La renuncia de un cura por Leonardo Boff
La experiencia subjetiva que tomé en estos 20 años en las vueltas con el poder doctrinal es ésta: él es cruel y sin piedad, nada olvida, nada perdona, todo cobra y para eso se toma el tiempo necesario y se da los medios para llegar a su fin. Leonardo Boff
En 1992, el teólogo brasileño Leonardo Boff formalizaba su renuncia a la Orden de los Hermanos Menores (Franciscanos). "Todo tiene límite. Llegó mi límite", afirmó. Boff se había caracterizado por su reflexión teológica sobre el poder como servicio en la Iglesia. Sus planteamientos, que implican una crítica a la estructura, le valieron -en 1985- una condena de "silencio obsequioso" por parte del Vaticano. El proceso punitivo y de continuas censuras al que fue sometido lo llevó finalmente a solicitar la reducción al estado laical, procedimiento formal para abandonar sus funciones de sacerdote. A continuación reproducimos íntegramente la carta pública redactada por el teólogo para exponer las razones de su decisión.
Carta a los compañeros y compañeras de caminata y de esperanza Publicada en "Pastoral Popular", N°220.
Hay momentos en la vida en que una persona, para ser fiel a sí misma, tiene que cambiar. Cambié. No de batalla sino de trinchera. Dejo el ministerio presbiteral pero no la Iglesia. Me aparto de la Orden Franciscana, pero no del sueño tierno y fraterno de San Francisco de Asís. Continúo siendo y seré siempre teólogo, de matriz católica y ecuménica, a partir de los pobres, contra su pobreza y en favor de su liberación. Quiero compartir con los compañeros y compañeras de camino las razones que me llevaron a tal decisión. De antemano digo: salgo para mantener la libertad y para continuar un trabajo que me estaba siendo grandemente impedido. Este trabajo ha significado la razón de mi lucha en los últimos 25 años. No ser fiel a las razones que dan sentido a la vida, significa para alguien, perder la dignidad y diluir la propia identidad. No lo hago. Y pienso que Dios también no lo quiere. Recuerdo la frase de José Martí, notable pensador cubano del siglo pasado: "No puede ser que Dios ponga en la cabeza de personas un pensamiento y que un obispo, que no es tanto como Dios, prohíba expresarlo". Pero rehagamos un poco la trayectoria.
A partir de los años 70, junto con otros cristianos intenté articular el evangelio con la injusticia social y el grito de los oprimidos con el Dios de la vida. De eso resultó la teología de la liberación, la primera teología latinoamericana de relevancia universal. Por ella intentábamos rescatar el potencial liberador de la fe cristiana y actualizar "la memoria peligrosa" de Jesús rompiendo aquel círculo férreo que mantenía aquí al cristianismo cautivo de los intereses de los poderosos. Esa diligencia nos llevó a escoger a los pobres y marginados. Fuimos evangelizados por ellos. Quedamos más humanos y sensibles a su pasión, pero también más lúcidos en el descubrimiento de los mecanismos que los hacen siempre sufrir de nuevo, de la ira sagrada pasamos a la práctica solidaria y a la reflexión comprometida. Hemos soportado, en comunión con ellos, la maledicencia de aquellos sectores sociales que encuentran en el cristianismo tradicional un aliado en la mantención de sus privilegios a pretexto de preservar el orden que es para las grandes mayorías pura y simplemente desorden. Sufrimos al ser acusados por nuestros hermanos de fe de herejes y de mancomunados con el marxismo y de ver los lazos de la fraternidad rotos públicamente.
