He visto la humillación de mi pueblo

por Hans de Wit

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2. La canción de la tierra

 

El rey ingenuo: Una parábola

Encaminando nuestra relectura

Génesis 1: El mundo del texto

La canción de la tierra: A la escucha de su música

Un mundo abierto

Recreación

 

El rey ingenuo: Una parábola

Érase una vez un rey medio pelado que decidió mandar a confeccionar una corona para cubrirse el cráneo.
Invitó a orfebres y joyeros de todo el país, y ellos le hicieron una corona de 2 kilos de oro, cuyo diseño y belleza no tenían su igual en todo el mundo.
Después de mucho tiempo, durante el cual la corona había impactado a reyes y pueblos por su esplendor, empezaron los rumores. Y como nunca faltan ministros y consejeros que le envenenan el oído a los reyes, un asesor le dijo: "Oiga, su majestad, ¿está bien seguro de que los orfebres usaron los 2 kilos de oro, sin dejarse algunos gramitos para ellos? Porque, si bien es cierto que la corona pesa dos kilos netos, a lo mejor uno de los orfebres le ha mezclado algunos trocitos de plomo".
Fue así que el rey mandó a buscar al herrador jefe de sus establos y te pidió resolver su problema.
A la semana siguiente, el herrador volvió y diciendo: "Aquí está su corona, su majestad, ¡no tenía ni medio gramo de plomo!" y le entregó al rey una barra amarilla de 2 kilos netos.

Es realmente posible destruir cosas y personas hermosas a través de preguntas erróneas; también, y especialmente, aquellas que figuran en la Biblia. Pertenecemos a una generación que a lo largo de los años ha acumulado una vasta experiencia al respecto. Aprendimos a confundir mitos con hallazgos arqueológicos, poemas de amor con ciencia, y profecías con historiografía.

En las páginas anteriores, hicimos un esfuerzo por aprender a negociar con los textos del Génesis. Como parte de nuestro equipamiento, descubrimos que cuando Israel comienza a contar su historia -comienza a hacer Biblia- lo hace en un mundo poblado y arrugado. Un mundo bastante frío, donde palabras como ternura, solidaridad y compasión no se usaban mucho, ni mucho menos con respecto a grupos minoritarios.

Cuando Israel comienza a contar su historia, no es el primero ni el único, sino que hay otras historias, de otros pueblos que ya por mucho tiempo se dedicaban a hacer negocios, política y teología. Historias que, así como en Israel, de una u otra manera reflejan una opción, un compromiso, un pensamiento fundamental.

Los relatos -y los mitos- del libro del Génesis se originan entonces en medio de otros. Otras maneras de percibir el mundo y el ser humano. Otra manera de ver la vida misma. A veces es necesario comparar estas historias y estos mitos con los de la Biblia para poder palpar realmente cuáles fueron el compromiso y el proyecto de Israel frente a estos pueblos y su manera de pensar.

Para muchos de nosotros, la historia de la creación (Gén. 1:1-13) es como uno de los mejores vestidos que tenemos guardados en nuestro ropero: de excelente tela, viejo y solemne, pero nunca usado. No nos atrevemos a sacarlo y ponérnoslo. No aprendimos a usarlo y así abrigarnos con él contra el frío y la lluvia. No osamos vivir con él y dejar que sea parte de quienes somos, parte de nuestro ser.

En este segundo capítulo estamos invitados a vencer esta costumbre, sacar nuestro vestido del ropero y entender que fue hecho para tocarlo y ponérnoslo.

En la primera parte del presente capítulo, trataremos de descubrir la manera en que otros textos del Antiguo Testamento hablan del tema de la creación. Allí recibiremos la oportunidad de reformular nuestras preguntas al respecto.

En la segunda parte, haremos un esfuerzo por acercarnos a la casa del pueblo mismo y tocar su puerta de entrada: aquella impactante canción de la tierra.

 

Encaminando nuestra relectura

La historia de la creación no es simplemente el comienzo de la Biblia o del libro del Génesis, sino que es y quiere ser la puerta de entrada de toda la Biblia, especialmente del Pentateuco, aquella extraña historia que relata acerca de un pueblo que no alcanza la tierra prometida y de su héroe que no la conquista.

Esto significa que el Pentateuco, y en especial la historia del Éxodo, es el lente a través del cual podemos descubrir el tesoro que está escondido detrás de las palabras de Gén. 1:1-23. Dicho de otra manera: la historia de la creación nos llevará a la experiencia-hecha-palabra de esclavos en busca de una tierra libre.

Toda la temática del Pentateuco, la tierra prometida, está íntimamente relacionada con la historia de la creación, por muy raro que nos parezca. Es ésta la pregunta que mejor encaminará nuestra lectura de la historia de la creación: ¿qué tienen que ver en el Antiguo Testamento la creación y la liberación de sistemas faraónicos?

Nuestras preguntas de siempre, por el cómo y cuándo, hacen que partamos sin haber descubierto nada.

Debemos haber estado en Egipto para poder comprender la inmensa riqueza de este primer relato de la Biblia. Palabras y experiencias como esclavitud, opresión, cautiverio, coloniaje, explotación, son las que verdaderamente pueden abrir el significado y la profundidad de la historia del hombre y su mujer. Será a partir de estas palabras y experiencias que descubriremos el significado real de la canción de la tierra como canción de protesta contra todo lo que es anti-creación.

El Pentateuco que comienza en el Génesis 1 no nos quiere enseñar cómo comenzaron las cosas, sino cuán terrible es estar en Egipto, nacer como esclavo, nacer para ser allegado y vagar por el desierto. Gén. 1 es parte integral de¡ Pentateuco y, por lo tanto, toca íntegramente lo que es su tema central: estar en Egipto. Pero aún hay otra cosa que demuestra que no nos equivocamos al hacer una conexión entre creación y salir de Egipto. Es una gran cantidad de textos, fuera del Génesis y fuera del Pentateuco, que nos hablan también de la creación, porque Gén. 1 no es el único relato de la creación que está en el Antiguo Testamento. Los Salmos también tocaron ese tema:

Oh, Jehová, Dios de los ejércitos,
¿quién como tú? Poderoso eres, Jehová,
y tu verdad está en torno de ti.
Tú tienes dominio sobre la bravura del mar:
cuando se levantan sus ondas,
tú las sosiegas.
Tú quebrantaste a Rahab como a un muerto:
con el brazo de tu fortaleza
esparciste a tus enemigos.
Tuyos los cielos, tuya también la tierra:
el mundo y su plenitud, tú lo fundaste.
...
Justicia y juicio son el asiento de su trono
misericordia y verdad van delante de su rostro.
(Salmo 89:8-11, 14)

Él fundó la tierra sobre sus bases
no será jamás removida.
Con el abismo, como con vestido, la cubriste
sobre los montes estaban las aguas
a tu reprensión huyeron;
al sonido de tu trueno se apresuraron;
subieron los montes,
descendieron los valles,
al lugar que tú les fundaste.
Pusísteles término,
el cual no traspasarán;
ni volverán a cubrir la tierra.
(Salmo 104:5-9)

Y también los profetas hablan de la creación, particularmente aquel profeta anónimo que actuó a finales del segundo cautiverio, al que se suele llamar "Deuteroisaías" (Is. 40-55).

Así dice el Señor Dios
que creó y desplegó el ciclo,
consolidó la tierra con su vegetación
dio el respiro al pueblo que la habita
y el aliento a los que se mueven en ella.
Yo el Señor, te he llamado para la justicia
te he cogido de la mano
te he formado y te he hecho
alianza de un pueblo, luz de las naciones.
Para que abras los ojos de los ciegos
saques a los cautivos de la prisión".
(Is. 42:5-7 NBE)

¡Despierta! despierta; revístete de fuerza, brazo del Señor;
despierta como antaño, en las antiguas edades!
¿No eres tú quien destrozó al monstruo
y traspasó al dragón?
¿No eres tú quien secó el mar
y las aguas del gran Océano;
el que hizo un camino por el fondo del mar
para que pasaran los redimidos?
Los rescatados del Señor, volverán;
vendrán a Sión con cánticos...
pena y aflicción se alejarán.
(ls. 51:9-11)
(1)

Además del hecho de que las imágenes que usan estos textos para representar la creación son a veces muy diferentes de las que encontramos en Gén. 1, sobresalen dos elementos.

