Sexualidad, corporalidad y religión
por Dora Canales

 

Introducción

2. Influencias no cristianas en materia de sexualidad dentro del Cristianismo primitivo

3. Aportación Tomista/Agustiniana a la construcción de una simbólica acerca de Masculinidad y Femineidad

4. Figura de María Virgen

Conclusión

 

Introducción

Resulta evidente que, como sociedad chilena, estamos asistiendo a un momento de grandes procesos de cambio que involucran diversos campos de la vida humana. Nuevas miradas de mundo, concepciones y ejercicios en los distintos campos disciplinares, dan cuenta de ello.

Procesos de cambio insospechados están ocurriendo especialmente en materia de sexualidad, matrimonio, relaciones entre los géneros, etc.

Estos cambios, queramos o no, están alterando nuestras formas de pensar y actuar y nos están desafiando especialmente dentro del ámbito teológico y religioso a confrontarnos críticamente con los valores y discursos tradicionales, y lo que es más, a una revisión profunda de nuestros conceptos e imágenes de lo divino y lo humano.

La relación entre sexualidad, corporalidad y religión se ha caracterizado por ser una relación de constante ambigüedad y tensiones. Desde siglos, el pensamiento cristiano occidental ha sostenido una visión dualista acerca del ser humano, disociando cuerpo, alma y mente, y haciendo, de éstos tres, compartimentos separados. Al mismo tiempo, circunscribió la sexualidad dentro del marco de la procreación y el matrimonio, haciendo de éstos el único fin y lugar legítimo donde ésta puede ser ejercida.

Sin lugar a dudas, lo religioso y lo teológico constituyen un factor importante en la construcción de categorías, imaginarios y prácticas, así como también en la determinación de diversas regulaciones de la sexualidad y corporalidad para los fieles y no fieles en diversas culturas.

Las distintas representaciones, regulaciones y propuestas de conductas deseables respecto de la sexualidad y la corporalidad, han tenido un espacio y atención no despreciables por parte de la religión y la teología. Me propongo pues, en esta exposición, poder dilucidar algunas de las contribuciones más importantes nacidas desde el discurso y teología cristiana sobre sexualidad, dilucidar a través de qué mecanismos se han gestado y se sostienen, así como también cuáles son las consecuencias y efectos concretos sobre las vidas de hombres y mujeres.

Si bien es cierto que las distintas actitudes y formas de pensar respecto de la sexualidad asociadas al pensamiento cristiano han sido producto de una compleja trama de actores y circunstancias, no cabe duda que dentro de esta compleja trama hay elementos que por excelencia han aportado de forma determinante a la configuración de un pensamiento e ideas acerca de la sexualidad humana, el cuerpo, el placer y las relaciones hombre-mujer-mundo.

Pueden distinguirse distintas aportaciones; no obstante, en razón de la extensión limitada de esta exposición, procuraré destacar aquí algunas que resultan más relevantes.

 

1. Mito Adámico (Génesis 2:18-25)

No existe ningún otro relato mítico que haya ejercido tanta influencia en las distintas culturas durante generaciones como este relato de Adán y Eva en el Paraíso; especialmente tratándose de cuestiones relativas a la mujer, la moral y la sexualidad.  (1)  

Hay quienes incluso han llamado a éste: "el mito fundamental el patriarcado", pues constituye una pieza clave en la construcción cultural que legitima no tan sólo la subordinación de la mujer, sino además el establecimiento de falsos nexos entre sexualidad-pecado, mujer-apetito sexual, sexualidad-maternidad-dolor, sexo-roles-ordenamiento social, etc.

 

2. Influencias no cristianas en materia de sexualidad dentro del Cristianismo primitivo

Las influencias no cristianas en materia de sexualidad son muchas y pueden ser recogidas de diversas fuentes; sin embargo, las más importantes parecen venir de mundo grecorromano.

Lo que uno dentro de este ámbito puede rastrear, proviene principalmente de algunos filósofos y médicos.

Pítágoras, (Siglo VI a.C) por ejemplo:
“aconsejaba mantener las relaciones sexuales en invierno, en modo alguno en verano, con moderación en primavera y otoño; de todos modos, en cualquier estación del año que se practique siempre sería nocivo para la salud. Y

cuando se le preguntaba cuál sería el momento más propicio para el amor, respondía: ‘Cuando uno quiere perder fuerza’…”   (2)  

También uno puede descubrir que estas ideas y concepciones estaban muy ligadas a una concepción antropológica particular que diferenciaba a hombres y mujeres con precisión y, a su vez, entremezclaba aspectos médicos.