2. La organización de la Iglesia Siempre sustenté la tesis de que una iglesia sólo es verdaderamente solidaria con la liberación de los oprimidos, cuando ella misma en su vida interna supera estructuras y hábitos que implican la discriminación de las mujeres, la disminución de los laicos, la desconfianza de cara a las libertades modernas y al espíritu democrático y la demasiada concentración del poder sagrado en las manos del clero. Con frecuencia hice la siguiente reflexión que aquí repito: lo que es error en la doctrina sobre la Trinidad no puede ser verdad en la doctrina sobre la Iglesia. En la Trinidad se enseña que no puede haber jerarquía, todo el subordinacionismo es allí herético, las personas divinas son de igual divinidad, de igual bondad y de igual poder. La naturaleza intima de la Trinidad no es soledad sino comunión. La pericoresis o interrelacionamiento de vida y de amor entrelaza a las tres personas divinas con tal radicalidad que no tenemos tres dioses sino un solo Dios comunión. Pero de la Iglesia se dice que es esencialmente jerárquica y que la división entre clérigos y laicos es de institución divina. No estamos contra la jerarquía. Si hay jerarquía, porque ése puede ser un imperativo cultural legitimo, será siempre en un buen raciocinio teológico, jerarquía de servicio y de funciones. Si no fuera así ¿cómo afirmar verdaderamente que la Iglesia es la imagen de la Trinidad? ¿Dónde queda el sueño de Jesús de una comunidad de hermanos y de hermanas si hay tantos que se presentan como padres y maestros cuando Él dijo explícitamente que tenemos un solo padre y un solo maestro? (Mateo 23:8-9). La actual forma de organizarse de la Iglesia (no siempre fue así en la historia) crea y reproduce más desigualdades que lo que actualiza y viabiliza la utopía fraterna e igualitaria de Jesús y de los apóstoles.
Por éstos y semejantes postulados que de hecho se insertan en la tradición profética del cristianismo y en el ideario de los reformadores, comenzando por Francisco de Asís, caí bajo la severa vigilancia por parte de las autoridades doctrinales del Vaticano. Directamente o por autoridades intermedias, esa vigilancia fue como un torniquete que se cerraba más y más hasta volver mi actividad teológica de profesor, conferencista, asesor y escritor, prácticamente imposible. Desde 1971 he recibido frecuentemente cartas y amonestaciones, restricciones y puniciones. No se diga que no colaboré. Respondí a todas las cartas, negocié dos veces mi alejamiento temporario de la cátedra, enfrenté el "diálogo" en Roma delante de la más alta autoridad doctrinal de la Iglesia romano-católica, en 1984. Acogí el texto de condenación de varias de mis opiniones en 1985, y después, contra el sentido del derecho -pues me había sometido a todo- fui castigado con un tiempo de "silencio obsequioso". Acepté diciendo: "prefiero caminar con la Iglesia (de los pobres y de las comunidades eclesiales de base) que caminar solo con mi teología". Fui depuesto de la redacción de la Revista Eclesiástica Brasilera y apartado de la Editora Vozes. Me impusieron un estatuto especial fuera del derecho canónico al obligarme a someter cada escrito mío a la doble censura previa: una interna de la orden franciscana y la otra del obispo a quien cabe dar el "imprimatur" (imprímase). Todo acepté y a todo me sometí. Entre 1991 y 1992 se cerró todavía más el cerco. Fui depuesto de la revista Vozes (la más antigua revista de cultura de Brasil, de 1904). Fue impuesta la censura a la revista Vozes y a todas las revistas que allí se publican. A mí se me exigió nuevamente la censura previa sobre cada escrito, artículo o libro, y ella fue aplicada con celo y por un tiempo indeterminado se me debería apartar de la enseñanza común de la teología. La experiencia subjetiva que tomó en estos 20 años en las vueltas con el poder doctrinal es ésta: él es cruel y sin piedad, nada olvida, nada perdona, todo cobra. Y para eso se toma el tiempo necesario y se da los medios para llegar a su fin: el encuadramiento de la inteligencia teológica. Actúa directamente o usa instancias intermediarias u obliga a los hermanos de la Orden Franciscana a ejecutar una función que sólo cabe por el derecho canónico a quien es autoridad doctrinal (obispos y a la Congregación para la Doctrina de la Fe). La sensación que tengo es que llegué delante de un muro. No puedo avanzar más. Retroceder implicaría sacrificar la propia dignidad y renunciar a una lucha de tantos años. No todo vale en la Iglesia, y el propio Jesús murió para testimoniar que ningún todo vale en este mundo. Hay limites intransferibles, el derecho, la dignidad, la libertad de la persona humana. Quien se agacha continuamente acaba por quedar encorvado y deshumanizado. La Iglesia jerárquica no detenta el monopolio de los valores evangélicos ni la Orden Franciscana es la única heredera del Sol de Asís. Existe todavía la comunidad cristiana y la corriente de fraternidad franciscana en las cuales me podré situar en jovialidad y libertad. Antes que amargarme por ver destruidas en mí las bases humanas de la fe y de la esperanza cristiana, y sacudida la imagen evangélica del Dios comunión de personas, prefiero cambiar de camino. No de dirección. Las motivaciones axiales que inspiraron mi vida continuarán inalteradas. La lucha por el Reino que comienza por los pobres, la pasión por el evangelio, la compasión con los sufrientes de este mundo, el compromiso con la libertad de los oprimidos, la articulación entre el pensamiento más crítico con la realidad más deshumana y el cultivo de la ternura para con cada ser de la creación a la luz de la práctica de San Francisco de Asís. No dejaré de amar el carácter misterioso y sacramental de la Iglesia y comprender sus limitaciones históricas con la lucidez y la necesaria tolerancia.
