Francisco, hombre liberado, liberador y libre por Leonardo Boff Extraído del libro Francisco de Asís,
ternura y vigor, editado por CEFEPAL
II. Francisco, hombre liberador III. La estrategia liberadora de Francisco
Francisco de Asís, como persona social, emerge en un momento particularmente privilegiado y, por lo mismo, crítico; es un tiempo de rupturas; algo viejo comienza a morir y algo nuevo comienza a nacer. El modo de producción feudal experimenta estremecimientos, porque su hegemonía se ve amenazada por el emergente modo de producción mercantil de la burguesía comunal. Con su estilo de vida, Francisco refleja la crisis del tiempo, y le da su versión personal a las posibles salidas. Confiesa en su Testamento: "Nadie me enseñaba lo que debía hacer". Pero lo que hace representa, por un lado, una radical crítica a las fuerzas dominantes del tiempo y, por otro, una vigorosa respuesta a las exigencias de la situación. Visto a partir del sistema que define lo que es posible y lo que no lo es, lo que es sensato y lo que no lo es, el camino de Francisco aparece como una locura. Y él tiene conciencia de esto: "El Señor me dijo que quería que yo fuera un nuevo loco en el mundo" (Leyenda de Perusa, 18). Pero esta locura funda una nueva forma de convivencia, abre la posibilidad de un mundo nuevo.
Frente al sistema feudal centrado en los "mayores", Francisco se presenta como "menor", y quiere que su Orden se llame "de los hermanos menores", sujetos a toda humana criatura. Frente a la burguesía, organizada sobre el eje de la riqueza, propone el ideal de pobreza radical. Frente a la Iglesia del tiempo, bajo la hegemonía del "sacerdotium", se presenta como laico. Es un hombre liberado de las ataduras de los distintos sistemas. Esta conciencia se manifiesta en la disputa con su padre, que acudió a los cónsules de Asís para que obligaran a Francisco a restituir el dinero que había distribuido entre los pobres. Lo intiman a comparecer ante ellos. Por toda respuesta, Francisco dice: "Por gracia de Dios soy libre, y no estoy obligado a obedecer a los cónsules, pues soy siervo del Dios altísimo" (Leyenda de los Tres Compañeros, 19). Esta salida del poder es una forma de liberación de Francisco. En la propia constitución del grupo inicial se advierte esta voluntad de liberación del conjunto de las relaciones sociales del tiempo. De los trece hermanos que integran ese grupo, seis provienen de la aristocracia, dos son doctores por la Universidad de Bolonia, cuatro son "boni viri" (personas formadas jurídicamente y capacitadas para ser jueces), uno es sacerdote, otro jurista y miembro del cabildo catedralicio, tres provienen de clases humildes, dos de origen desconocido, y el propio Francisco pertenecía a la burguesía comercial emergente. Todos hacen una opción radical por los pobres y por Cristo pobre, renunciando de antemano a integrar la nueva sociedad que está naciendo. Antes de recurrir a la limosna, trabajan en las leproserías, como empleados domésticos o en el campo. Aun como mendicantes se atienen a lo estrictamente necesario. El grupo de penitentes laicos (Tercera Orden), bajo la inspiración de Francisco, aun permaneciendo en el mundo, de alguna manera se sustraen también al régimen feudal: se proponen no llevar armas de ninguna especie y se niegan a prestar juramento, y entrar así en el orden jerárquico feudal. Más importante que liberarse de la organización social de aquel tiempo, era liberarse para una nueva forma de sociabilidad. Francisco funda una fraternidad verdaderamente utópica, basada en la radical igualdad de todos: "Ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio, y menos entre ellos ... sino que quien quisiere ser mayor sea su ministro y servidor (1 Regla 5,22). Quien asuma una función de coordinación debe comportarse como una madre; revoluciona la relación de los súbditos con los ministros: los súbditos pueden hablar "como señores a sus siervos, pues así debe ser, que los ministros sean servidores de todos los hermanos" (Admonición 4; Carta a todos los fieles). Trata a sus hermanos como caballeros de la Mesa Redonda, para representar plásticamente la igualdad entre todos. Y ante las rupturas y falencias de la comunidad, la medicina está siempre en el espíritu de fraternidad: "No turbarse o airarse por