En primer lugar, la gran mayoría de estos textos proféticos y Salmos que hablan de la creación, son tardíos y están vinculados generalmente con la época del segundo cautiverio.

Un segundo elemento, más importante aún, es que, sin excepción alguna, todos estos textos hablan de liberación: liberación de Egipto o liberación de la cautividad.

En otras palabras, en todo el Antiguo Testamento el tema de la creación está al servicio de la liberación. Es la liberación de la opresión que explica lo que es creación.

Al leer y releer estos textos que acabamos de enumerar, nos extraña la facilidad con la cual los profetas y el salmista vinculan temas que para nosotros no tienen nada que ver el uno con el otro. Sin embargo lo hacen, y lo hacen repetida e insistentemente.

¿No sabéis, no lo habéis oído,
no os lo han anunciado de antemano?
¿No habréis comprendido quién fundó la tierra?...
Él entrega a los poderosos a la destrucción.
Él reduce a los gobernadores de la tierra
a nulidad...
(Is. 40:21-23, TP)

El que "fundó la tierra" y El que "tendió el cielo como una cortina" es El que libera a su pueblo de la opresión de los poderosos y gobernadores de la tierra.

Pero tú, Dios mío, eres rey desde siempre
obrando liberación en medio de la tierra
tú hendiste con fuerza el mar
rompiste la cabeza del dragón marino
tú aplastaste la cabeza de Leviatán
se la echaste en pasto a las bestias del mar...
No entregues a los buitres la vida de tu tórtola
ni olvides sin remedio la vida de tus pobres.
Piensa en tu alianza: que los rincones del país
están llenos de violencias ...
(Salmo 74:12-14, 19-20)

Extraña mucho esta manera de vincular la creación ("rompiste la cabeza del dragón marino") con el rescate de los pobres y las víctimas de violencia. Sin embargo, todo el Antiguo Testamento lo hace, incluyendo Gén. 1, como veremos a continuación. Todo el Antiguo Testamento habla del binomio creación-liberación como si fuera una sola cosa.

Es de gran importancia para nuestra relectura de Gén. 1 tratar de penetrar un poco más en esta manera de hablar de la creación, que es tan diferente de la nuestra.

A través de los textos que citamos hace un momento, consta que nuestras preguntas acerca del cómo o cuándo en cuanto a la creación no son las de los autores bíblicos. Es como si ellos estuvieran buscando respuestas a otras preguntas.

Lo fundamental en el mundo no es cuándo o cómo fue creado, sino si está hecho para que los cautivos retornen a su patria: si está hecho para que los oprimidos sean liberados (véase Is. 44:24-28; 45:1-8; 51:10).

Estas preguntas son tan importantes para los autores bíblicos, que es como si tocaran los fundamentos de la tierra misma.
Al conectar tan a menudo la creación con la liberación, al confesar que el Dios liberador es a la vez el Dios creador, Israel muestra un aspecto elemental de su fe: la tierra está hecha para habitarla (ls. 45:18) en libertad.

El rechazo de todas las estructuras opresoras, el rechazo de todo Faraón y de todo Babel, tiene como fundamento la fe inquebrantable de que la tierra y el hombre fueron hechos para ser libres.

En este sentido es que todos los textos del Antiguo Testamento que hacen referencia a la creación articulan la lucha de Dios contra el opresor. También los de Génesis 1, como veremos a continuación.

 

Génesis 1: El mundo del texto

Sabemos que Gén. 1 es un relato que fue hecho, compuesto dirían los cantantes, por sacerdotes; aquellos pastores en Israel que tenían la tarea, inmensamente difícil, de consolar a Raquel que rehusaba consolarse porque sus hijos desaparecieron.

Pastores como Moisés y Aarón, que mientras todo el pueblo había perdido la esperanza, seguían convencidos de que la esclavitud y la muerte no tienen la última palabra.

Pastores que ya en Egipto desarrollaron la ideología de la libertad, tan característica de Israel. Pastores que acompañaron al pueblo durante su largo y amargo caminar por el desierto y durante los largos años de opresión de los asirios, babilonios y persas.

Pastores que muchas veces eran los portavoces y escritores por encargo de un pueblo que no sabía leer ni escribir, pero que tenía una historia que contar y poner por escrito. Sabemos también que el relato de Gén. 1:1 - 2:3 fue hecho con sumo cuidado y recibió su toque final en el segundo cautiverio.

Es difícil exagerar la importancia que tiene ese hecho aceptado por toda la ciencia bíblica moderna. O sea, en Gén. 1 aquellos sacerdotes, pastores de un pueblo sufriente, un pueblo cautivo sin autonomía política, dan voz a la esperanza y... a la protesta de su pueblo.

En Gén. 1, los sacerdotes dejan que aquel pueblo sufriente diga su mundo, diga algo de su esperanza y fe.

En Gén. 1 está diseñado y hecho palabra un mundo mejor, en el cual los cautivos y maltratados de Israel nunca dejaron de creer.

Comparar la manera en que Israel articuló, en un determinado momento de su historia, su visión acerca de lo más fundamental en el mundo (Gén. 1) con la de Egipto o Mesopotamia, nos hará descubrir que toda palabra y todo verbo que usaron los sacerdotes de ese pueblo aplastado es palabra de protesta. Apunta a desenmascarar la manera de pensar y ver el mundo de todos los que se creen omnipotentes y de todos los que se creen dueños del mundo. Fuera y dentro de Israel.

Así como en Gén. 1 está expresado el pensamiento y la protesta de un pueblo de cautivos, en los diferentes mitos de la creación mesopotámicos y egipcios está expresado el pensamiento de los faraones y de los reyes de cuyos anales citamos algunos versículos en el capítulo anterior.

Casi todos los relatos de la creación, dentro y fuera de la Biblia, son mitos.

También Gén. 1 es un mito, como constatamos en el capítulo anterior. No es un Salmo, ni tampoco una profecía. Y, precisamente por ser un mito, refleja una opción, un pensamiento elemental del Israel en la época del segundo cautiverio.

En las últimas décadas, las ciencias humanísticas (la antropología, la etnología, la sociología) han dedicado mucho tiempo a descifrar los mitos de los pueblos y llegaron a una gran conclusión: que nunca se puede decir "¡oh, es solamente un mito!". Enfaticemos, una vez más, que una de las mejores maneras de captar el pensamiento y sentir de (un sector) de un pueblo es a través de una lectura de sus mitos.

Hay mitos a cuya lectura pública las mujeres u hombres de la tribu no tenían acceso, porque eran secretos, y de su lectura apropiada dependía la sobrevivencia del pueblo.

Gran parte de los mitos de la creación hallados en Egipto fueron tallados en las pirámides, donde acompañaban a los faraones en sus moradas eternas.

En Babilonia, también en la época del segundo cautiverio, se leía pública y solemnemente el mito de la creación durante la fiesta del año nuevo. Era como la proclamación oficial de la constitución del imperio.

En el capítulo anterior, cuando dimos una definición de lo que es un mito, decíamos que el mito encierra una costumbre o un pensamiento elemental del presente. Al retroproyectarlo hacia el comienzo, explica la procedencia o la fundamentación de tal pensamiento. Explica y subraya que tal costumbre es fundamental e inmutable porque es producto de una decisión o una acción hecha por el Dios mismo. Pertenece a los fundamentos con que fue fundada la misma tierra. Sacar ese fundamento, cambiarlo de lugar o contenido, haría derrumbar y tambalear la tierra misma.

Ahora bien, recién decíamos que los mitos expresan y articulan, en forma de relato, un pensamiento fundamental de un pueblo, un clan, una tribu. Para hacer más claro aún lo que está en juego en nuestra lectura de los mitos de creación de Israel y sus vecinos, podríamos también usar la palabra ideología.

