Mi nombre es Betty H. Zisk. Resido en Burlington, Massachussets, y soy profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de Boston. Yo hablo hoy, contra la pena de muerte, a nombre del "Friends Meeting" de Cambridge, una congregación cuáquera de aproximadamente 450 miembros. Antes de empezar, permítanme hacer un comentario acerca de un asunto que me ha preocupado durante mucho tiempo. Yo no hablo simplemente porque soy una cuáquera que de algún modo es rehén de los tres siglos de testimonio que sobre este tema ha mantenido la "Religious Society of Friends". Más bien, me hice cuáquera por convicción -al igual que muchos de nosotros- porque comparto las creencias cuáqueras acerca de la naturaleza sagrada de la vida humana. Hablo como una persona obstinada (y como miembro de una comunidad religiosa) que ha trabajado durante la mayor parte de su vida en temas de conciencia acerca de la vida y la muerte y la justicia social. También hablo con completa conciencia del dolor e ira de las familias de las víctimas de asesinato. Comparto ese dolor a nivel personal, ya que la madre de mi querida nuera fue asesinada hace ya quince años en Albany, Nueva York, en un crimen insensato que ha tenido un efecto duradero en nuestra familia. Yo no puedo descartar con ligereza el dolor que sienten las víctimas -algo que nunca se termina y que, a veces, conduce a un deseo de retribución. Ustedes ya han oído algunos argumentos importantes contra la restauración de la pena de muerte en Massachusetts. Estoy de acuerdo (al igual que el "Friends Meeting" de Cambridge) con el argumento de que la pena de muerte no funciona como elemento disuasivo, y que las investigaciones pasadas han apoyado esta visión. También estoy de acuerdo con los argumentos acerca del costo excesivo, para los contribuyentes y el estado, de la pena de muerte en comparación con la vida en prisión sin libertad bajo palabra. Y me preocupa la clara evidencia de que -en Illinois, así como en otros estados- muchas personas inocentes han sido condenadas por asesinato (aunque con esto no queremos insinuar que estemos de acuerdo con la ejecución de los culpables). Pero yo he venido hoy a plantear otros tres puntos que son aún más fundamentales para las creencias y la conducta de los cuáqueros. Primero, que la forma en que opera nuestro sistema de justicia criminal en general -y específicamente la manera en que se toman las decisiones sobre la pena de muerte- es racista y clasista de hecho, si no en intención. Segundo, que quitarle la vida a los asesinos condenados no deja lugar a la contrición personal, al remordimiento o a la transformación de las vidas de estos individuos. Y, finalmente, que el asesinato sancionado por el estado no es ninguna respuesta al problema del asesinato individual: la retribución sólo extiende aún más la cadena de violencia que se pretende enfrentar. Si es moralmente repugnante que un individuo le quite la vida a otro -y nosotros afirmamos fuertemente que así es- es igualmente repugnante que el estado se desquite de la misma forma. Hay pocas dudas -dadas las décadas de datos estadísticos proporcionados por la Oficina de Justicia de EEUU- de que el peso de la pena de muerte ha caído desproporcionadamente sobre las espaldas de los afroamericanos. Por ejemplo, más de la mitad de los 4220 prisioneros ejecutados entre 1930 y 1996 eran negros. Sin duda, podemos considerar que estas cifras reflejan, para empezar, el hecho de que un número desproporcionado de negros es arrestado, acusado y declarado culpable; pero ese fenómeno refleja un prejuicio institucional de antigua data, tanto contra las personas de color como contra la gente pobre. Los pobres (y la mayoría de los acusados negros cae en esta categoría) tienen menos posibilidades que los adinerados de contratar equipos experimentados de abogados para enfrentar el juicio y las instancias de apelación. Es menos probable que los jurados y los jueces les concedan la sentencia alternativa de encarcelamiento de por vida sin libertad bajo palabra. Son tratados -encarémoslo- con la misma brutal discriminación que ha enfrentado la mayoría de ellos en sus primeros años como hombres y mujeres libres. Estoy consciente de que la cuestión del remordimiento y la contrición cuenta con poca simpatía en la sociedad de hoy. Sin embargo, creo que necesitamos repasar este argumento. He tenido ocasión (así como la tienen varios otros en el "Friends Meeting" en Cambridge) de reunirme y llegar a conocer a varios prisioneros del MCI-Norfolk, quienes están cumpliendo condenas por asesinato en primer o segundo grado. Esto ocurrió a través de nuestra participación en Alternativas al Proyecto de Violencia, iniciativa que realizó talleres de 22 horas durante los fines semana en varias prisiones de Massachusetts a comienzos de los años 1990. Algunos de estos hombres están entre las personas más notables (en términos de su madurez espiritual, su profundo autoconocimiento y su fuerte empatía con otros) que haya yo tenido el privilegio de conocer alguna vez dentro o fuera de los muros de la prisión. Muchos son líderes naturales; algunos están involucrados en aconsejar a sus pares y calmar a los prisioneros más jovenes, que son más irascibles e impulsivos. Esta madurez espiritual llegó a través de años de autorreflexión y remordimiento durante el encarcelamiento (y aquéllos con quienes tuve la oportunidad de conversar en profundidad enfatizaron el hecho de que no pasaba un solo día sin que reflexionaran y sintieran un intenso pesar por sus crímenes). Si acaso creemos en la posibilidad de redención o transformación -o en hablar a "lo de Dios" en cada ser humano, sin importar cuán degradado sea su pasado- ¿cómo podemos ejecutar a tales seres humanos antes de que tengan una oportunidad de buscar y encontrar esa redención? Para que no me acusen de tener más simpatía por los convictos que por sus víctimas, permítanme agregar que por lo menos uno de los grupos que habla por las familias de las víctimas de asesinato plantea un punto estrechamente relacionado: la ejecución de los asesinos también impide para siempre la interacción sanadora entre el asesino y sus víctimas [ * ].
Concluyo, finalmente, con una profunda preocupación: que no castiguemos un acto profundamente malo y equivocado (asesinato) con una respuesta igualmente repugnante por parte del estado. Durante mucho tiempo me he sentido avergonzada por el hecho de que nuestra nación sea la única democracia occidental que emplea la pena capital. Me he sentido igualmente orgullosa (como residente de Massachusetts durante casi 35 años) de que seamos uno de los doce estados que han descontinuado esta práctica. Creo que nuestros ciudadanos y nuestro sistema de justicia han mostrado un considerable dominio propio y madurez espiritual en este aspecto. Sí, nosotros nos tomamos muy en serio el mandamiento de "no matarás". Pero eso se aplica a la mano del estado tanto como a la mano del convicto. Como padres y educadores, hemos aprendido que el castigo violento sólo engendra más violencia. Quizás estamos empezando a aprender cuán amargos son los frutos de la guerra y el terrorismo. Espero que nuestro estado también haya aprendido a honrar el espíritu humano -"lo de Dios"- incluso dentro de las almas de aquéllos que han perdido su camino al cometer el acto de asesinato. Debemos honrar nuestros principios espirituales, así como a nosotros mismos, a nuestros hijos y a las familias de las víctimas -al igual que a estas almas perdidas- diciendo, fuerte y claro, "no" a un retorno de la pena de muerte.-
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