el pecado o el mal ejemplo de los otros", "amonéstenlo, instrúyanlo y corríjanlo humilde y diligentemente..." (1 Regla 5). Esta fraternidad está siempre abierta hacia afuera. Cuando van por el mundo, los hermanos deben comportarse evangélicamente, viviendo pobremente, anunciando la paz, comiendo lo que les pusieren delante, renunciando a cualquier forma de violencia, dando a quien les pida. El "salir del mundo" (exire de saeculo), como se ve, implica un entrar más profundamente en un mundo nuevo. La forma más explícita de esto es ir entre los sarracenos y otros infieles, no, ante todo, para convertirlos y expandir la cristiandad, sino viviendo el evangelio de la fraternidad universal, sometiéndose a toda humana criatura por Dios y confesando que son cristianos. Por lo tanto, la vivencia de la fraternidad y del servicio, más allá de las diferencias de religión y de cultura, está más próxima a la verdad del Evangelio que su mera aceptación doctrinal. Sólo después, "cuando vieren que agrada al Señor, pueden anunciar la palabra de Dios" (1 Regla 16). Como se ve, el criterio no es eclesiástico o de reforzamiento del sistema cristiano, sino teológico: "agradar a Dios". Esta perspectiva de no violencia hacia los sarracenos contraría en su raíz el conocido violentismo de las Cruzadas de la época. Esta fraternidad no sería totalmente abierta y liberada si no se abriera hacia abajo, en una verdadera democracia cósmica con todas las criaturas. Para ser realmente hermano hay que vivir fraternalmente con los pájaros, el fuego, el agua, la cigarra, el lobo, el gusano de los caminos, tratando a todos con respeto y devoción, ternura y compasión. En otras palabras, la relación en la naturaleza no es primariamente de posesión y pertenencia, sino de con-vivencia y convi-vialidad. Todos nos pertenecemos mutuamente en una relación de igualdad y simetría. Si existe algún privilegio en relación con la universalidad de los bienes, debe ser para los pobres, los indefensos y los débiles. En relación con los pobres, Francisco tiene una visión liberadora, evitando el asistencialismo como forma de presencia entre ellos. No señaló a sus seguidores ninguna actividad apostólica específica. No creó hospitales, lazaretos u otras obras asistenciales, porque no veía a los pobres primariamente como objeto de ayuda. Ser pobre como ellos está supeditado al estar con los pobres en profunda solidaridad. Francisco se hace voluntariamente pobre para poder con-vivir con ellos y formar una comunidad de vida. Con frecuencia, uno de los dos hermanos que salían a predicar el Evangelio era un leproso. Vemos aquí en acción no una pedagogía para el oprimido, sino una pedagogía del oprimido: es la manera de rescatar el valor del pobre, su fuerza de evangelización, y de evitar una ayuda que no está al servicio de su creatividad y sus valores. La solidaridad física con los pobres implica una profunda liberación en términos de humanización. El hecho de compartir sus miserias, demostrarles afecto, abrazarlos y besarlos, consolarlos y socorrerlos en sus necesidades, confiere a la pobreza una dignidad humana imperceptible para el que carece de sensibilidad. En otras palabras, la humanidad negada a los pobres y miserables no es anulada, sino que está presente ahí en signos contradictorios; una vez asumidos estos signos se rasga como un velo y resplandece cálidamente la humanidad con su sed de participación, respeto, comunicación, solidaridad y su impulso de ascensión más allá de la lucha por la pura sobrevivencia, en la dirección de la captación de lo bello, lo justo, lo sagrado. Y, entonces, se aquilata la verdad de aquello que dijo monseñor Helder Cámara, el gran actualizador de San Francisco en nuestro medio: "Nadie es tan pobre que no pueda dar, ni tan rico que no pueda recibir". En el dar y el recibir se alimenta y construye la vida humana en cuanto humana, más allá de las diferencias de clases. En el dar y recibir compartidos, el pobre siente que su propia pobreza se humaniza. Y en este contexto adquieren relevancia la cortesía, "hermana de la caridad y uno de los atributos de Dios" (Florecillas, 37), la disponibilidad, el servicio humilde y la profunda compasión y ternura de Francisco por los más necesitados. Son formas de comunicación que humanizan y liberan.