En los mitos, sobre todo los de la creación, está expresada la ideología de un pueblo.

Estas historias de cómo se formó el mundo no son neutras, sino que optan en pro o en contra del hombre, optan en pro o en contra de la igualdad de la mujer, de la justicia. En una sola palabra, optan en pro o en contra de los derechos humanos.

Veremos que la pregunta por lo que dice Gén. 1 al respecto, será de crucial importancia para nuestra lectura y comprensión de este relato, que introduce y alumbra esta sorprendente experiencia hecha palabra de esclavos marchando por el desierto, que llamamos Pentateuco.

El Génesis 1 es un mito y, por lo tanto, merece que digamos ¡ojo! Pero no es un mito donde esté expresado el pensamiento elemental de algún rey. Gén. 1 no es parte de lo que se suele llamar la ideología real. En Gén. 1 no hablan el faraón ni tampoco Nabucodonosor; sino los que en el Génesis hablan, a través de sus pastores, son los que estuvieron en Egipto de allegados y en Babilonia como cautivos.

Son ciudadanos de segunda categoría que tienen la oportunidad para decir su mundo en Gén. 1.

Más arriba decíamos que en el mito se pueden expresar también los ideales de una sociedad o de una parte de ella.

Ahora bien, leer los mitos de creación del Antiguo Testamento equivale a mirar las caras, manos y pies desesperados de los que no quieren abandonar su esperanza y su lucha por un mundo lleno de luz. Veamos lo que nos tienen que decir.

La canción de la tierra: A la escucha de su música

En el principio creó Dios los cielos y la tierra
(Gén. 1:1)

La primera palabra de la Biblia comienza (en hebreo) con una (letra "b").

Un comentario judío explica este hecho así: la está cerrada hacia atrás, hacia arriba y abajo. Esto significa que no hay que investigar lo que está detrás, encima o debajo de la creación. La investigación debe partir de la misma, hacia delante.

Hace mucho tiempo, aprendimos que este comentario tiene razón. La Biblia no da respuesta al cuándo y casi no se preocupa por el cómo. Éstas son las preguntas que, en lo posible, tiene que responder otra ciencia. El universo y sus orígenes no le interesan a la Biblia, y cada esfuerzo por armonizar creación y evolución resultará un fracaso. La cosmovisión del Antiguo Testamento, que está reflejada en Gén. 1, no sabe nada de sistemas solares, vías lácteas, años luz, tierra redonda. Con respecto a todo eso, un astrónomo sabe mucho más que la Biblia. La Biblia sabe más, mucho más, de las lágrimas de los oprimidos y sus esfuerzos por ordenar y limpiar su mundo. Esto consta en Gén. 1: 1-23.


Por su sencillez y profundidad, la primera frase de la Biblia es monumental y única. Destaquemos tres elementos.

1. "En el principio", tiene el significado de en el comienzo, al inicio de todas las cosas (véase Is. 40:21; 41:4). No indica una fecha, sino significa, más bien: lo principal es, o no cabe duda. Subraya lo que sigue.

2. "Creó Dios". El verbo que el autor usa aquí está repleto de significado. Es por eso que lo utiliza con mucho cuidado, una vez al comienzo de su historia, una vez al terminarla (Gén. 23), una vez cuando comienzan a aparecer los seres vivientes (1 :21 ) y tres (!) veces en vs. 27, cuando aparece el hombre.

Crear es un vocablo que se encuentra a menudo en los profetas de la época del segundo cautiverio y es usado solamente para Dios, es decir para el Dios de Israel; nunca se usa para describir una acción de los seres humanos, ni de otros dioses. Tampoco se dice nunca de qué tipo de materia Dios "creó". En otras palabras, el verbo crear que aquí se usa anula la posibilidad de reflexiones de carácter filosófico o científico acerca del origen de lo que fue creado. No es ésta la pregunta que importa aquí. La pregunta teórica (!) sobre el cómo, que a nosotros nos interesa tanto, parece no haber preocupado en absoluto a los que construyeron la casa del pueblo. El concepto de la creación de la nada (creatio ex nihilo) no se encuentra en el Antiguo Testamento, sino que surge, bajo la influencia de la filosofía griega, recién cuando ya se había terminado la construcción.

Muchas veces, el acto de crear hace surgir, ocurrir o aparecer algo nuevo, algo sorprendente e inaudito: alegría en vez de dolor, libertad en vez de servidumbre.

Porque he aquí
que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra;
y de lo primero no habrá memoria,
ni más vendrá al pensamiento.
Mas os gozaréis y os alegraréis para siempre
en las cosas que yo he creado;
porque he aquí que yo traigo a Jerusalén alegría
y a su pueblo gozo.
(Is. 65:17, 18)

El uso de un verbo que se relaciona tantas veces con la liberación de la esclavitud o el retorno del exilio y que, por lo tanto, no nos permite escapar de la vida real y hundirnos en reflexiones filosóficas (Is. 40:26, 28; 42:5; 45:12, 18; 41:20; 45:8, etc.), es la primera pauta para empezar a discernir hacia dónde nos quiere llevar Gén. 1.

3. "Los cielos y la tierra". Esta frase sobre los cielos y la tierra, más que significar todo el universo, indica otra cosa. Tampoco aquí nos es posible detectar algún interés en vías lácteas, sistemas solares o el orden cósmico. Después descubriremos que incluso "el cielo" tiene otro papel que jugar aquí que el que pensábamos.

La frase "los cielos y la tierra" quiere dejar constancia de la indestructible vinculación entre Dios y su pueblo de fugitivos y exiliados.

Más adelante -ya en el próximo versículo (... y la tierra)- veremos que, en toda la historia de la creación, se trata de la tierra y del hombre en ella. Todo apunta a que él aparezca, a que él viva. Del cielo no vamos a escuchar mucho.

Hay muchas historias de creación en las culturas populares donde se habla solamente de la creación del cielo, o -separadamente- de la tierra, como si fueran cosas que no tienen nada que ver la una con la otra. En cambio, la frase "creó los cielos y la tierra" no se encuentra en ningún otro mito de la creación del mundo del Cercano Oriente Antiguo.

Por muy raro que parezca, ya en ese primer versículo de la Biblia recibimos la primera señal de protesta. Pues no es una frase meramente explicativa, sino que es un pronunciamiento audaz y tajante que no solamente introduce la historia de Gén. 1:1-23, sino que la cubre en su totalidad, la resume y la ilumina. Es una frase tan audaz como la del salmista:

¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?,
¿quién como el Señor entre los dioses?
Tú dominas el orgullo del mar
cuando sus olas se encrespan las reprimes;
tú machacaste a Rahab lo mismo que a un cadáver,
a tus enemigos dispersaste con tu potente brazo.
Tuyo es el cielo, tuya también la tierra,
el orbe y cuanto encierra tú fundaste.
(Salmo 89:7, 10-12)

Gén. 1:1 es un pronunciamiento que declara nulo el poder de otros dioses, pues no dice: "En el comienzo el dios faraón, o el dios Nabucodonosor creó los cielos y la tierra", sino Dios, el Dios de Israel lo hizo, y -que no quepa ninguna duda- le pertenecen.

De los cielos y de la tierra, se dice que fueron creados. Los cielos y la tierra no son productos del azar, sino que tienen un destino. Hablar de su existencia, decir que fueron creados, es a la vez hablar de su destino. Fueron creados para cumplir una misión.

El hecho, bastante raro y extraordinario, de que la creación de ambos sea mencionada de un aliento, adelanta algo que después se destacará con mucho más énfasis: su reciprocidad y, por ende, la reciprocidad entre Dios y el hombre.

El cielo no tiene existencia aparte de la tierra (así como en Babilonia y Grecia), sino que está pensado en función de la tierra, y ésta se convertiría en caos sin cielo.

El cielo y la tierra (Dios y el hombre) tienen que ver el uno con el otro. El cielo no es un mundo aparte donde los dioses tienen su domicilio y lo pasan bien sin preocuparse por el hombre.