Hay innegablemente una crisis grave en la Iglesia romano católica actual. Dos actitudes básicas se confrontan duramente; la primera cree en la fuerza de la disciplina y la segunda en la fuerza intrínseca del curso de las cosas. La primera estima que la Iglesia tiene necesidad de orden y por eso coloca todo el peso en la obediencia y en el sometimiento de todos. Esa actitud es mayoritariamente asumida por sectores hegemónicos de la administración central de la Iglesia. La segunda piensa que la Iglesia tiene necesidad de liberarse y por eso hace fe en el Espíritu que fermenta la historia y en la fuerzas vitales que como el humus confieren fecundidad al milenario cuerpo eclesial. Esa actitud es representada por sectores importantes de las iglesias periféricas del Tercer Mundo y del Brasil. Indudablemente yo me siento en la segunda actitud, de aquellos que hacen de la fe la superación del miedo, de aquellos que tienen esperanza en el futuro de la flor sin defensa y en las raíces invisibles que sustentan el árbol. Hermanos y hermanas, compañeros de camino y de esperanza: que este gesto mío no los desanime en la lucha por una sociedad donde sea menos difícil la colaboración y la solidaridad, pues a eso nos convidan la práctica de Jesús y el entusiasmo del Espíritu. Ayudemos a la Iglesia institucional a ser más evangélica, compasiva, humana y comprometida con la libertad y la liberación de los hijos e hijas de Dios. No andemos de espaldas para el futuro sino con los ojos bien abiertos para discernir en el presente las señales de un mundo nuevo que Dios quiere y, dentro de él, de una nueva manera de ser Iglesia comunión, popular, liberadora y ecuménica. Por mi parte quiero -con mi trabajo intelectual- empeñarme en la construcción de un cristianismo indo-afro-americano inculturizado en los cuerpos, en las pieles, en las danzas, en los sufrimientos, en las alegrías y en las lenguas de nuestros pueblos como respuesta al evangelio de Dios que todavía no fue plenamente dado después de 500 años de presencia cristiana en el continente. Continuaré en el sacerdocio universal de los fieles, que es también una expresión del sacerdocio del laico Jesús como nos lo recuerda el autor de la epístola a los hebreos. No salgo triste de esta situación, sino tranquilo porque hago mía la poesía de nuestro poeta mayor, Fernando Pezoa:
Siento que mi alma, con la gracia de Dios, no fue pequeña. Unidos en la caminata y en la gracia de Aquél que conoce el secreto y el destino de todos nuestros caminos, los saludo con paz y bien.- Leonardo Boff, 1992
Leonardo Boff en Internet
Entrevistas: "El primer perdón que tendría que pedir el Papa es a los pobres" en Chile-Hoy, marzo de 2000 Las tentaciones de la iglesia en Rebelión, marzo de 2001 El Nobel de Leonardo Boff en Som Església, 12 de noviembre de 2001 "Este Papa ha utilizado el báculo para golpear a las ovejas, no a los lobos" en Laicos, 28 de mayo de 2001
Escritos de L. Boff: Francisco, hombre liberado, liberador y libre, 1982 ¿Qué esperanza para el 2002? en La Insignia, 9 de enero de 2002 Escritos de Leonardo Boff en Revista Electrónica Latinoamericana de Teología
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