Uno de los valores globales vividos por Francisco, junto a la pobreza y minoridad, es la paz. No pasa ingenuamente por el mundo; sabe que él constituye la regio dissimilitudinis, "región de desigualdades", como él mismo lo llama, y que detrás de esas desemejanzas se camuflan las injusticias y las violencias. Especialmente la propiedad mantiene estrechas vinculaciones con la violencia o la pérdida de paz y tranquilidad del corazón. El obispo Guido juzgó oportuno advertir a Francisco sobre la dureza de su vida a causa de la renuncia a toda clase de bienes; Francisco respondió con realismo: "Señor, si tuviéramos bienes, necesitaríamos armas para defenderlos. Y de ahí surgen los litigios y las contiendas que de muchas maneras impiden el amor de Dios y del prójimo. Por lo tanto, no queremos tener nada propio en este mundo" (Leyenda de los Tres Compañeros, 35). El saludo que los hermanos llevan por el mundo es "Paz y Bien". Y siempre que Francisco comienza su predicación invoca la paz, diciendo: "El Señor les dé paz". A toda la Orden encomienda una verdadera "misión de paz" (legatio pacis). Exige a los hermanos una actitud de paz irrestricta, hasta el punto de recomendarles: "A todo aquel que se les acerque, sea amigo o enemigo, ladrón o salteador, recíbanlo con bondad" (1 Regla, 7). En una sociedad turbulenta como la suya, en la que pululaban los bandidos y salteadores entre una y otra ciudad, semejante actitud no podía menos de parecer audaz y revolucionaria. Más aun: "La paz que anuncian de palabra deben tenerla antes en sus corazones. Que nadie sea provocado por ustedes a la ira o el escándalo, sino que todos, por vuestra mansedumbre, sean llevados a la paz, la benignidad y la concordia. Pues para esto han sido llamados" (Leyenda de los Tres Compañeros, 58). Lo que se pide, por lo tanto, es que los hermanos sean actores de liberación de las rupturas y odios entre los hombres. Francisco mismo se tomó muy en serio esta misión de mediador, es decir, se comprometió con la paz como un auténtico liberador en diversas ocasiones en Perusa, Bolonia, Arezo, Siena y Asís. Conocida es, especialmente, la reconciliación entre el obispo de Asís y el podestà lograda por Francisco, ocasión en que agregó al "Cántico de las criaturas" una estrofa alusiva a esa circunstancia: "Loado seas, mi Señor por los que perdonan por tu amor y soportan las injurias y la tribulación. Bienaventurados quienes perseveran en la paz, porque serán coronados por ti, Señor". No menos famosa es la mediación de Francisco ante el sultán Melek-al-Kamil, con ocasión de las Cruzadas. En junio de 1219 se reúne con los cruzados en Damieta; observa la violencia reinante e intenta sin éxito impedir la continuación de la guerra, asistiendo a la completa derrota de los cristianos. Pero sus esfuerzos por lograr la paz valieron la pena. Enseguida, sin ninguna defensa, se presenta a cara descubierta ante el ejército musulmán y es llevado ante el sultán. El hecho está envuelto en leyendas; pero Francisco causó un profundo impacto en el sultán gracias a su simpatía, tolerancia, respeto y amor por la paz. La libertad de los hermanos para poder ir y venir y custodiar los lugares sagrados de Palestina está ligada a este gesto pacificador y de no violencia iniciado por el Fratello. En relación con los grupos heréticos, también ellos pobres y evangélicos como Francisco, pero contestatarios frente a la institucionalidad de una iglesia poderosa, guerrera y rica, el Poverello se comportó con sumo respeto y discreción. Estos herejes abundaban en Asís, Espoleto y otras ciudades vecinas y llegaron hasta infiltrarse en el movimiento franciscano. En los escritos de Francisco se alude a ellos de una manera indirecta, como medida para protegerse contra ellos; nunca los ataca, pues no quiere destruir posibles puentes enfrentándolos armado, de acuerdo con la política de la época. Esta misma actitud creadora y promotora de paz la vive con los animales. Libera a los pájaros enjaulados, a la oveja llevada al matadero y se indigna con quienes maltratan a estas criaturas de Dios.
