La Iglesia en América Latina y los desafíos
del nuevo milenio
Albert Camus
Desde mi personal punto de vista, el mundo no está atravesando por una crisis temporal. El mundo está experimentando una colosal mutación histórica. Estamos en presencia del surgimiento de una nueva civilización. Cuando escuchamos hablar de crisis económica, de crisis política, de crisis social, creemos que se trata de una situación esencialmente transitoria y coyuntural; que las ideas y concepciones momentáneamente en crisis recuperarán su vigencia dentro de un período breve. Pero creo que en el tiempo que estamos viviendo, éste no es el caso. Por ejemplo, las estrategias marxistas han perdido gran parte de su valor y capacidad explicativa, y éste no se trata de un fenómeno transitorio. No es una simple casualidad que grandes pensadores y autores titulen sus obras así: "El fin de las ideologías", "El fin de la historia", "Adiós al proletariado", "La tercera ola", "Antes del fin", etc. Esto significa que una época está llegando a su fin y que otra nueva está naciendo. Como bien señaló Berdaiev, la paradoja de los tiempos modernos radica en que el humanismo se ha vuelto en contra del hombre. El humanismo occidental está en quiebra, y el fin del siglo nos encuentra incapaces de preguntarnos por la vida y por el hombre. Pero este cambio no tiene un signo optimista, en palabras del gran escritor Ernesto Sábato: "El hombre no progresa, porque su alma es la misma. Como dice Eclesiastés, "no hay nada nuevo bajo el sol", y se refiere precisamente al corazón del hombre, en todas las épocas habitado por los mismos atributos, empujado a nobles heroísmos, pero también seducido por el mal. La técnica y la razón fueron los medios que los positivistas postularon como teas que iluminarían nuestros caminos hacia el progreso. ¡Vaya luz que nos trajeron! El fin de siglo nos sorprende a oscuras, y la evanescente claridad que aún nos queda, parece indicar que estamos rodeados de sombras. Náufrago en las tinieblas, el hombre avanza hacia el próximo milenio con la incertidumbre de quien avizora un abismo. Al parecer, la dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de la globalización. La angustia es lo único que ha alcanzado niveles nunca vistos. Es un mundo que vive en la perversidad, donde unos pocos contabilizan sus logros sobre la amputación de la vida de la inmensa mayoría. Se ha hecho creer a algunos que pertenecen al Primer Mundo por acceder a los innumerables productos de un supermercado. Las sociedades contemporáneas se encuentran en una mutación histórica que afecta a todos los dominios de la vida y a todas las latitudes de la tierra. Dos procesos fundamentales cruzan y entrecruzan la vasta geografía planetaria: el proceso de postmodernización euro-norteamericano-japonés y el proceso de modernización del hasta ayer llamado Tercer Mundo. Estos dos procesos coexisten simultáneamente, sobreponiéndose, traslapándose, interconectándose y potenciándose mutuamente. Son dos procesos simultáneos, de origen común; pero diferentes, porque algunos temas cruciales de la postmodernidad europea y norteamericana aún no se expresan en su plenitud en nuestro continente. Por ejemplo la sociedad del ocio, con treinta y cinco horas laborales semanales, aún no está presente en América Latina. Asimismo, para el mundo europeo, la creación libre y consensual de una nueva identidad histórica, que se expresa en cuanto está transfiriendo las soberanías nacionales, es inimaginable en nuestro contexto continental. En esa región ya están funcionando una moneda única, un Banco Central único y fuerzas armadas bajo un comando común único. Nada de eso es pensable en nuestro mundo latinoamericano. En Europa, importantes grupos de opinión se oponen a extender aún más las múltiples líneas del metro de París hacia ciudades satélites. Éstos tal vez sean problemas