Gén. 1, a través de su primera línea, declara nula y falsa una ideología, vigente en muchas partes del Oriente Antiguo y Grecia, que subrayaba la inferioridad del ser humano frente a la inmensa superioridad de los dioses.

Más adelante en nuestro comentario, descubriremos las verdaderas dimensiones y los destinatarios de esta ideología aplastante.

Y la tierra estaba desordenada y vacía,
y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo
y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
(Gén. 1:2)

En tres momentos se nos describe aquí lo que es la anticreación. Para comprender mejor estas palabras sonoras y muy amenazantes, he aquí el siguiente texto:

Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie; me he adentrado en aguas hondas
me arrastra la corriente ...
...
arráncame del cieno
que no me hunda
líbrame de los que me aborrecen
y de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente
que no me trague el torbellino
que no me cierre la poza sobre mí.
(Salmo 69:13; 15-16)

A través de tres imágenes, Gén. 1:2 nos describe aquella situación cuando (todavía) no hay creación (= liberación), subrayando y explicando así todo lo que sigue.

En el verso 2 se repite lo que vimos antes: aquí no interesa lo que hubo o no hubo antes de la creación. No es una descripción de la gran y oscura nada antes de la creación, sino las imágenes nos describen lo que es anticreación.

Para saber lo que es creación, debemos haber visto y experimentado primero lo que es anti-creación. Las palabras e imágenes que usa el autor en este versículo son de un calibre especial: pertenecen a aquellas descripciones (mayormente) mitológicas del caos. Son palabras escalofriantes, usadas con gran frecuencia entre profetas y Salmos que datan del segundo cautiverio y que describen experiencias de cautivos.

"La tierra estaba desordenada y vacía", mejor sería traducir: "la tierra era una tremenda ruina". El hebreo usa aquí dos palabras con un oscuro ritmo amenazante: tóhu wabóhu, siendo la segunda palabra un agregado a la primera; wabóhu enfatiza y profundiza la primera. La traducción "desordenada y vacía" no refleja muy bien el significado de lo que dice el hebreo, que evoca una imagen de destrucción, desierto, arrasado: lo que anula la vida (véase Jer. 4:23; Is. 45:18-21).

"Y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo". La segunda imagen es la de las tinieblas y las aguas hondas. El caos se viste de tinieblas y consiste en un montón de aguas con su poder destructivo (Salmo 33:7; 104:6. Job 38:16. Prov. 3:20; 8:24, 27, etc.). Es la muerte y la nada misma que aquí están representadas a través de la oscuridad y las grandes aguas. Es la oscuridad de los campos de concentración, campos de batalla y exilio. Es la ausencia de Dios y la ausencia de vida.

"Y el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas". Una tercera imagen viene completando la anti-creación: la de una horrorosa tormenta sobre las aguas (vs. 2).

Actualmente hay un consenso entre los exégetas de que tenían razón las antiguas traducciones que traducían "viento" en vez de "espíritu".

No existe ningún texto en todo el Antiguo Testamento donde se relacione el espíritu de Dios con las aguas; pero hay muchos donde las aguas se relacionan con un viento (viento y espíritu son, en hebreo, la misma palabra).

Los carros y la tropa del faraón los lanzó al mar
ahogó en el Mar Rojo a la flor de sus capitanes.
Las olas los cubrieron cayeron en lo hondo como piedra.
Al soplo de tu nariz se amontonaron las aguas,
las corrientes se alzaron como un dique,
las olas se cuajaron en el mar.
Tú soplaste con tu viento,
el mar los cubrió,
se hundieron en las aguas poderosas como plomo.
(Ex. 15:43, 8, 10 TP)

Moisés extendió la mano sobre el mar,
el Señor hizo retirarse al mar
con un fuerte viento... que sopló toda la noche.
(Ex. 14:21 NBE)

El Señor secará el golfo del mar de Egipto
y alzará la mano contra el río;
con su viento potente herirá sus siete canales,
que se pasarán en sandalias.
(Is. 11:15 NBE)

En el mito de creación babilónico, una fuerte tormenta, producida por siete vientos, se movía sobre las aguas primordiales y tenían que procurar que ellas, representando el caos (Dan. 7:1), no escaparan.

(El Dios Marduk) puso los 4 vientos
para que nada de ellas (las aguas primordiales)
escapara ...
Produjo lmhullu,
el viento maligno
el torbellino, el huracán...
(Enuma Elis IV, 45)

Lo mismo pasa en Gén. 1.2, en la tercera imagen: un terrible viento, una gran tormenta golpea las aguas.

Es así como el autor, en muy pocas palabras, evoca una imagen horrorosa, terrible: todo lo que profundamente amenaza la tierra, y la vida en ella, está representado aquí. Todo lo que es anti-creación adquiere forma y cuerpo. Todo lo que algunos de Israel y algunos de nosotros tuvieron que experimentar en determinados momentos de su historia. Es contra todo esto, que lo que sigue desde el versículo 3 en adelante alza una protesta definitiva.

Y dijo Dios: "que haya luz",
y hubo luz.
Y vio Dios que la luz era buena
y apartó Dios la luz de las tinieblas.
Y llamó Dios a la luz Día
y a las tinieblas llamó Noche,
y fue la tarde y la mañana,
un día.
(Gén. 1:3-5)

Comienza ahora la serie de 6 días en que, en un esquema transparente, serán ordenados y llamados a su destino el cielo, la tierra y finalmente ... el hombre.

No comentaremos todos los detalles, sino solamente algunos puntos clave.

La luz aquí, en el primer día, es símbolo de anticaos. No es la luz física; recién en el cuarto día escucharemos en qué consiste la luz, quién la produce.

El acompañante inseparable del caos y sus dioses es la oscuridad. El caos e viste de oscuridad, así como la criminalidad. Bajo las tinieblas se produce y se reproduce, pulula, la anti-vida. La primera obra creadora acaba con la posibilidad de que la tierra produzca solamente crímenes.

Oscuridad pertenece a l caos, transparencia a la creación y a Dios. Es por eso también que no se dice que Dios también creó las tinieblas; Él no es príncipe de la oscuridad. Al contrario, la oscuridad no tiene vida de por sí en la creación de Dios. La oscuridad se llama noche y está rodeada por el día. Es por eso que el día comienza al atardecer (Ex. 12:18; Lev. 23:32).

La creación de la luz posibilita todas las demás obras y le dará tiempo al hombre que después aparecerá:

Luego dijo Dios:
Haya expansión en medio de las aguas,
y separe las aguas de las aguas.
E hizo Dios la expansión,
y separó las aguas.
que estaban debajo de la expansión,
de las aguas que estaban
sobre la expansión.
Y fue así.
Y llamó Dios
a la expansión Cielos.
Y fue la tarde y la mañana
el día segundo.
(Gén. 1:6-8)

Las tinieblas y las aguas, amigos fieles de la anti-creación, dejan de poder ejercer libremente su dominio. Las tinieblas primero, y ahora, en el segundo día (y el tercero), las aguas. Es difícil reconstruir la imagen que el autor tenía en mente.

Probablemente se haya imaginado, así como en Mesopotamia y después en Grecia, una tierra totalmente cubierta por las aguas primordiales y caóticas.

Tenemos más claridad sobre lo que pasa después. Las aguas primordiales son separadas y divididas en dos categorías: las que están por encima del firmamento y las que están por debajo del firmamento (rodeando la tierra).

La palabra que se usa por "expansión" o "firmamento" tiene el significado de algo firme, sólido, inamovible. Hay que imaginárselo como una cúpula sólida y protectora. Esta cúpula se llama cielo.

Y precisamente en esta muy breve descripción de lo que es el cielo y su función, nos encontramos con otra señal de protesta. Aquí, en estos tres versículos, se nos entrega un elemento vital del pensamiento teológico de Israel, que será de gran importancia para nuestra relectura de Gén. 1.