Los hombres eran considerados, desde el punto de vista médico, fetos que han realizado todo su potencial y acumulado un decisivo “calor” y “ardiente espíritu vital” durante las primeras etapas de su coagulación en la matriz. La eyaculación caliente del varón así lo demostraba:

“...pues el semen, cuando posee vitalidad, lo que hace es que nosotros los hombres seamos ardientes, firmes de miembros, corpulentos, dotados de buena voz, fogosos, fuertes para pensar y actuar.”   (3)  

Las mujeres, por el contrario, eran consideradas “varones fallidos” pues el calor vital casi no les llega durante su permanencia en la matriz. Esta falta de calor, las hace más blandas, líquidas, viscosas y frías.

El hecho de menstruar demuestra que sus cuerpos no son capaces de consumir los pesados excedentes que se coagulan en su cuerpo, pero que a la vez son de vital importancia para mantener caliente la semilla masculina que da lugar a los hijos.   (4)  

Por otra parte, los hombres, al no poner en actividad este calor, podrían enfriarse y, por tanto, correr el riesgo de aproximarse al estado de las mujeres.

Galeno deja muy claro este riesgo en su Tratado sobre la Semilla: “la falta de calor desde la infancia puede hacer que el cuerpo del varón recaiga en el estado de indiferenciación originaria.”   (5)  

En el mundo griego, entonces, mantener este calor vital en cada varón era muy importante; la sexualidad tenía esta finalidad.

Sin embargo, el control y el autodominio en materia sexual también estaban presentes, pues se podía perder este calor vital excesivamente y, por tanto, disminuir la fertilidad de la semilla.

Por otro lado, estaba la idea de que había que engendrar hijos bien nacidos. Para un hombre de verdad, engendrar hijos bien nacidos no era prestar atención a los apetitos localizados en los genitales, sino algo mucho más complejo que implicaba la unión total de la pareja en el coito.   (6)  

Existía la creencia de que un hijo bien engendrado daba como resultado un hijo casi idéntico a su progenitor.

La medicina también hizo algunas advertencias que hacían no tan recomendable practicar el acto sexual periódicamente.

Se sostenía que el acto sexual era un acto convulsivo y el orgasmo una especie de “epilepsia leve”:

“¿Acaso no salían por la boca del epiléptico los mismos espumarajos de sangre blanquecina y burbujeante que por el pene?”

La medicina, por tanto, recomendaba a los varones de clase “guardar la compostura”, evitando “gritos apasionados y convulsivos” durante el coito y dedicarse con mesura a “la más sagrada de todas las siembras”.   (7)  

El médico Sorano, por otro lado, recomendaba la abstinencia como un medio de no desperdiciar este calor vital. Él sostenía:

“Los hombres que se mantienen castos son más fuertes y mejores que los demás y tienen mejor salud durante su vida”.   (8)  

Como podemos ver, muchas de las prescripciones respecto de la sexualidad y el cuerpo venidas del mundo grecorromano, no guardan relación alguna con aspectos de prohibiciones de orden moral, sino que se trata determinadas visiones antropológicas y consejos de tipo médico relacionados con una vida saludable, un cuerpo bien mantenido, que era una de las principales preocupaciones griegas.

Muchas de ellas van a ser de gran influencia para algunas prescripciones sexuales en el cristianismo hasta el siglo III, especialmente en lo relacionado al celibato, abstinencia sexual y conducta sexual en el matrimonio. Sin embargo, estas conductas y regulaciones que los primeros cristianos adoptarán dentro de las primeras comunidades de fe, nada tienen que ver con una hostilidad hacia el placer, la sospecha sobre lo sensual y lo sexual.

Ellos no acataron ni propiciaron prácticas sexuales de este tipo como reacción frente a una supuesta corrupción del mundo pagano o, más específicamente, frente a un imperio Romano “decadente”, sino que lo que allí estaba en juego era: si los paganos eran capaces de sostener e insistir en conductas sexuales autocontroladas, especialmente en lo público, con mayor razón los cristianos estaban llamados, por sus principios y opción de vida, a demostrar que eran mejores hombres y que poseían valores superiores a los no cristianos.

Justino, un pagano que luego se convertiría al cristianismo, se referirá en uno de sus escritos a los primeros cristianos en los siguientes términos:

“Muchas personas, lo mismo hombres que mujeres, entre sesenta y setenta años, que han sido discípulos de Cristo desde su juventud, mantienen una pureza inmaculada… Nosotros nos enorgullecemos de poder exhibir a tales personas delante de la especie humana”.   (9)  

Para estos primeros cristianos, no existía este conflicto griego de un alma separada y opuesta al cuerpo y sus apetitos, sino que ambas, cuerpo y alma, se enfrentan al juicio de Dios. Dios juzgará a los creyentes no moralmente, sino por lo que hay en su corazón, entendido éste como el centro de la voluntad humana, lugar de donde sale todo lo bueno y lo no bueno u opuesto a la voluntad de Dios.

