimenta de reyes!- hace visible el aprecio que el padre tiene por este hijo. El amor del padre por su hijo, para los hermanos, es motivo de odio. Odian a José, no porque ocupe un fugar social tan alto, sino porque el padre lo ama y no quieren que el padre ame a quien es siervo de los siervos, al que nació de una mujer estéril. No es que el padre no ame a los demás hijos -el texto no dice nada de eso-. De todos los hijos, a quienes también quiere el padre, ama más al más débil. Y lo que los hermanos no quieren es precisamente esto, que el más débil sea el más amado. Así, el amor del padre se convierte en motivo de odio para los hermanos y va peligrando la vida de José. El odio se hace insoportable cuando ese hermano débil y despreciado les viene a contar cuál será su destino y el de sus hermanos. Lo hace a través de dos sueños (Gén. 37:7 y 9). El problema no está en los sueños, son muy transparentes; el problema está en la interpretación que les dan los hermanos. "¿Has tú de reinar sobre nosotros?" (vrs. 8). Creen que cuando el débil se hace señor y los demás le rinden homenaje, la dictadura habrá cambiado de dueño. No les es posible imaginarse que el reinado de los débiles hará desaparecer la dictadura. Los hermanos ya se están viendo como víctimas de los débiles y no les gusta la idea. El futuro señor tendrá que desaparecer porque no hay paz entre él y sus hermanos (vrs. 4). Después de los sueños, hay un cambio, una inversión de papeles en la pequeña comunidad que es la familia de Jacob. Ahora José está en casa y los hermanos, todos unidos, están pastoreando las ovejas, lo más lejos posible de la casa y de su padre (vrs. 12-17) y es allí donde la comunidad entera, todos juntos, deciden matarlo (vrs. 18-20). Ahora, pues, venid, matémosle
Lo echan al pozo y se sientan a comer, después de haberle sacado ese maldito manto. No quieren que su hermano descienda a su tumba como rey. Rubén quiere salvarlo, pero Judá (!) tiene algo mejor, ¿por qué no asesinarlo elegantemente, hacerlo desaparecer? Al hermano no se le asesina, ¿qué pasaría si encuentran su cadáver? Mejor venderlo, también así desaparece definitivamente y no nos podrán llamar asesinos (vrs. 26, 27). Y cuando después decimos a nuestro padre que algún animal feroz lo devoró, ni siquiera estaremos mintiendo. Así ocurre (vrs. 28) y el padre ve que un animal feroz efectivamente hizo desaparecer a su hijo y, por lo tanto, rehúsa consolarse: Todos sus hijos e hijas intentaron
consolarlo, Mientras todos los demás están dispuestos a aceptar el desaparecimiento del hijo, hay uno que no lo acepta. He aquí el primer acto de la historia de José, que en un par de versículos nos ofrece el relato de lo que es esta inmensa tragedia, antigua y moderna, de un desaparecido y sus familiares.
Segundo Momento: "Subiendo de la tumba" Antes de iniciar el relato sobre José en Egipto, el narrador quiere entregarnos más información sobre Judá. Lo hace en el capítulo 38, cuyo final (vrs. 27-30) ya anticipa lo que tendrá que hacer el mismo Judá si quiere salvar su vida. José en Egipto (Gén. 39-47). El hermano vendido resulta ser el bendito del Señor. De la gran riqueza de elementos que el narrador nos ofrece en estos tres capítulos, destacamos algunos rasgos del "bendito que viene en el nombre del Señor". La palabra que más se repite en estos capítulos es mano. Pero, no es la mano que castiga, que mata, que hace desaparecer o que se prostituye. La mano del bendito hace vivir, hace que personas y cosas puedan aflorar, tengan espacio. No es la mano que mata o traiciona al señor que le dio esta bendición; no es tampoco la mano que toma del fruto para ser Dios. No es la mano que roba lo que es del otro. Tiempo más tarde sucedió
El bendito no está dispuesto a prostituirse a fin de ocupar el lugar de su señor. No se confía a manos de la esposa de su señor. Lo que queda en la mano de ella es su ropa (vrs. 12). José no está dispuesto a señorear, prostituyéndose, aunque le quiten todo lo que tiene y lo echen en la cárcel (37:20-23). La cárcel en la que lo encierran no es la penitenciaría, sino una especie de corral, un pequeño estadio donde están todos los que atentaron contra la seguridad del rey. Lo que pasó en casa de Potifar, jefe de la guardia real, se repite en aquella cárcel: El alcaide entregó en manos