La estrategia liberadora de Francisco ¿Cuál es la estrategia utilizada por Francisco para liberar a los hombres de los sentimientos y prácticas que los llevan al odio y la violencia? Tocamos, aquí, el punto tal vez más original de su perspectiva frente a los conflictos sociales e históricos. Abordaremos el tema refiriéndonos a dos leyendas que, como todas las leyendas, conservan el espíritu mejor que la letra de los hechos: la de los ladrones de Borgo San Sepolcro y la del lobo de Gubbio. En la primera se trata de una pedagogía de conquista y liberación. Los ladrones se ocultaban en el bosque saqueando los alrededores y asaltando a los transeúntes. Movidos por el hambre, piden pan en el eremitorio de los hermanos. Conmovidos por su necesidad, los hermanos los socorren, aunque no sin remordimientos: "No sería correcto dar limosna a estos ladrones que hacen tanto mal Presentan la cuestión a Francisco, que sugiere varios pasos para enfrentar la situación: a) llevar pan y vino de la mejor calidad al bosque y gritar: "Hermanos ladrones, acérquense. Somos sus hermanos y les traemos un buen vino". Los ladrones se acercan y toman el pan y el vino servidos por los hermanos; b) sólo entonces les hablarán de Dios, pero no les pidan que abandonen su vida de ladrones; sería pedir demasiado, para no conseguir nada; pedirles lo que efectivamente pueden dar: cuando roben no golpeen ni hagan daño a nadie; c) al día siguiente, repetirán el mismo rito de aproximación, pero con mejores provisiones, como huevos duros y queso; d) los ladrones comen y se les hace una nueva propuesta: tienen que abandonar esa vida de sufrimiento y de hambre; a quien le sirve, Dios le da lo necesario para el cuerpo y la salvación para el alma; e) finalmente, los ladrones se convierten a causa de la cordialidad y la bondad de los hermanos y algunos aceptan incorporarse a la fraternidad. Como se ve, hay una renuncia explícita a la acusación, a la censura y la condenación. La estrategia privilegia la bondad, la cordialidad, la paciencia, la confianza en las sanas energías que se ocultan en cada uno y que pueden ser activadas por el cuidado y la comprensión. Esta perspectiva presupone la superación de todo fariseísmo y maniqueísmo, que colocan todo lo bueno de un lado y todo lo malo del otro. Supone que en cada persona hay un posible ladrón y en cada ladrón un posible hermano. Y el hermano santo y bueno que hay dentro del ladrón puede ser rescatado si prodigamos ternura, comprensión y cuidado. Es la estrategia de Francisco, la liberación por la bondad. Esta estructura emerge con mayor claridad en la leyenda del lobo de Gubbio. Más allá de su contenido histórico, hay en esta leyenda un interés analógico muy grande. Si observamos bien, no existe el lobo malo por un lado y la gente buena por el otro. Lo que ocurre, en verdad, es la vigencia del lobo selvático "grandísimo, terrible y feroz", como lo pinta la leyenda, y del otro lobo de la ciudad, armado y lleno de miedo. En otras palabras, se trata de dos actores que se enfrentan y cuya única relación es de violencia y mutua destrucción. ¿Cuál es la estrategia de Francisco? Su perspectiva no es forzar una tregua, una especie de equilibrio de fuerzas inspirado por el miedo. Tampoco su estrategia consiste en tomar partido por uno u otro bando. Sabe evitar el fariseísmo, fácilmente detectable en situaciones de conflicto en las que cada agente social piensa más o menos así, y obra en consecuencia: malos son