nuestros en cien años más. Sin embargo, por otra parte, temas tan típicamente postmodernos, como los planteados por una economía global, los dramáticos desafíos ecológicos, los nuevos roles de la mujer, los temas morales, el reconocimiento y aceptación de las diversidades étnicas, culturales y sexuales, el surgimiento de una red comunicacional de alcance planetario y, en definitiva, el surgimiento de una nueva cultura y civilización mundial, son todos temas que ya están formando parte de la agenda común de la humanidad, con lo cual ambos procesos, con acentos y velocidades diversas, confluyen, fundiéndose en un único proceso histórico, esta vez necesariamente de carácter universal. Lo que queremos decir es que, en este proceso de modernización, América Latina está experimentando el impacto de valores, conceptos y tecnologías que ya son propias de la postmodernidad. En mi opinión, hasta el momento no ha existido un debate serio acerca de qué se entiende por modernidad y por modernización, lo cual no obsta a que este término se utilice en todos los medios de comunicación. El término “moderno”, desde mi punto de vista, aparece monopolizado ideológicamente por las fuerzas conservadoras. Son ellas las que han dado un contenido a este término, por cierto sin definirlo ni precisarlo, y reduciéndolo en definitiva a un concepto meramente economicista y propagandístico. Sería “moderno”, para ellos, quien está por la reducción del Estado a una mínima expresión, por la privatización de las empresas, por la desregulación de la economía, por la absolutización del mercado y por el riguroso mantenimiento de los equilibrios macroeconómicos. Detrás de esta apropiación reduccionista e ideologizada del tema, habría dos objetivos: 1. Las izquierdas en el plano nacional y mundial habrían sido las fuerzas "modernas" y su vanguardia en las décadas de los años cuarenta hasta el setenta. Las derechas habrían estado a la defensiva, habrían sido las fuerzas conservadoras de la historia. A contar de los años ochenta, en cambio, se habría producido una violenta reinversión de la historia. Las derechas, debido a diversos fenómenos históricos de enorme envergadura, habrían retomado la vanguardia de la historia, asumiendo el rol de fuerzas modernas y modernizadoras. Las izquierdas, por su parte, habrían pasado a ser las fuerzas conservadoras; habrían quedado ancladas en el pasado, en los estatismos, en los intervencionismos y los proteccionismos. Serían enemigas del mercado y adversarias del empresariado, actor por excelencia de la modernización. 2. El segundo objetivo de esta apropiación ideológica del término "moderno", les serviría para justificar los regímenes militares. Si bien los espíritus más honestos de las derechas reconocen los crímenes y las violaciones cometidas en contra de los derechos humanos en ese período, intentan atenuarlo contraponiéndolas con los grandes éxitos económicos que habrían logrado. La barbarie no habría estado en la modernización económica. Ahora, paso a referirme a mi concepto personal de modernidad. Seis serían los fundamentales logros y las principales cristalizaciones de la época moderna occidental: 1. La construcción de grandes estados y economías
nacionales. Todas ellas son creaciones e invenciones esenciales surgidas en los siglos XVII, XVIII y XIX. Ninguna de estas ideas y conceptos existió durante el milenio medieval "cristiano", ni vio su luz en ninguna de las otras grandes civilizaciones. Son todos descubrimientos surgidos y cristalizados durante la llamada época moderna, de matriz burguesa ilustrada. En consecuencia, es moderna la sociedad que reúne los siguientes requisitos: 1. Haberse industrializado. Desde esta comprensión de la modernidad, América Latina dista bastante de ser un continente moderno, puesto que no cumple a cabalidad con ninguno de estos logros de la modernidad.