de José La tercera vez que se repetirán estas palabras, será cuando José ocupe el puesto directamente bajo el rey de Egipto: Faraón dijo a José:
Hemos visto suficiente de Génesis como para no reconocer la resonancia del tema del poder absoluto. Desde Gén. 3, vimos cómo el poder absoluto corrompe absolutamente. Aquí estamos viendo cómo, en el ciclo de José, se invierten más de una vez los papeles. Estamos viendo florecer la fuerza de los débiles; estamos presenciando la toma de poder del bendito que viene en el nombre del Señor, hecho que rompe todos los esquemas. El bendito es aquel que rehúsa venderse, rehúsa convertirse en bestia para tomar el poder, ser dios. José no es Potifar, ni alcaide, ni faraón. En el primer momento del relato, cuando todavía estaba en Canaán, vino José a contarles a sus hermanos cuál iba a ser su destino. Les contó dos sueños, los que ellos interpretaron a su manera. Ahora, en la cárcel, parece que José mismo aprende a leer los destinos. Aprende a desenredar y descifrar los sueños de otros y es esta capacidad, este talento, lo que hace que sea liberado. Dos ministros del faraón, el copero mayor y el panadero mayor, están en detención preventiva (Gén. 40:1ss). Le toca a José servirles sus comidas. Ambos tienen un sueño y no hay quién se los explique. A eso, José responde. "¿No son asunto de Dios las interpretaciones? Contádmelo" (40:8). Saber leer los signos del tiempo es asunto de Dios y de los que están cerca de él (41:16). La interpretación de los dos sueños resulta ser la correcta, "pero el copero mayor no se acordó de José, lo olvidó" (40:23). Recién después de dos años, cuando el mismo faraón enfrenta un problema de interpretación, el copero se acuerda de José y lo llevan a la corte, porque el reino está al borde de una grave crisis. Es una crisis que afecta a todo el mundo, hasta el día de hoy (Gén. 41:56, "toda la tierra, todo el mundo"). Los sueños del faraón, el de las vacas y el de las espigas (41:1-7), son amenazantes y, a pesar de ser sueños, inquietan profundamente al faraón porque ve que el sueño fácilmente se podrá convertir en pesadilla. En la corte faraónica no hay nadie que sepa leer estos sueños, ni impedir que se cumplan. Los magos, hechiceros y sabios egipcios están en una encrucijada; están entre hambre y abundancia y no saben solucionar el problema. No hay un hombre sabio y sensato (41:33) que pudiera cambiar la estructura económica del reino de tal manera que "los que tienen mucho no tengan de más y los que tienen poco no tengan de menos" (Ex. 16). Parece imposible que todos tengan suficiente para su sustento. La única solución es prestar oído al que fue vendido por sus hermanos y hacer que él cambie la economía del mundo. El segundo momento del relato, José en Egipto, termina mostrándonos que los cambios que propondrá el bendito que viene en el nombre del Señor no se limitan al ámbito de las relaciones interpersonales. Los cambios que propondrá afectan también, y quizás en primer lugar, al mundo de los negocios, la economía. Más adelante, en los capítulos 42-45, veremos que es precisamente la economía la que obligará a los hermanos de José a ir a Egipto y encontrarse de nuevo con su hermano. Aceptar que el hermano vendido sea señor del mundo -sin ser faraón- y aceptar los cambios que él propone resulta ser cuestión de sobrevivencia, tanto para los hermanos como para Egipto y el mundo. Es esto lo que el narrador quiso destacar en el capítulo 41. Los sueños son la película de la historia de la humanidad que ya hace mucho se convirtió en pesadilla. Parece que no son muchos los que saben interpretarlos, aunque de su lectura depende el destino del mundo entero. Ahora todo el mundo viene a comprar a José, a quien todo el mundo quería vender. Hubo hambre todas las regiones