los otros, no yo, por eso deben ser destruidos. Nadie cuestiona la propia posición por temor a descubrir el lobo malo de sí mismo, conviviendo tensamente junto a la buena gente. El camino es evangélico, camino nuevo que se descubre únicamente cuando cada uno se dispone a cambiar de rumbo dirigiéndose hacia el otro. El desafío liberador es hacer hombres nuevos de las dos clases de lobos. Así procede Francisco, el pobre?impotente y el pobre?desarmado. Toma el camino del lobo. No va en representación de los ciudadanos armados; va como pobre, como ciudadano del Reino de los cielos, fascinado por la novedad del Evangelio. Cierra las fauces del lobo con el lenguaje de la fraternidad: "Hermano lobo, acércate". Hace reconocer al lobo su situación de "merecedor de la horca, ladrón y homicida pésimo". Pero también sabe que "todas estas fechorías las hiciste empujado por el hambre". Con la promesa de recibir el alimento necesario, el lobo promete no dañar nunca más a nadie. Convirtió al lobo en hermano lobo, un ser nuevo. La estrategia de Francisco con los lobos de la ciudad (los ciudadanos armados y miedosos) sigue los mismos pasos. No les da la razón, sino que los llama a la conversión: "Volved a Dios, carísimos, y haced dignos frutos de penitencia de vuestros pecados, y Dios os librará del lobo en el tiempo presente y del fuego del infierno en el venidero". De este cambio en unos y otros puede brotar la paz: el lobo de la selva frecuenta la casa de los hombres y los hombres le dan lo necesario para vivir. Esta paz no es la victoria de uno de los bandos, sino la superación de los bandos y los partidos. Es la paz verdadera, que significa, en una feliz expresión de Pablo VI, el "equilibrio del movimiento". Este movimiento no se orienta en contra del otro, sino hacia el fondo y hacia adelante; hacia el fondo por la conversión de cada uno, hacia adelante por la creación de una convergencia que no es una tercera vía, sino el camino nuevo de la fraternidad y de la paz, que nadie las posee por sí mismo, pero que todos están obligados a construir. Nuevamente el procedimiento propio de Francisco no reside en exacerbar las contradicciones o hurgar en la dimensión de las sombras de la existencia, allí donde se agazapan los odios, las venganzas y el espíritu de dominación. Da un voto de confianza a la capacidad liberadora de la bondad, la ternura, la paciencia, la comprensión. "Francisco comprende las situaciones. Donde nosotros no vemos casi siempre sino vicio y maldad, él descubre en el acto una secreta amargura, un fondo de verdad ignorada, en fin, una criatura que salvar. Es decir, es un hombre bueno de verdad" (E. Leclerc, Destierro y ternura). Para conseguir la paz excluye toda violencia, empeña su propia persona -como lo hemos visto en varios ejemplos-, la fuerza persuasiva de la palabra, la poesía, la canción. La paz no es sólo una meta que hay que alcanzar, sino también un método. Por eso, las primeras biografías enfatizan con razón que anunciaba siempre "el evangelio de la paz", que era "un ángel de la paz" y que exhortaba a los hermanos diciendo: "Vayan y anuncien a los hombres la paz" (Leyenda mayor, pról. y 3,7). "Esta paz -comenta Tomás de Celano- la anunciaba siempre sinceramente a hombres y mujeres, a todos los que encontraba o se acercaban a él. De este modo conseguía frecuentemente, con la gracia de Dios, que los enemigos de la paz... se convirtieran en hijos de la paz" (Tomás de Celano, Vida primera, 23).