Resalta aún más la inversión de todos los valores que aquí ocurre, cuando comparamos estos tres versículos (Gén. 1:6-8) con la parte correspondiente del mito de creación babilónico, Enuma Elis. Ese mito se leía cada año, proclamando así la constitución oficial del imperio (neo-)babilónico; constitución que refleja parte importante de la ideología imperial. En Gén. 1:6-8 vemos que los que expresaron su manera de pensar sobre el cielo se oponen fuertemente a esta ideología babilónica.

También en el Enuma Elis, Tiamat, la monstruosa diosa del caos, representada por las aguas primordiales, es partida en dos:

Entonces el Señor (Marduk) se detuvo
para mirar su cadáver (es decir: de Tiamat),
a fin de que dividiera el monstruo
e hiciera una obra de arte.
La hendió como una concha en dos partes:
la mitad de ella la puso como cielo
la encerrojó y puso guardias
y les pidió no dejar escapar sus aguas.
(Enuma Elis IV, 135ss)

Pero mientras en Gén. 1 el cielo, deteniendo las aguas primordiales y amenazantes que están por encima, protege la tierra y hará posible que haya vida humana en ella, en el Enuma Elis el cielo es creado porque la existencia de los dioses mismos está en peligro, amenazada por Tiamat (el caos) y sus acompañantes.

Mientras en Israel el cielo apunta a la tierra por decirlo así, en Babilonia el cielo tiene una función de por sí. No hay reciprocidad entre ambos.

En segundo lugar, mientras en Gén. 1 el cielo recibe muy poca atención (solamente los versículos 6-8 y después en los versículos 14-18) y al poblarlo con aves es humanizado, en el Enuma Elis se trata de nada más que del cielo y sus dioses que poseen las tablas del destino. Después de una muy amplia descripción de la creación de las nubes, las estrellas, el sol y la luna, aparece también la tierra (Babel) y la tierra es... morada de dioses -tipo "casa de retiro"-, donde se pueden hospedar cuando tengan que descender del cielo para una reunión.

He aquí, he endurecido la tierra
como sitio de construcción,
construiré una casa, la que será
mi morada lujosa.
En ella fundaré un templo y
estableceré mi soberanía.
Cuando (los dioses) vengan del cielo
para la asamblea
pasarán la noche en ella.
Es para recibirles a todos.
Llamaré su nombre Babel
lo que significa:
"las moradas de los grandes dioses".
(Enuma Elis VI, 1 21ss.)

Ni en los cielos ni tampoco en la tierra ha sido preparado un lugar para el hombre.

Ahora bien, para profundizar un poco más nuestra lectura del mito babilónico en el cual está expresado cierto pensamiento sobre el hombre, agregamos un nuevo elemento.

En el festival de Año Nuevo, durante el cual se leía el Enuma Elis, era entronizado cada año el rey con su corte real como representante de Marduk. Es decir, era reconfirmado cada año en su poder absoluto como dios en la tierra. Dicho de otra manera: el mito de la creación babilónico, en el que no había casi espacio para el hombre, era aliado fiel de un sistema social feudal donde había mucho espacio para "el hijo de su dios", como se llamaba al rey en Babilonia, y casi nada para el hombre común y corriente, el pueblo.

Eso es lo que en Gén. 1:6-8ss cambia radicalmente. El firmamento, aquella cúpula protectora, se llama cielo y apunta a, y posibilita lo que va a ocurrir durante el tercer día.

Dijo también Dios:
Júntense las aguas que están
debajo de los cielos en un lugar,
y descúbrase lo seco.
Y fue así.
Y llamó Dios a lo seco Tierra,
y a la reunión de las
aguas llamó Mares.
Y vio Dios que era bueno.
Después dijo Dios:
Produzca la tierra hierba verde,
hierba que dé semilla;
árbol de fruto que dé fruto
según su género,
que su semilla esté en él,
sobre la tierra.
Y fue así.
Produjo, pues, la tierra hierba verde,
hierba que da semilla según su naturaleza,
y árbol que da fruto,
cuya semilla está en él,
según su género.
Y vio Dios que era bueno.
Y fue la tarde y la mañana
el día tercero.
(Gén. 1:9-13)

En el tercer día se complementa la casa de la creación. Las aguas de por debajo del firmamento se convierten en los mares relativamente inocentes y aparece lo seco, la tierra, con su adorno verde: la hierba (para los animales) y los árboles (para el hombre).

Esta primera serie de tres días llega ahora a su punto culminante. Todo lo anterior no hacía sino preparar lo que después resultará ser la casa del hombre. Casa para cautivos y desterrados. Casa luminosa (primer día), casa con un techo firme (segundo día) y casa bien fundada (tercer día).

Al final de la segunda serie de tres días, aparecen los propietarios de la casa para los cuales todo fue preparado.

En plena sintonía, los días 4 y siguientes armonizan con los primeros tres.

 

1. luz - 4. lumbreras

aguas

2. cielo - 5. pájaros/peces

aguas

3. tierra - 6. animales/hombre

 

Dijo luego Dios:
Haya lumbreras en la expansión
de los cielos para separar el día
de la noche;
y sirvan de señales para las estaciones,
para días y años,
y sean por lumbreras en la expansión
de los cielos para alumbrar sobre la tierra.
Y fue así.
E hizo Dios las dos grandes lumbreras;
la lumbrera mayor para que señorease en el día,
y la lumbrera menor para que señorease en la noche;
hizo también las estrellas.
Y las puso Dios en la expansión de
los cielos para alumbrar sobre la tierra,
y para señorear en el día y en la noche,
y para separar la luz de las tinieblas.
Y vio Dios que era bueno.
Y fue la tarde y la mañana
el día cuarto.
(Gén. 1:14-19)

 

Recién en el cuarto día escuchamos en qué consiste la luz que apareció en el primer día.

Aunque se dice solamente dos veces cuál es la función de las lumbreras (versículos 15 y 17) está explícita en todas las palabras: alumbrar la tierra, apartar las tinieblas.

Y, otra vez, en todas las palabras que describen la función de aquellas luces, estamos recibiendo una impactante señal de protesta. Las lumbreras son humilladas, aterrizadas, puestas en función de la tierra.

Es obvio que "la lumbrera mayor" es el sol y "la lumbrera menor" es la luna. El hebreo bíblico tiene también estas palabras. Sin embargo, aquí se evita su uso, siguen casi anónimos, no tienen ningún poder, si no están al servicio de la tierra.

¿Por qué? Porque el autor quiere protestar, enfáticamente, contra la cosmovisión del Medio Oriente Antiguo vigente en sus días (y en nuestros días a través de la astrología), que atribuía al sol, a la luna y a otros planetas un poder divino.

En Egipto, los vasallos cananeos se humillaban al faraón llamándole: "mi Dios Sol". En Babilonia, el sol y la luna son dioses.

Ya dijimos que la misma falta de reciprocidad, o democracia si se quiere, entre el rey y su pueblo, vigente en la sociedad egipcia y babilónica, se reproducía en los mitos de creación donde el cielo no tenía mucho que ver con la tierra, y la tierra era un agregado, un apéndice del cielo.

El mismo pensamiento, la misma ideología, está articulado en la famosa astronomía babilónica. El destino del hombre está escrito en las estrellas; también el del hombre oprimido y sufriente. Y ya que el cielo no se puede equivocar, no es tampoco una equivocación el sufrimiento y la explotación del hombre. Los siete planetas dueños de los siete cielos y sus riñas y peleas producen las del hombre (2).

Si el cielo no se equivoca y es inalterable en su ritmo, también lo es lo que pasa en la tierra.

Es a esta cosmovisión, que conviene solamente al dominador, que se opone Gén 1.

Es una cosmovisión que tuvo tanto impacto y tanta influencia en los sucesivos imperios babilónico, persa, griego y romano, que llegó hasta nuestros días en muchas formas y disfraces.

Cuando hablamos de una persona marcial, jovial o lunática, le estamos inconscientemente atribuyendo características del dios-planeta: Marte, Júpiter y Luna. Y cuando hablamos de una buena estrella, de un desastre, una línea ascendente o de una influencia, usamos palabras que eran parte del vocabulario técnico de los astrónomos babilonios. Es a este conjunto de doctrinas altamente represivas que se opone Gén. 1: 14-19. Dice que no son dioses estos planetas y astros; éstos no determinan la suerte del hombre. Al contrario, son instrumentos y servidores de la tierra.