Tercer Momento: "Déjame tomar su lugar y ser esclavo" En el tercer acto de la historia de José (Gén. 42-47:72) culmina toda la temática del libro del Génesis. Todos los que vimos actuar antes, todos aquellos que alargaron su mano y tomaron del fruto del árbol, están invitados a presenciar lo que pasa ahora. Entre el público, descubrimos a los actores de Génesis 3; está Caín y están también los hijos de los dioses de Gén. 6. También Abraham vino a Egipto mientras que Jacob está en camino. Para todos, el desenlace de la obra tiene algún mensaje. Algunos no dormirán bien esta noche, otros despertarán descansados por primera vez después de toda una vida de desvelo. Lo primero que resalta es que hay mucho movimiento. Nos estamos moviendo constantemente entre Egipto y Canaán. Hay tres viajes y en cada uno de ellos ocurren cambios. Cambios de actitudes. Tener que viajar a Egipto se torna pura necesidad para los hermanos de José: Vio Jacob que se repartía grano
en Egipto, En sólo dos versículos, de una impactante sencillez, se nos muestra cómo la cuestión económica, el hambre, invierte los papeles. Los que quisieron matar a su hermano tendrán que acudir al país donde el hermano vendido señorea; si no, van a morir. Es posible que ellos sobrevivan, siempre y cuando estén
dispuestos a abandonar su propio mundo y entren a vivir en otra realidad. Fue esto a lo que apuntaron los sueños que tuvo José y por los que tuvo que desaparecer: que todos los hermanos vivieran juntos (Salmo 133!). Ahora estos sueños se cumplen, sin que los hermanos se den cuenta: Y vinieron los hijos de Israel a comprar Como "señor de toda la tierra", José vino a ser un extraño para sus hermanos. Ellos están postrados ante un señor extraño, de otro mundo, y no son capaces de reconocerlo como su hermano. Para poder quitarse la venda de los ojos, será necesario que haya un par de cambios. Pese a que los hermanos vinieron entre una gran multitud ("todo el pueblo de la tierra"), José los reconoce inmediatamente: "José, pues, reconoció a sus hermanos" (42:8). Los ocho primeros versículos del capítulo 42 son elementales para comprender todo lo que sigue. Ahora, la vida de esta sociedad en miniatura, Jacob y sus 11 (!) hijos, depende enteramente de ese señor extraño. ¿Los matará? ¿Los encarcelará? ¿Los hará desaparecer? ¿Los hará esclavos?. En lo que sigue, todas estas posibilidades están consideradas y a punto de realizarse. ¿Qué hará el señor de toda la tierra llamado José con sus hermanos? ¿Se cumplirá lo que los hermanos tanto temían cuando José les contó los dos sueños que había tenido? ¿Será posible que el poder del hermano vendido, siendo ahora señor del mundo, resulte ser poder salvífico, poder que nos salva de la tumba? Es ésta la pregunta a la cual todo lo que sigue -y no solamente en el Génesis sino en toda la Biblia- quiere dar una respuesta. La manera en que el capítulo 42ss contesta nuestra interrogante es asombrosa. Pues resulta que nosotros que habíamos esperado tan desesperadamente que este señor fuera diferente, nos equivocamos terriblemente. Resulta que también este señor, José, quiere aplicar a sus hermanos la misma extraña jurisprudencia de la cual él mismo cayó víctima: el poder y la prepotencia determinan lo que es justo y lo que es justicia. Es la justicia de los prepotentes y soberbios, cuya jurisprudencia tiende a declarar culpable y sentenciar a quien se le antoje, inocentes y culpables a la par, porque así lo exige la seguridad del Estado. La acusación que José les hace a sus hermanos -"Espías sois; -habéis venido a observar las zonas desguarnecidas del país" (vs. 9)- no se deja refutar. No hay manera de comprobar su inocencia. Todo lo que dicen -"somos hermanos, hijos de un padre" (vs. 13)- confirma más bien su culpa: "Y José les dijo: lo que decía, sois espías", vs. 15. Ahora les toca a los hermanos pasar por la experiencia que el mismo José tuvo al comienzo de la historia: dentro de la justicia del más fuerte es posible declarar culpable al más inocente. Los manda a la cárcel por tres días. Pero a diferencia de lo que hicieron los hermanos con José -no darle ninguna posibilidad para demostrar que ellos se equivocaban-, José les da la oportunidad de probar que él se equivoca (vs. 15-20). Es ahí donde recibimos una primera señal de que la jurisprudencia de José, después de todo, podría ser diferente: Si sois gente honrada, Hay, en esa cita, un par de cosas que se destacan. Aparece por primera vez el fiador. Un hermano (Simeón) queda en la cárcel y la vida de él dependerá del quehacer de los demás. Si quieren, pueden matarlo sin ensuciar siquiera sus manos. El único que podrá salvar a Simeón es el hermano menor. Y, por último, la única manera en que los hermanos podrán comprobar su inocencia es volver, todos juntos, al país donde José es señor. "Así -y solamente así- probaréis que habéis dicho la verdad y no moriréis". Lo que ahora le pasa a los hermanos mismos tiene tanta resonancia del caso José, que no es posible no acordarse de él: Estamos pagando el delito contra nuestro