De las reflexiones que preceden, surge cristalina la dimensión de la libertad en Francisco. Él fue, fundamentalmente, un hombre libre. La frescura de la libertad irradia de sus gestos y sus palabras. Esta libertad es el fruto de un doloroso proceso de liberación. Y la conquista de la libertad revela la madurez de una personalidad que siempre buscó la ascensión y la inmersión en la propia profundidad. Celano ve ya en el propio nombre -Francisco- la expresión "de un corazón franco y noble; los que tuvieron la oportunidad de experimentar su magnanimidad saben qué generoso y liberal fue siempre, con todos, cuán firme e impávido se mostró en todo, y con qué fuerza y vigor menospreció las cosas del mundo" (¡bid., 120). Todas estas cualidades concretizan la práctica de una inmensa libertad, origen de la fascinación de Francisco. La misma Regla de los hermanos menores expresa la soberanía de la libertad; se encuentra en ella un mínimo de ley con un máximo de espiritualidad, un mínimo de organización con un máximo de evangelio. Cuando, más tarde, algunos hermanos "notables por su ciencia y doctrina" le sugirieron al cardenal Hugolino la necesidad de algunas normas y prescripciones para facilitar la organización de la comunidad, Francisco, trémulo, tomó al Cardenal de la mano, lo condujo ante la asamblea de los hermanos, y defendió la libertad con estas palabras: "Hermanos míos, hermanos míos, el Señor me mostró el camino de la humildad y simplicidad. No me habléis de otra regla, ni de la de San Agustín, ni la de San Benito, ni la de San Bernardo. El Señor me dijo que quería hacer de mí un nuevo loco en el mundo y no quiere conducirnos por otro camino sino el de esta sabiduría" (Leyenda de Perusa, 18). El camino de la simplicidad y la vía de la humildad constituyen el derrotero de la libertad, puesto que implican un proceso de simplificación, es decir, una liberación de los elementos superfluos y accesorios y una contracción a lo esencial. Para Francisco, lo esencial es Cristo, y Cristo se encuentra en el Evangelio, que él quiere seguir a la manera de los pequeños que imitan a los mayores con simplicidad, de acuerdo con la manera de entender de cada uno. Esta visión evangélica es entendida por Francisco como un "ir por el mundo" como peregrino y extranjero, sin ninguna estabilidad. Cuando Dama Pobreza preguntó a los hermanos dónde moraban, éstos la condujeron a una montaña. Con un gesto le señalaron la amplitud del horizonte, y le dijeron: "Señora, éste es nuestro claustro" (Sacrum Commercium, 63). Como el mundo es ancho, hay un lugar para todos y para el camino de cada uno en la observancia del Evangelio. Se percibe en Francisco un profundo respeto por cada individualidad, pues cada uno es conducido por el Espíritu del Señor. Las Reglas (primera y segunda) están llenas de expresiones que incitan a la libertad, la creatividad y el respeto por las decisiones personales: "Como mejor te pareciere a ti y a Dios" (1 Regla 22), "lo que el Señor te inspire", "hazlo con la bendición de Dios" o "conforme al Evangelio", "de acuerdo con tu parecer". Por ejemplo, cuando se trata del ingreso en la Orden, los candidatos "vendan cuanto poseen, y esfuércense por distribuirlo entre los pobres; pero si no lo pudieren hacer, basta la buena voluntad. Y guárdense los hermanos y sus ministros de tener solicitud por sus cosas temporales, para que ellos, como les inspirare el Señor, dispongan de ellas con libertad" (2 Regla 2,7). Así, se deja a la libre decisión de cada uno remendar o no los hábitos, tener o no los libros necesarios para la oración litúrgica, tener o no instrumentos de trabajo, libertad de comer de todo lo que les pusieren delante, libertad para elegir el trabajo, siempre que no sea contrario a la simplicidad de la vida franciscana. Libertad de asociar o disociar el trabajo del sustento de la vida, libertad de permanecer entre los cristianos o ir entre los infieles, libertad de elegir la manera de estar presente entre estos últimos por medio del servicio o la predicación y