Dijo Dios:
Produzcan las aguas seres vivientes,
y aves que vuelen sobre la tierra,
en la abierta expansión de los cielos.
Y creó Dios los grandes monstruos
marinos, y todo ser viviente
que se mueve, que las aguas produjeron
según su género, y toda ave alada
según su especie.
Y vio Dios que era bueno.
Y Dios los bendijo, diciendo:
Fructificad y multiplicaos,
y llenad las aguas en los mares,
y multiplíquense las aves en la tierra.
Y fue la tarde y la mañana
el día quinto.
(Gén. 1:20-23)

Aquí, en el versículo 21, cuando empiezan a aparecer los propietarios de la casa de la creación, se repite la palabra "crear". En nuestra tierra no hay ningún animal, ningún viviente que no sea creado. El caos y sus representantes están fuera. Todos los demás son bienvenidos. También los monstruos marinos que pueblan los mares (versículo 21).

Una antigua regla hermenéutica judía, al responder a la pregunta de por qué Dios había creado y bendecido también estos grandes monstruos, decía: si Dios creó y bendijo a estos peces, ¡cuánto más bendijo al hombre!

Los tres términos que aparecen junto con los seres vivientes ("bendecir", "ser fecundo" y "multiplicarse") siguen la línea de protesta. Enfatizan el hecho de que la tierra deja de ser tierra cuando se convierte en ruinas humeantes. Deja de ser tierra cuando está llena de campos de batalla llenos de cadáveres podridos.

El término bendecir, explicado por "ser fecundo" y "multiplicarse", significa plenitud, el poder de vivir plenamente, "humanamente". La tierra está hecha para recibir vida. Para eso fue creada, éste es su destino.

Y dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes
según su género,
bestias y serpientes y animales de la tierra
según su especie.
Y fue así.
E hizo Dios animales de la tierra
según su género,
y ganado según su género,
y todo animal que se arrastra
sobre la tierra según su especie.
Y vio Dios que era bueno.
Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre
a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza;
y señoree en los peces del mar,
en las aves de los cielos,
en las bestias, en toda la tierra,
y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.

Y creó Dios al hombre a su imagen,
a imagen de Dios lo creó;
varón y hembra los creó.
Y ¡os bendijo Dios, y les dijo:
Fructificad y multiplicaos;
llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en
los peces del mar, en las aves de los cielos,
y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.
Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda
planta que da semilla,
que está sobre toda tierra, y todo árbol en
que hay fruto y que da semilla;
os serán para comer.
Y toda bestia de la tierra,
y a todas las aves de los cielos,
y a todo lo que se arrastra sobre la tierra,
en que hay vida, toda planta verde les será
para comer. Y fue así.
Y vio Dios todo lo que había hecho,
y he aquí que era bueno en gran manera.
Y fue la tarde y la mañana
el día sexto.
(Gén. 1: 24-31)

 

Ultimo día de la segunda serie. Día que necesita más palabras, día en que el heredero tan esperado llega a su casa.

Aquí será necesario hacer un paréntesis y ver cómo no solamente la segunda serie de tres días llega a su culminación, sino también la protesta que contiene.

A los animales que acompañarán al hombre se dedican solamente dos versículos (24 y 25). Todo lo demás, más largo y con más palabras que todo lo anterior, habla del hombre. Y lo hace de una manera inaudita e incomparable. Manera única y totalmente desconocida en otras ideologías del Cercano Oriente Antiguo.

Limitémonos a tres aspectos:

"Hagamos al hombre". Desde la Iglesia Primitiva hasta nuestros días se ha visto en ese "hagamos" una indicación de la trinidad. Vimos que en Gén. 1:2 no se trata del Espíritu Santo, sino de un viento, una tormenta. Tampoco aquí en versículo 26 se habla de la trinidad. La trinidad es un concepto que no está atestiguado en ningún texto del Antiguo Testamento. No, el plural "hagamos" tiene otro sentido. Así como en Gén. 11:7 ("Ahora, pues, descendamos..."), deja constancia de y subraya una decisión deliberadamente tomada. Quiere decir: "Y ahora después de todos los preparativos, desde luego que voy a hacer a mi hombre ..."

Éste es el primer indicio de que el hombre no es producto del viento, sino esperado y por lo tanto precioso: está decididamente esperado.

En segundo lugar: "A nuestra imagen y semejanza". De una manera sorprendente está dicho aquí que Dios creó al hombre -hasta el capítulo 5 se trata del hombre y no de Adán- a su imagen y semejanza. Las dos palabras que se usan -imagen y semejanza- enfatizan una sola cosa: el hombre realmente se parece a Dios. Realmente se trata de una comparación. Existe similitud y puede haber reciprocidad y cercanía. La palabra "imagen" significa escultura, estatua, imagen y... retrato hablado (I Sam. 6:5, 11; II R. 11:18; II Crón. 23:17). "Semejanza" se deriva de un verbo que significa parecerse a, ser modelo de (Is. 40:18).

Lamentablemente estamos tan acostumbrados a esta frase, la conocemos tan bien, que dejó de impactarnos. Pero no es tan normal hablar así del hombre en los mitos de la creación del Cercano Oriente Antiguo con sus culturas represivas.

Muchas veces el hombre ni siquiera aparece o, cuando aparece, aparece como esclavo de los dioses.

En el primer capítulo ya citamos el texto correspondiente del mito babilónico. Acerquémonos nuevamente a él y veamos lo que es y lo que debe hacer el hombre según la manera de pensar babilónica.

Terminada la creación, incluyendo la de los dioses inferiores que son esclavos de los (pocos) dioses superiores, los primeros se rebelan y entran en huelga, no quieren trabajar y dar de comer a sus superiores. Es en ese momento, durante un conflicto económico-social, que se le ocurre a Marduk, dios supremo, crear al hombre:

Amasaré sangre y crearé huesos.
Estableceré un ser humano:
"hombre" se llamará.
En verdad, un ser humano crearé
para que... cargando con el servicio
de los dioses, éstos puedan reposar ...
(Enuma Elis VI, 5-8)

He aquí lo que debe hacer el hombre. Su razón de ser es ser esclavo de los dioses. El hombre es el chivo emisario a través del cual los dioses pueden solucionar sus propios problemas laborales.

Veamos ahora lo que es el hombre según el mito babilónico. Veamos de qué material está hecho.

El dios Marduk, mucho antes de que tuviera necesidad de crear al hombre, creó el cielo. Esta creación se efectuó, como vimos, a través de una lucha entre Marduk y el océano primordial, símbolo del caos. Tiamat, la diosa del gran abismo, es vencida, castigada y destrozada por haberse levantado contra los dioses; pero no fue sólo Tiamat quien conspiró contra los dioses, sino que hubo otro, el ideólogo mismo de la revuelta, llamado Kingsu. Este dios Kingsu instigó a Tiamat a rebelarse y, mientras Tiamat murió, Kingsu se escapó y está con vida. Es a este Kingsu, productor de caos, que ahora llaman los dioses y:

...Lo ataron... le impusieron su culpa...
y le cortaron las venas.
De su sangre confeccionaron la humanidad.
(Enuma Elis VI, 11-40)

He aquí lo que es el hombre. La sangre que corre por sus venas es la misma que corrió por las venas del enemigo mortal de los dioses. El hombre se parece al enemigo de los dioses.

Ahora bien, sabemos que esta manera babilónica de percibir al hombre estuvo muy divulgada en el Medio Oriente Antiguo. La encontramos siempre de nuevo en las tablillas y las diferentes versiones del mito de creación. Es incluso este mito el que en Babel se recitaba solemnemente el primer día de cada año nuevo cuando, en una gran fiesta, se entronizaba al rey como representante del dios supremo en la tierra. A través de éste se proclamaba la constitución del imperio.