Procurar un corazón sencillo y acepto a Dios era la finalidad de cada creyente, asunto que nada tiene que ver con una cuestión de pureza moral o sexual, sino con una vida transparente, sin dobleces, cara a cara y en solidaridad unos con otros, como Jesús lo enseñó y vivió.

Prohibiciones y regulaciones respecto de la sexualidad, van a ser incorporadas al cristianismo más tardíamente, es decir, cuando éste se institucionaliza con Constantino en el siglo IV. Pasa a formarse, así, una iglesia subyugada al imperio que va a restablecer las leyes mosaicas y otras regulaciones veterotestamentarias que van a afectar de modo particular la vida de las mujeres, apartándolas por esta causa del ámbito de lo sagrado y relacionando la sexualidad con categorías como las de pecado, maldición y castigo divino, idea que va a permear toda la teología medieval, especialmente el pensamiento de San Agustín y Tomás de Aquino.

 

3. Aportación Tomista/Agustiniana a la construcción de una simbólica acerca de Masculinidad y Femineidad

Tomás de Aquino, basado principalmente en una concepción filosófica aristótelica, mezclada a su vez, con una clara misoginia, va a dar lugar a la articulación de una serie de categorías y preceptos a través de los cuales la naturaleza, identidad y lugar de personas quedará definido, afectando de modo especial a las mujeres.

“Tomás de Aquino siguió a Aristóteles en la creencia de que el semen masculino proporciona la formación genética total del embrión. La madre suministra sólo la ‘sangre’ o sustancia material que construye el cuerpo. Según las normas, cada semilla masculina debería producir otro hombre. Las mujeres nacen cuando el principio material inferior gana una predominancia aberrante sobre el principio formativo superior, produciendo así un ‘hombre defectuoso’ o mujer”.   (10)  

A partir de esta lógica y visión, pasó a considerarse a las mujeres como un ser no sólo biológicamente defectuoso en lo físico, sino también incapacitada mentalmente, proclive a la corrupción moral y sexual (demostrada ya desde el Paraíso mismo); como un ser que no posee la imagen de Dios, pudiendo acceder a ella en tanto se someta al hombre que es su “cabeza”, del mismo modo como lo es el cuerpo a la cabeza, los sentimientos a la razón, lo carnal a lo espiritual.

La carencia de esta imagen de Dios, además, no le permite a la mujer ejercer la conducción de la iglesia y la sociedad, sino sólo a los hombres, quienes están dotados por Dios de una naturaleza perfecta:

“...la mujer se encuentra en estado de sumisión en el orden original de las cosas. Por esta razón no puede representar a la cabeza en la sociedad ni en la Iglesia. Sólo el varón puede representar a Cristo”.   (11)  

Esta sustentación teológica de una simbólica de femineidad y masculinidad aportada por Tomás de Aquino fue reforzada también por las concepciones de San Agustín acerca del pecado original por transmisión sexual, la cuestión de la salvación o redención del alma mediante el logro de un estado de “pureza” o “continencia” sexual.

Todas estas aportaciones tendrán no sólo una importante influencia en el pensamiento cristiano occidental sino que, además, llegarán a ser sacralizadas a tal punto que pasan a confundirse con la “naturaleza” misma de las personas, designándose los distintos roles y participación que corresponde a cada cual en el ámbito de lo privado, lo público y lo sagrado.

Esto se verá claramente expresado en algunas célebres frases de distintos teólogos y miembros del clero. A modo de ilustración, he aquí algunos ejemplos:

“Para el buen orden de la familia humana, unos han de ser gobernados por otros más sabios, por ende, la mujer, más débil en cuanto a vigor del alma y fuerza corporal, está sujeta por naturaleza al hombre en quien la razón predomina…” (Tomás de Aquino)

“Distintas clases de tentaciones le hacen la guerra al varón en sus diferentes edades, algunas cuando es joven, otras cuando es viejo, pero la mujer le amenaza perpetuamente. Ni el joven, ni el adulto, ni el varón viejo, ni el sabio, ni el bravo y ni siquiera el santo están nunca seguros frente a la Mujer.” (Gracián)

“La mujer no tiene conocimiento espiritual ni corresponde que lo tenga. De allí resulta que ella no puede discernir en asuntos espirituales, y sería muy peligroso confiar la salud espiritual de las almas a una persona que no es capaz de distinguir entre lo que es útil y lo que es dañino para el bien de las almas.” (Fray Francisco de Vitoria)

“La mujer es el animal más monstruoso de toda la naturaleza, mal humorada y peor hablada. Tener a este animal en la casa es buscar problemas, chismes y controversias. Donde haya mujer pareciera imposible tener paz y tranquilidad, sin embargo, hasta eso puede ser tolerado si no hubiese el peligro de pérdida de la castidad. Los sacerdotes de los indios deberían no sólo abstenerse de tener empleada a cualquier mujer en su casa, sino que ni siquiera deberían permitirle que entre allí, aunque sea para saludarla.” (Fray Casimiro Díaz)

 

4. Figura de María Virgen

En la piedad y pensamiento cristiano católico romano de todos los tiempos, la figura de la Virgen María ocupa un lugar y atención importantísimos.

