Ciencia y fe por Felipe Elgueta Frontier, B.Q.
La ciencia como conocimiento de origen humano
Como bioquímico cristiano, me he tropezado con situaciones muy curiosas en lo referente a la relación entre la ciencia y la fe. Muchos se asombran de que pueda compatibilizar mi fe con mi formación científica, una mezcla que yo también creía imposible en los años anteriores a mi encuentro con Cristo. En aquellos tiempos, la ciencia me parecía la única fuente confiable de conocimiento objetivo, mientras veía a la fe sólo como la puerta de entrada a un mundo de superstición y falsedad; sin embargo, en mi caminar con Cristo he ido aprendiendo que la situación es bien distinta de lo que yo imaginaba.
La ciencia como conocimiento de origen humano
La ciencia es un producto humano y, como tal, tiene sus limitaciones. Éste no es un cliché religioso; es, también, un aspecto central dentro de la actual epistemología o filosofía de las ciencias.
La Biblia nos describe al ser humano como una criatura de Dios. Como tal, su forma de interactuar con el mundo, su forma de conocerlo y modificarlo, depende de las capacidades que Dios le ha dado. Estas capacidades, aunque enormes, son limitadas, ya que sólo son un reflejo (la imagen y semejanza de Génesis 1:26-27) del infinito poder de su Creador. De ahí que no sea de extrañar que los epistemólogos contemporáneos consideren que el conocimiento depende y está limitado por la estructura de quien realiza el acto de conocer; es decir, que todas nuestras experiencias son construidas por nuestra mente y, por lo tanto, dependen de ella y están limitadas por ella. En este modelo es imposible aludir a algo absoluto u objetivo, pues la descripción de la realidad dependerá siempre de las características del observador.
En este contexto, la ciencia se alza como el esfuerzo humano más logrado para construir una descripción colectiva de la realidad. Esta descripción puede parecer objetiva, pero en realidad es inter-subjetiva, porque surge de una red de acuerdos al interior de una comunidad de científicos.
La expresión científicamente demostrado tiende a generar una actitud reverencial, pues parece aludir a una verdad absoluta, cuando tan sólo significa que existe acuerdo al interior de la comunidad científica en cuanto a aceptar una cierta hipótesis o teoría como verdadera. Sin embargo, este acuerdo debe estar sujeto a permanente revisión. Con frecuencia, se describen nuevas experiencias que no son explicables por medio de algún modelo aceptado, lo que obliga a modificarlo, o desecharlo y elaborar uno nuevo. Éste es un elemento básico de los llamados avances de la ciencia. Sin embargo, a la luz de estas consideraciones, el conocimiento científico, más que avanzar, parece estar modificándose para adaptarse a un permanente flujo de nuevas descripciones. En este escenario es imposible aferrarse a algo absoluto y permanente.
Como dice el libro de Hebreos, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (1), lo que nos evoca la afirmación de Pablo acerca de que los cristianos andamos por fe, no por vista (2). Del mismo modo, ante el famoso ver para creer de Tomás, el Cristo resucitado responde bienaventurados los que no vieron, y creyeron (3). Por el contrario, la ciencia se construye a partir de lo que se ve, lo que se mide, lo que se pesa. La fe nos permite trascender a todos estos medios humanos para interactuar con la realidad y nos pone en contacto con lo absoluto.
El apóstol también declara que su predicación a los corintios no fue con palabras persuasivas de humana sabiduría para que su fe no estuviera fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios (4). Pablo tenía razón al decir que la verdadera fe no podía asentarse sobre el conocimiento construido por el hombre, pues ni siquiera el más refinado de los saberes científicos nos permite aludir a lo absoluto. La verdadera fe se vive no mirando las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas (5).
El conocimiento científico, por útil que nos haya resultado para cumplir con el mandato divino de señorear sobre la Creación (6), no debe constituirse en objeto de fe. Sin embargo, es precisamente esto lo que ha ocurrido como fruto del creciente impacto de su aplicación en el desarrollo de nuevas tecnologías.
Esto ha sido alimentado por la formación de científicos con una escasa o nula instrucción en los ámbitos de la epistemología y la historia de las ciencias. El conocimiento de la epistemología actual permitiría a los científicos considerar la idea de que, por mucho que estudien la realidad, nunca podrán determinar científicamente si ésta es verdaderamente real o es sólo fruto de una alucinación colectiva como la del filme The Matrix. El estudio de la historia de las ciencias proporcionaría una mayor conciencia de cómo el conocimiento científico ha ido construyéndose paso a paso a través del tiempo, por medio de una serie continua de discusiones y acuerdos, en lugar de ser el fruto de una seguidilla de descubrimientos de verdades absolutas y permanentes.
En Éxodo 20:2, Jehová dice a Israel: yo te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. Luego de esta declaración fundamental, Jehová enuncia los diez mandamientos, cuyo propósito era proteger la libertad que Él había dado a su pueblo. Desde esta perspectiva, podemos decir que el sentido de los versículos 4 y 5 es no perderás la libertad que te di, haciéndote esclavo de ídolos. Por ello, la idolatría es esclavitud.
La idolatría es un pecado frecuentemente condenado en la Biblia. Se trata básicamente de hacerse falsos dioses. Sin embargo, al analizar qué se entiende por ídolo, encontramos algunos aspectos más específicos (7), entre ellos: a) son obras de manos de hombres (estatuas de metal, esculturas, piedras pintadas, etc.), y b) son representaciones de elementos de la Creación. En la idolatría, el ser humano elabora una creación propia, imitando la Creación de Dios, y le rinde culto. La relación con Dios se rompe, puesto que el ser humano no pone su fe en el Creador del universo, sino que le da la espalda, y rinde culto a una creación elaborada por él mismo.
Al igual que los ídolos bíblicos, la ciencia es una creación humana usada para representar la Creación de Dios. De este modo, la fe en el conocimiento científico es también una idolatría, en la que el ser humano pone su fe en una creación propia y, por lo tanto, en sí mismo y en su limitada capacidad para conocer.
Como hemos visto, el conocimiento científico y la fe necesariamente deben moverse en planos distintos, pero complementarios. La ciencia nos permite elaborar colectivamente una descripción de la realidad que nos faculta para interactuar con ella de una manera más provechosa. Por otro lado, la fe nos da la libertad de ir más allá, hacia los dominios de lo absoluto.
Para los cristianos, la expresión no somos del mundo pero estamos en el mundo (8) cobra, así, renovada validez. Mientras que la ciencia funciona dentro de los marcos y limitaciones del mundo, la fe nos permite apartarnos de ellos y obtener una mirada desde afuera; una mirada libre, aquella con la que Jesucristo analizaba y criticaba la realidad que le tocó vivir. Concepción, 2001
El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor?¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo. I Corintios 2:14-16
Bibliografía Si quieres saber más sobre el enfoque constructivista de la filosofía de las ciencias, puedes revisar los libros del chileno Humberto Maturana (El árbol del conocimiento y El sentido de lo humano, entre otros). Puedes encontrar artículos más específicos de otros autores en la Revista Cinta de Moebio de la Universidad de Chile.
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