Está claro que ese mito de la creación del hombre sufrió una profunda influencia de lo que más arriba llamamos la ideología real. Es decir, esta visión de lo que era la razón de ser del hombre proviene de sectores (sacerdotales) vinculados directamente con la corte real. Sectores poblados por personas semidivinas, ya que su patrón (el rey) mismo era divino.

A estos sectores, los ideólogos del estado, convenía mucho mantener y reactualizar siempre este mito constitucional, ya que así era posible resolver la permanente crisis en que se encontraba el aparato estatal (corte, templo, tropas) con su sistema totalitario y represivo. Ya que el rey y sus servidores no son hombres, para ellos el mito valía de otra forma. Ellos eran parte del otro partido, el de los dioses. Y, como acabamos de ver: "Los dioses" no trabajan, sino que hacen trabajar al "hombre".

Ahora bien, después de todo lo que dijimos es posible entender un poco mejor el versículo 26 de Gén. 1 cuando dice: "Hagamos al hombre, a nuestra imagen y semejanza". El hombre se parece a Dios; pero no solamente esto, sino que hay una cosa más. En la segunda parte del versículo 26 se vinculan las palabras "a nuestra imagen y semejanza" con el verbo señorear.

Extraña mucho esto, porque también en Babilonia, y sobre todo en Egipto, se usaba la misma expresión. En los textos egipcios hay muchos ejemplos donde también se dice que fulano de tal fue creado conforme a la imagen de cierto dios... para "señorear sobre".

La tremenda diferencia, sin embargo, con Gén. 1 es que en los textos egipcios ese fulano de tal es siempre el faraón que "señoreará" sobre sus súbditos y... los países extranjeros.

La enérgica protesta que nuestro texto (Gén. 1:26) levanta contra este sistema faraónico, tan conocido en Israel, se compone de tres elementos. En primer lugar, no acepta el hecho de que solamente el rey o el faraón fueran portadores de la imagen de Dios. Gén. 1:26 no habla del rey, sino del hombre. Habla de todos nosotros, o sea, rompe con esta ideología real según la cual solamente el rey representaba al dios en la tierra, lo que le daba un poder absoluto sobre su pobre pueblo.

En segundo lugar, el texto de Gén. 1:26ss quita toda posibilidad de que ese hombre señoree sobre otro hombre. Versículos 29 y 30 se apresuran para rectificar un posible malentendido. El señorear sobre los animales -no sobre otro hombre o la mujer (!)- no significa comérselos, devorarlos, así como muchas veces significa la palabra señorear en los textos egipcios: aplastar. Señorear significa ser señor, es decir, llenar la tierra con vida y no con muertos (vrs. 28, 29).

El tercer elemento de protesta contra el sistema faraónico son las palabras: "varón y hembra los creó" (vr. 27). Y, a la vez, es éste el tercer elemento de todo el pasaje (vrs. 26-31) que quisimos destacar.

Volvamos a leer el texto:
Entonces dijo Dios:
Hagamos al hombre a nuestra imagen
conforme a nuestra semejanza;...
Y creó Dios al hombre a su imagen
a imagen de Dios lo creó;
varón y hembra los creó
y los bendijo Dios y les dijo ...
(Gén. 1:26-28)

La creación del hombre se efectúa en plural: los creó, los bendijo, les dijo... fructificad, multiplicaos, llenad, sojuzgad, señoread, os he dado, os serán para comer.

No es para contar la creación del hombre que el autor usa tantas palabras. No es tan difícil contar cómo fue creado el hombre. Lo que sí era difícil y lo que sí necesitaba muchas palabras fue contar de esta creación en plural.

Así como el autor no quiso dejar ninguna duda acerca de la cuestión de la imagen de Dios (la repite dos veces), tampoco quiso que hubiera ni la más remota posibilidad de que "el hombre" fuese identificado sólo con el varón.

Es por eso que casi exageradamente repite y usa tantas palabras:

Creó, creó, creó Dios,
a su imagen, su semejanza,
a su imagen, a imagen
de Dios, el hombre, el hombre:
varón y mujer.

Hasta hace muy poco existía consenso entre los exégetas en que lo que destacaba el texto de Gén. 1 de todos los mitos e historias de creación de otros pueblos era el versículo 26: "Hagamos a nuestra imagen y semejanza". No es así. Lo que hace único a Gén. 1 entre los relatos de creación de todo el Medio Oriente Antiguo es, además de toda la combinación de elementos de protesta, que Adán, o mejor dicho el hombre, también es femenino. Y a ese Adán femenino también es dado poder para señorear, multiplicarse y llenar la tierra. Para destacar la total equivalencia entre hombre y mujer, el autor incluso usa una expresión lingüística rara -así suena el "macho y hembra" tanto en hebreo como en castellano (la mejor traducción sería: "masculino y femenino los creó")- para evitar que se pensara que fue creado primero el hombre y después, también, la mujer. Al usar "rnacho y hembra", "masculino y femenino", el autor subraya que hay un solo "hombre" (ser humano) con dos rostros: mujer y varón.

Más arriba, cuando hablamos de la expresión "a su imagen y semejanza", dijimos que no es tan normal que el hombre aparezca en relatos de creación. Y cuando aparece, muchas veces en segundo lugar, lo hace solo. Es solamente el macho el que figura.

En toda la literatura actualmente disponible encontré un solo ejemplo donde, en cierto sentido, la mujer también aparece. Es donde la diosa matrona crea siete parejas, que tendrán que cargar el yugo por los dioses.

No es normal que aparezca el hombre en los relatos de la creación de la tierra, es altamente anormal que se mencione a la mujer y es totalmente inaudito decir que el rostro de Adán es femenino.

Es ahí donde culmina la protesta de Gén. 1 contra aquel sistema represivo tan conocido dentro y fuera de Israel, dentro y fuera de la Biblia, donde la mujer era la doblemente oprimida: esclava del hombre esclavo.

Y es así como termina la segunda serie de tres días y, con eso, la creación. "Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera". Así quiso Dios que fuera con nosotros, mujeres y hombres bajo el sol.

Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra,
y todo el ejército de ellos.
Y acabó D¡os en el día séptimo
la obra que hizo;
y reposó el día séptimo
de toda la obra que hizo.
Y bendijo Dios al día séptimo,
y lo santificó, porque en él reposó
de toda la obra que había hecho en la
creación.
(Gén. 2:1-3)

Queda un día y... una última señal de protesta por descubrir. El Sábado, día especial, día santo. En sólo dos versículos (Gén. 2:2 y 3), la palabra "Shabát" suena 5 veces. Está subrayada entonces con lápiz rojo.

Cuando buscamos el verbo Shabát en un diccionario del hebreo moderno, descubrimos que una de las significaciones principales es entrar en huelga.

Siguiendo nuestro método y buscando en el mundo de Israel por material para ayudarnos, nos encontramos con dos sorpresas.
La primera es que no hay ninguna historia de la creación que, así como la de Gén. 1 , esté repartida en 7 días.

Es muy significativo que el autor de Gén. 1, al componer su relato, tomara como punto de partida la unidad rítmica más fundamental para el hombre: la semana.

Más significativo aún es que introduzca, en esta unidad rítmica fundamental, un día de descanso, decreto promulgado por Dios mismo.

También los babilonios conocían la semana, figura incluso en su mito de creación. Pero lo que no conocían o, mejor dicho, lo que sus esclavos y obreros de construcción no conocían era precisamente el Sábado: un día a la semana para descansar y respirar, renacer un poco.

El Sábado es una institución exclusivamente israelita. En el Antiguo Testamento, Deut. 5:15 toma corno momento de nacimiento del Sábado el día en que el pueblo salió de Egipto (!).

Hablar del Sábado significa hablar de los derechos del trabajador; en un texto muy antiguo se dice así:

Seis días trabajarás
y al séptimo día reposarás,
para que descanse tu buey y tu asno,
y tome refrigerio el hijo de tu sierva
y el extranjero.
(Ex. 23:12)

Sabemos que, durante toda su caminata, Israel trató de mantener vigente esta institución. Pero en el segundo cautiverio, entre los esclavos y despojados, el Sábado llega a tener una importancia especial: marca la diferencia entre esclavitud y libertad.