muchas más. No es de extrañar que, a la luz de esta libertad vivida, Francisco quisiera que el Espíritu Santo fuera el ministro general de la Fraternidad (Tomás de Celano, Vida segunda), porque "deben desear tener ante todo el Espíritu del Señor y su santa operación" (1 Regla 10), y hay que obedecer siempre al Espíritu. Si, por un lado, Francisco es radical en su opción por la pobreza y la simplicidad, por otro es profundamente libre frente a sí mismo y a los demás. Se viste pobrísimamente y come lo que dejan los demás, pero se mantiene libre de toda envidia o fariseísmo interior. Por eso, exhorta a los hermanos a "no despreciar ni juzgar a los hombres que visten ropas coloridas y delicadas, y toman alimentos y bebidas finos, sino que cada uno se juzgue y menosprecie a sí mismo" (2 Regla 2). De esta manera amonesta a no pensar mal de los ricos, a pesar de la profunda ambigüedad de toda riqueza. De esta manera es libre para frecuentar las casas de los poderosos de este mundo, que "le ofrecen y aun le imponen la hospitalidad", como él mismo dice (Leyenda de Perusa, 97). Pero ni aun así, con escándalo del cardenal Hugolino, acepta comer con ellos, saliendo a comer de limosna y dejando en claro que su opción básica es la pobreza; está presente entre los ricos, pero a partir de los pobres. Francisco da las razones de esta libertad frente a todos y también frente a los ricos, considerados como señores y hermanos, "porque ellos son hermanos en cuanto creaturas de Dios y son sus señores en cuanto ayudan a los buenos a hacer penitencia, suministrando lo necesario al cuerpo" (Leyenda de Perusa, 95). Como se advertirá, Francisco se sitúa en una dimensión de profundidad, desde la cual las diferencias entre los hombres son de segundo o tercer orden, no obstante su verdad y su peso. Hay un cordón umbilical de fraternidad entre los hombres que no puede ser cortado: el hecho de permanecer ligados a Dios y en las manos del Padre de bondad. Comprender esto es vivir libre de todas las fracturas por la historia y por la voluntad de poder de los hombres, experimentar la unidad con todos más allá de las divisiones, siempre dolorosas. Más aun, Francisco se muestra hasta tal punto libre que propone convivir alegremente con todas las contradicciones. Al ministro de los hermanos menores que se queja de la enemistad y aun de la violencia de que es víctima, le responde: "Ama a los que así te tratan y ni siquiera exijas que sean mejores cristianos, y si pidieren misericordia, por muchos que hayan sido sus pecados, trátalos con misericordia, y si no la buscan, pregúntales si no la desean. Y si reinciden una y otra vez en sus pecados, ámalos más que a mí y compadécete siempre de estos hermanos" (Carta a un Ministro). Nuevamente, lo que determina la relación es la bondad y no el espíritu de revancha. No se honra al Creador maldiciendo de las criaturas. Francisco no quiere que se hable demasiado de las miserias humanas, a fin de que con nuestras razones no lleguemos a ser injustos con Dios. La suprema expresión de la libertad de Francisco está contenida en la parábola de la perfecta alegría. Aunque a uno le sucedan las cosas más increíbles o aunque sea rechazado de su propia casa, si tiene paciencia y permanece imperturbable, en eso consiste la verdadera alegría, la verdadera virtud y salvación del alma. La verdadera libertad se realiza allí donde la persona se autodetermina para convivir con todas las criaturas, independientemente de su situación, sirviéndolas con cortesía e incluyendo a los animales, como Francisco quería. A causa de la libertad que conquistó para sí mismo, San Francisco anima todos los procesos verdaderos de liberación que buscan, a través de una acción solidaria, crear y ampliar el espacio de la libertad.-
Más sobre Francisco de Asís Orden de los Hermanos Menores (sitio oficial) Francisco: Ecología y lucha por la justicia en Grupo de Reflexión Fray Pacífico de Pobladura San Francisco: poeta de la paz en franweb.com Oraciones de San Francisco de Asís en El Ángel de la Web
|