hermano, Simeón se queda en Egipto, los hermanos van a casa. Durante el viaje y después en casa (vs. 27, 35) descubren que su estadía en Egipto y la compra de pan para sus familias hambrientas fueron gratis. Es el primer adelanto de lo que es la política económica del bendito que viene en el nombre del Señor. En vez de hacer que se prostituyan, los hermanos están invitados a vivir en su casa, gratis. Vueltos a su padre, le transmiten las condiciones del convenio, pero él rehúsa acceder: "Me dejáis solo. José ha desaparecido, Simeón también, y ahora os queréis llevar a Benjamín. Todo se vuelve contra mí" (Gén. 42:36). Los tres viajes que los hermanos, y finalmente también el padre, emprenden hacia Egipto, constituyen una sola caminata hacia la reconciliación y paz. El primer viaje (paso) desembocó en una confesión de pecados. Su propia experiencia frente a este señor extraño ofreció a los hermanos un lente a través del cual pudieron releer lo que ellos mismos habían hecho con José y confesar que cometieron un delito. Pero, para una verdadera reconciliación, no es suficiente una mera confesión de pecados: el cazador debe dejar de ser tal y los que venden a sus hermanos deben dejar de hacer tal. Y eso cuesta. Todos se quedan en Canaán, dispuestos a entregar a Simeón a su propia suerte, con excepción de Rubén, otra vez. Cuando vuelven por segunda vez a Egipto (Gén. 43-45) es porque "el hambre apretaba en el país" (43:1) y no por salvar a Simeón. Ahora les acompaña Benjamín porque Judá (!), finalmente, se dispone a ir su fiador. Yo salgo fiador por él; Durante la segunda estadía en Egipto y la vuelta a casa después, se pone de relieve con más claridad aún a qué apunta el poder del extraño señor de Egipto. Por muy alegre que haya sido el re-encuentro entre José y su hermano Benjamín -al final incluso todos se emborrachan (vs. 34)-, no es ésta la meta final. No son José y Benjamín quienes deben cambiar, sino quien concibió el plan de vender a José; es Judá quien debe cambiar. Cuando Judá se dispuso a ser fiador de su hermano menor, le había dicho a su padre: "si no te lo traigo, culpable seré ante ti para siempre". Pero, culpable ya era, después de haber vendido a José. Hay muchos culpables en esta tierra que saben vivir perfectamente bien con su culpa. No. Reconciliación es más: falta un viaje. Así como la primera vez, también ahora la compra de trigo es gratis (44:1); pero, además del dinero devuelto, los perseguidores de los hermanos, que están en camino a casa, encuentran la copa de José. La copa de que bebía y a través de la cual predecía el futuro (44:5). La encuentran en el saco del hijo menor, el chivo emisario de siempre. Benjamín, siendo inocente, es acusado de haber robado la copa y es llevado de vuelta a Egipto para ser esclavo del señor José. El resto queda libre (44:10). Si quieren, pueden continuar su viaje a casa, sin Benjamín. Si quieren, pueden ser libres. Dos veces lo subraya el texto, en 44:10 y después, en 44:14-17. ¿Podrán ser libres mientras uno de ellos es esclavo? ¿Podemos seguir libremente nuestro camino, volver a casa y vivir, mientras uno de nosotros se debe quedar atrás y es separado de nosotros para ser esclavo? Es ésta la pregunta que se nos viene al encuentro desde este pequeño fragmento. Es ésta la pregunta que Israel le hace al mundo y se hace a sí mismo. ¿Será posible que vivamos nosotros en paz mientras se está torturando a uno de nosotros? ¿Será posible hacer lo que aquí José sugiere?: Aquel en cuyo poder se encontró