Para Jeremías (cp. 17:19-25), profeta del segundo cautiverio, guardar el Sábado -también los amos- apresurará la era mesiánica.
El Sábado es el día en que Dios se junta con los trabajadores, los mineros, los pescadores y campesinos para descansar y reanimarse un poco. Que nadie venga a tocar ese derecho porque Dios mismo lo santificó.

 

Un mundo abierto

Llegamos al final de nuestra caminata por estos asombrosos textos de Gén. 1. Textos revolucionarios también, pues tienen su situación vital, su lugar de origen, entre cautivos y desterrados.

Es el diseño de su mundo -mejor o nuevo- que está dibujado en esta historia de la creación. Y el diseño que nos ofrecen se ve lindo.
Donde era de esperar encontrarnos con un mito de la anti-creación -la experiencia diaria de los que en Gén. 1 hablan-, donde era de esperar que se nos hablara de oscuridad, muerte y exilio, ocurre lo opuesto.

Como testimonio de su fe y de su protesta contra todo lo que era poder pervertido y botas revueltas en sangre, nos diseñaron un mundo mejor. Mundo transparente, como una casa acogedora, llena de luz y vida y gente. Mundo abierto para todos, sin que se oyera el sonido de cadenas o gritos de batalla.

Descubrimos que Gén. 1 es producto de los que sembraron con lágrimas. Sembraron con lágrimas estas palabras que acabamos de comentar: cosechémoslas con regocijo, porque nos pueden ayudar a recrear nuestro mundo.

 

Re-creación

El aire es precioso para el hombre rojo, pues todo el mundo comparte el mismo aliento -el animal, el árbol, el hombre-, todos ellos comparten el mismo aliento.
Parece que el hombre blanco no se da cuenta del aliento que respira; se parece a un hombre que está muriendo desde hace mucho y ya no siente el mal olor que lo rodea. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si hubieran desaparecido todos los animales, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Lo que sucede a los animales siempre sucede al hombre mismo. Todas las cosas están conectadas entre sí. Lo que acontece con la tierra, acontece con los hijos de la tierra. Pues, lo que sí sabemos es que la tierra no pertenece al hombre, sino el hombre a la tierra. El hombre no tejió el bordado de la vida, el hombre sólo es un hilo en él.
Lo que el hombre haga con el tejido, se lo hace a sí mismo.

Así le escribió un cacique rojo al gran cacique blanco en Washington a mediados del siglo pasado, cuando el gran cacique blanco quiso comprar más tierras del cacique rojo. Entre aquel momento y ahora, el mal olor se ha difundido por todas partes del mundo y parece que todavía no lo sentimos. No hay gran ciudad que no esté muriendo de a poco; no hay bosque que no esté muriendo de a poco.

Entre todos los atentados que el hombre ha hecho contra otro hombre, es éste el más silencioso y más peligroso, por la sencilla razón de que (todavía) no hay tribunal que esté suficientemente equipado como para procurar la re-creación de la tierra. El atentado contra la naturaleza, los animales, los bosques o, en una sola palabra, esta flor sin defensa que se llama tierra, es un suicidio a largo plazo, con esta diferencia: los que cometen este crimen ya no verán cómo sus hijos y los hijos de sus hijos, algún día, ya no podrán respirar porque el aliento se hizo insoportable.

Es difícil exagerar la importancia que tiene la tierra para los autores bíblicos. En nuestro recorrido por el relato de Gen. 1, pudimos detectar algo de esta cosmovisión: la tierra es la casa del hombre. La tierra es lo que le da la posibilidad de vivir, de respirar.

Al final de esta grandiosa canción de la tierra que acabamos de re-leer, se le dice al hombre: "fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla..." (Gén. 1:28), pero sojuzgar es otra cosa que explotar. Sojuzgar quiere decir: hacerla habitable, convertirla en casa. "No para ruina he creado la tierra, sino para habitarla" dice Dios a través del profeta Isaías.

Es curioso como el profeta Oseas, que profetiza en un momento de gran prosperidad cuando el dios Baal (dios de la productividad) es adorado por doquier, también y sobre todo en Israel, vincula la injusticia con la destrucción de la tierra:

Oíd palabra de Jehová, hijos de Israel,
porque Jehová contiende con los moradores de la tierra;
porque no hay verdad, ni misericordia,
ni conocimiento de Dios en la tierra.
Perjurar, mentir, matar, hurtar y adulterar prevalecen
y homicidio tras homicidio se suceden.
Por eso se enlutará la tierra,
y se extenuará todo morador de ella,
con las bestias del campo
y las aves del cielo;
y aún los peces del mar morirán.
(Oseas 4:1-3)

Ahora, después de más de 27 siglos, la tierra efectivamente se está enlutando, porque sus moradores, las aves del cielo, los peces del mar y las bestias del campo, desaparecen; todos aquellos que también son moradores de la casa de la creación.

En el siguiente capítulo, la historia del paraíso, descubriremos con asombro cómo los autores bíblicos quisieron subrayar que el hombre no es dueño de ¡a tierra, sino que el hombre es tierra.

En la carta del cacique rojo al Presidente de los Estados Unidos que quiso comprar más tierras, hay otro párrafo:

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro carácter. A él le da lo mismo una parte del país u otra, porque es como un extraño que viene en la noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano, sino su enemigo, y cuando la haya conquistado, la abandona. Deja atrás las tumbas de sus padres -y no se preocupa. Roba la tierra de sus hijos -y no se preocupa. Él trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como si fueran cosas que se pudieran comprar o pillar o vender, como si fueran ovejas o perlas resplandecientes. Su hambre destruirá la tierra y no dejará sino un desierto.

Para muchos, la tierra llegó a ser un objeto, una mercancía. Es un objeto que se puede comprar o vender, ensuciar y manchar, según el precio del mercado, como si fuera posible reproducirla cuando sea necesario.

Cuesta entenderlo, pero no hay mejor manera de hipotecar el futuro o, dicho de otra manera, hacer que no haya futuro.

A pesar del hecho de que los que compusieron la canción de la tierra (Gen. 1) no tenían mucha idea de todo el problema ecológico que nos acecha hoy en día, nosotros, en nuestra re-lectura, vemos en estos textos que protestan tan vehementemente contra todo lo que es imperialismo, una protesta contra el imperialismo anti-ecológico.

Para los autores bíblicos, y lo veremos en más detalles en el próximo capítulo, el paraíso es el lugar donde el hombre labra la tierra y no la vende. En "Edén", el hombre, los animales y la tierra se pertenecen mutuamente, son de la misma esencia. En el Antiguo Testamento, la tierra es herencia, herencia inalienable. Sin ella el hombre no podría vivir, porque ella es su madre.

Aunque actualmente hay toda una cultura que no tiene mayores problemas en venderla por dinero, la historia de la creación, -aquí en Gen. 1 y, con mucho más énfasis, en Gen. 2 y 3-, casi desesperadamente nos advierte que no es posible disolver o romper el parentesco que une al hombre con la tierra sin que esto tenga consecuencias gravísimas. Cada bosque que hacemos desaparecer innecesariamente significa un paso más en nuestra caminata hacia el suicidio. De alguna manera, el respeto por la naturaleza, por la tierra misma, no es nada más que el respeto que el hombre debería tener por sí mismo.

Es hora de que empecemos a redescubrir la importancia del tema tierra en la Biblia.

 

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Notas

(1) Véase también Is. 40:27-31; 40:21-24; 44:24-25; 45:12; 44:1-2; 65:17. Salmos 8; 136:5-9; 148; 33:6-9. Job 40-42.

(2) La astrología babilónica llegó a hacer un plano del universo donde los planetas Júpiter, Saturno, Venus, Marte, Mercurio y la Luna, con el Sol en el centro, son los dueños de esferas o círculos concéntricos que rodean la Tierra. Ciertos dioses son identificados con los planetas y astros, y determinan los destinos de la tierra y los hombres.