Los primeros antecedentes de una elaboración doctrinal acerca de María datan desde el siglo II, extendiéndose hasta el siglo XX, en que estas elaboraciones alcanzan su máxima expresión con la encíclica acerca de María Reina de Pío XII.   (12)  

Entre las aportaciones más distintivas de la Mariología, se encuentra la presentación de ésta como “Nueva Eva”, como arquetipo de la femineidad espiritual opuesta a la femineidad carnal y figura de mujer “caída” que Eva representa.
María Virgen representa por excelencia, dentro de esta visión teológica y doctrinal, la pureza asexuada que quedará expresada claramente en los dogmas de la Virginidad Perpetua  (13)  y el de la Inmaculada Concepción.   (14)  

Ella es el modelo de mujer espiritual y de madre fecunda sin sexo, sin mancha y sin caída, condiciones que le permitieron finalmente ser espiritualizada y “elevada”, no tan sólo en su condición humana, sino también hasta los cielos mismos.   (15)  

Importante resulta constatar los paralelos que presentan las distintas propuestas mariológicas con el pensamiento teológico dualista de Tomás de Aquino, San Agustín y otros Padres de la Iglesia y que contrapone lo masculino a lo femenino, el cuerpo al alma, lo espiritual a lo carnal, lo terrenal a lo celestial, lo humano a lo divino, etc.; todas, dualidades con nefastas consecuencias para una aprehensión de lo divino, ejercicio de la espiritualidad y participación en el ámbito de lo sagrado.

 

Conclusión

Ahora bien, trataremos a continuación algunas implicancias de lo vertido anteriormente:

1. Todas las aportaciones anteriormente mencionadas constituyen pilares fundamentales a partir de los cuales se han ido asignando “naturalezas fijas”, inmutables y roles “perpetuos” para cada uno de nosotros como seres humanos.

2. Por otra parte, este simbolismo sexual, cultural y religiosamente construido, de rasgos claramente misóginos y sexistas, resulta clave a la hora de perfilar y legitimar un sentido de orden y relaciones humanas por los grupos de poder dentro de una cultura, pues se trata de un orden “divinamente establecido desde los orígenes”, por tanto incuestionable y no sujeto a dudas.

Rosemary Radford-Rueter sostiene: "La organización psíquica de la conciencia, la visión dualista del yo y del mundo, el concepto jerárquico de la sociedad, la relación entre la humanidad y la naturaleza, entre Dios y la creación, todas esas relaciones se han modelado según las pautas del dualismo sexual".   (16)  

Y como si fuera poco, proyecta automáticamente la mitad más inferior de estos dualismos a las mujeres; un eterno "otro" a partir del cual se reafirma lo masculino como superior. En esto, lo ideológico que se gesta dentro del campo del dominio espiritual y el poder de grupos teológicamente dominantes resultan claves.

3. Podemos descubrir que si bien el mito adámico en su lectura tradicional y androcéntrica coloca concentrado el mal en el cuerpo de la mujer, las aportaciones mariológicas intentan por otro lado exaltar este cuerpo mediante cualidades como la virginidad y maternidad; sin embargo, no logran borrar a lo largo de la historia esta idea de “culpa” y “mancha” atribuida a su cuerpo, así como tampoco la imagen de “tentadora” que hace de cada mujer una eterna y temida Eva.

Ivone Gebara, reconocida teóloga católica brasileña nos ofrece, quizás, el resumen de lo que el cuerpo y la sexualidad humana femenina han significado dentro del mundo cristiano hasta ahora:

“El cuerpo femenino representa el enigma humano que atrae y aterroriza, de él sale la sangre y la mujer no muere; de él sale leche, el alimento-condición para la continuidad de la vida. La mujer tiene útero, un lugar oscuro que rememora la sepultura, pero también conlleva la idea de lugar caliente, gestador de vida. La mujer se vincula, pues con la vida y la muerte. Y su cuerpo recuerda ese hecho constantemente... por eso ella pasó a ser un símbolo amenazador de la autoridad de los hombres...”   (17)  

Dora Canales Núñez
Santiago, junio del 2000

Dora Canales en "Puerta del Rebaño" :

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