mi copa Ahora todo depende de Judá. Ya no hay terceros caminos, ya no hay escapes. Es sí o no. La respuesta que da es la siguiente: En esta respuesta culmina la historia llamada Génesis. Ahora es posible que José se dé a conocer (45:1-4); la respuesta de Judá le permite sacar la venda de los ojos de sus hermanos. Ahora se abrió el camino para que todos vivan como hermanos de una familia, juntos en una casa. Ahora los hermanos pueden hacer, rápidamente, un tercer viaje entre Egipto y Canaán para traer a su padre, para que todos juntos vivan en Gosén (46:34; 47:4). Ahora "Israel" puede decir a José: "Ahora puedo morir, después de haber visto tu rostro, pues aún vives" (Gén. 46:30). Ahora, esta economía nueva y salvífica podrá regir para todos los hermanos (47:11,12 y 45:11). Ya no habrá hambre, ni necesidad de vender al que es nuestro hermano. Pese a que la historia de José tiene algunos capítulos más, quisimos terminar nuestro comentario aquí, donde todo culmina. La respuesta de Judá a la interrogante que el texto nos hizo hace un par de instantes, es un rotundo no. No somos libres ni podemos seguir tranquilamente nuestro camino mientras uno de nosotros está en la cárcel. No podemos nosotros ser libres mientras uno de nosotros es esclavo. No podemos nosotros ser libres mientras uno de nosotros es esclavo, sin matar al Padre mismo. Cuando comentamos la historia de Caín y Abel, dijimos que cuesta entender que el rescate de nuestra propia alma depende de nuestra capacidad de rescatar al otro. Cuesta, porque no estamos hechos para eso. Pensamos que nuestra salvación depende de nosotros mismos o, a lo mejor, de Dios. La historia de José enseña que, de hecho, dentro de aquella extraña jurisprudencia del Señor de toda la tierra, la única manera de salvar nuestra vida es entregarla por el otro. Es difícil encontrar en el Antiguo Testamento una historia más mesiánica que la de José y sus hermanos. Ojalá que no nos ocurra lo que pasó con los hermanos de José cuando él se dio a conocer: "Sus hermanos se quedaron sin respuesta del espanto" (Gén. 45:3-5-6-7-8). Esta frase, que expresa una experiencia-hecha-palabra, toca los fundamentos de la teología bíblica. Exactamente lo mismo vemos ocurrir en el Nuevo Testamento cuando los discípulos, en vez de reconocer al Señor Resucitado, se espantan y creen que es un fantasma (Luc. 24; Juan 20). También allá, en el Nuevo Testamento, los discípulos se quedan sin respuesta a causa del terror que infunde la aparición del resucitado. Quedarse sin respuesta quiere decir sin capacidad de responder a lo que sus ojos ahora ven, sin capacidad de ponerse de pie, re-conocer al resucitado y seguirle en su camino. Lo que, a través de estas experiencias, se nos quiere enseñar es que el problema no está en José o en Jesús. No es que ellos hayan cambiado: "Soy yo, José" (Gén. 45:3); "Mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo" (Luc.24:39). No, el problema no son ellos, el problema verdadero son los hermanos/discípulos: son ellos los que tienen que cambiar para poder discernir la presencia del Resucitado. Porque, lo que con ellos pasa es que jamás se imaginaron que el que ahora está en el trono es el que un día fue vendido o crucificado. "Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto" (Gén. 45:4). El resucitado es el que fue vendido: las marcas y heridas del vendido son las del resucitado. Para que los discípulos re-conozcan al que ahora les aparece como el resucitado, es necesario que ellos cambien y empiecen a comprender que el vía crucis de su maestro, al mismo tiempo fue un vía crucis del resucitado. Compartir el pan con los pobres, sanar a los enfermos y ciegos y paralíticos, echar fuera a los demonios, denunciar los crímenes de los poderosos -todo lo que convirtió la vida del Señor en un vía crucis- no era nada menos que la práctica del resucitado. Lo que los discípulos no entienden es que precisamente esta praxis, a causa de la cual será asesinado el maestro, es a la vez la praxis del resucitado. Ellos no entendieron que querer estar con los marginados y desahuciados, pobres y prostitutas, querer compartir pan con los hambrientos, querer devolver la vida a los aplastados, querer dar orientación y luz a los que ya no ven salida -que toda esta práctica y todo este proyecto de vida-, por muy graves que sean las consecuencias, es la práctica del que ya es partícipe de la resurrección. Para los discípulos el problema no era y no es poder conocer al señor resucitado, sino comprender lo que es resurrección y re-conocer el rostro del resucitado como el rostro del que fue crucificado a causa de esta práctica. Lo que produce el terror en los discípulos al encontrarse de nuevo con el maestro fue su incapacidad de ver que librar a los pobres y cautivos, colmar de bienes a los hambrientos y despojados, quitar de sus tronos a los soberbios y potentes, es parte de la práctica de los que ya participan de la resurrección. Cuando, en la historia de José, los hermanos se quedan estupefactos, atemorizados y sin respuesta -sin capacidad de seguir esta práctica-, es porque no comprenden que el que ahora es señor es el que fue vendido y hecho desaparecer. No son muchos los que tienen la capacidad de descubrir en las facciones del rostro del que sufre inocentemente, las facciones del resucitado. No son muchos los que saben que el único lugar donde es posible ver al Resucitado es en la práctica de los que proclaman libertad a los cautivos. Es entre los de la práctica de la nueva vida donde se hace visible la presencia del resucitado. Los que no pueden vivir solos, hacia sí mismos, sino únicamente hacia el otro porque entienden que su propia resurrección depende de su capacidad de rescatar al otro. Son los que ya no pueden vivir sin que se haga justicia a los despojados y quebrantados, y por eso van sembrando entre lágrimas la semilla de la nueva vida y tienen que pasar por lo peor: la hoguera, el fuego, la tortura, la desaparición... la cruz. Es en la práctica de ellos donde se visualizan las facciones del Señor resucitado. ¡Ojalá que no nos ocurra lo que le pasó a los hermanos de José cuando él se dio a conocer! ¡Ojalá que nosotros sí podamos dar una respuesta a través de nuestro caminar! Venimos desde lejos. Tuvimos que recorrer más de 40 capítulos para llegar a presenciar el desenlace. Anduvimos con mucha paciencia, reconociéndonos a nosotros mismos en los textos. Durante nuestra caminata enfrentamos una serie de textos que nos parecían hablar de nuestra propia realidad: la América morena tan señora y tan humillada. Aprendimos a pronunciar de nuevo la palabra libertad, aunque fuera con una vergüenza triste. Y mientras más avanzamos, más sensibles llegamos a ser para descubrir la infinita claridad con la cual los textos apuntaban a mostrarnos el final que acabamos de presenciar: Aquella extraña sociedad gobernada por el que fuera vendido por sus hermanos. Aquella sociedad donde un resucitado es señor. Vivir allá es gratis, no cuesta nada. Aunque hay muchos que nos quisieran quitar y borrar de nuestra memoria la perspectiva mesiánica que los textos nos entregaron, tratemos de no permitirlo. Tratemos de tomar en serio el proyecto imposible de Dios y tratemos de empezar a reírnos del proyecto de aquellos que siguen persiguiendo y vendiendo al resucitado. Aquellos que no quieren que aquel que no tiene voz sea señor de esta tierra. Sigamos construyendo, sigamos soñando el sueño del resucitado. El sueño guardado en las palabras que acabamos de descifrar. Palabras sembradas bajo lágrimas, al otro lado de la pared de la cárcel. Palabras de un contramovimiento, siempre a punto de desaparecer, siempre a punto de quedar en el olvido, siempre censuradas y siempre tapadas con cal en un esfuerzo por borrarlas. Palabras que no fueran escritas por los que se pusieron en sillas doradas para escribir la historia, sino por los que se sentaron en el polvo, rodeados por humildes y sufrientes, para escribir de su dolor y angustia. Sí, fueron sembradas entre lágrimas, estas palabras del Génesis; pero habrá un tiempo cuando serán cosechadas entre cánticos, porque: Los que fueron puestos en sillas
doradas Literaturas enteras En aquel día, empero, serán
elogiados Los que estuvieron sentados entre los humildes, Las descripciones de los abusos y las sublevaciones Sí, habrá un día cuando
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