1. Un factor que tiene que ver hoy con la realidad de la Iglesia, es la tecnología. David Stoll en su libro "¿América Latina se vuelve protestante?", dice que ése es el factor predominante en todo lo que tiene que ver con la comunicación del Evangelio. Yo agrego: “en cierto tipo de Evangelio”. También Stoll se pregunta si las mega-iglesias del Cono Sur podrían constituirse en la base de una reforma social y agrega: "La respuesta más segura y más probable es que no. En vista del quietismo de los evangélicos, puede argumentarse que pesan menos que lo que sus números sugieren". Los comentarios de Stoll acerca del concepto del Reino de Dios en el dispensacionalismo, señalan que el conservadurismo latinoamericano no ha sido sólo teológico sino también sociológico. Al mismo tiempo, se nota que el entendimiento del tema bíblico del Reino de Dios, como un evento completamente futuro, afecta cualquier preocupación por el contexto social que se tenga en el presente. Stoll agrega que "debido a la influencia de misioneros norteamericanos, normalmente conservadores políticamente, es más fácil ver a los evangélicos latinoamericanos manteniendo el statu quo que cambiándolo". Robinson Cavalcanti, teólogo brasileño agrega: "La falta de pertinencia del protestantismo ha llegado a tal punto que si el rapto ocurriera hoy, la sociedad brasileña demoraría una semana para notar que los creyentes ya no están". 2. La asombrosa explosión del movimiento evangélico en general, y del pentecostalismo en particular, es cuestión de las últimas décadas. Es tan grande, que en varios países supera el crecimiento de la población y esto hace pensar que por primera vez en la historia de América Latina, el protestantismo podría llegar a ser la mayoría religiosa. Como dice el teólogo René Padilla: "Hoy continuamos siendo una minoría, pero una minoría visible". El crecimiento numérico de los evangélicos encierra ciertos peligros, quizás el más obvio es la superficialidad. Las mega-iglesias que convierten las salas de cine en templos, corren el riesgo de institucionalizar una religiosidad popular evangélica. (Ej. Agua del mar de Galilea, tierra de Jerusalén, viajes a la Tierra Santa, pañuelos y cruces especiales, etc.) Gran parte de las iglesias evangélicas están preocupadas solamente en crecer numéricamente. La cantidad no puede ser levantada como criterio de verdad. Hoy existen ciertas escuelas de iglecrecimiento que pueden calcular hasta cuántos dólares les cuesta un nuevo creyente. 3. Tenemos que confesar que la cruz ha sido desplazada por una religiosidad que no pasa por la cruz. Muchos lideres han sido cautivados por la "teología de la prosperidad", sin investigar si esta es bíblica o no. Se ha dañado la relación del testigo con el testimonio. Nos estamos acostumbrando a los escándalos entre los pastores y lideres en lo que tiene que ver con asuntos morales y financieros. 4. Se observa que en muchas iglesias las emociones han pasado a ocupar el lugar de la Biblia, es más importante lo que siento que lo que creo; esto es peligroso ya que una emoción tiene que ser reemplazada por otra más fuerte para que tenga efectividad. Ya no somos el "pueblo de la Biblia y del himnario". La Biblia se usa tangencialmente y los cultos se llenan de cánticos que se repiten interminablemente proyectados en una pared. Ante esta nueva realidad donde predomina el sentimiento por sobre la razón, el comunicador del evangelio debe saber reconocer el mundo en el cual vive y no aplicar estrategias que fueron válidas en el pasado, pero que ahora son ineficaces. 5. Algunos dicen, que estamos en una época "post-denominacional", donde las grandes denominaciones ya no tienen la fuerza que tuvieron en décadas pasadas. Los grandes referentes que intentaron agrupar a las iglesias del continente, están en crisis. Hoy más bien las iglesias están dispuestas a seguir algún líder carismático, que les ofrece un seminario sobre "guerra espiritual", al cuál debe pagar una gran cantidad de dinero para poder participar. 6. Muchos sectores de las iglesias evangélicas han crecido bajo la seducción del poder. Los políticos evangélicos no han dado los mejores ejemplos. Las grandes luchas de los lideres evangélicos es por privilegios. La Iglesia siempre debe ser contestataria y profética, esta última dimensión siempre debe estar presente en el mensaje cristiano, ya que la lucha por la justicia continúa ausente. Esta es una asignatura pendiente. Algo anda mal cuando los gobernantes de turno, se sienten cómodos con la Iglesia. Creo que habría que declarar una moratoria de "desayunos presidenciales" en América Latina.
1. La Misión Integral, es un concepto que ha ido calando con fuerza en las iglesias evangélicas de América Latina. Ya es normal ver que una iglesia por sencilla que sea tiene al lado de su templo: un dispensario médico, una escuela, un comedor para los necesitados, etc. Las iglesias en su mayoría han entendido que la misión de la Iglesia es integral, es decir que la evangelización va de mano con la responsabilidad social. Que su deber es ser agente de cambio, de transformación en la comunidad donde se encuentra. Hay una recuperación de la conciencia social evangélica. 2. Algunos sociólogos de la religión y teólogos sostienen que una de las claves del crecimiento de los protestantes, se encuentra en la aplicación que hacen del "sacerdocio universal de cada creyente". Cada evangélico siente que su misión es dar a conocer el mensaje de Cristo y a la vez tiene un sentimiento de urgencia. Tiene conciencia que él es responsable por esta tarea y es así que en las iglesias están empeñadas en esta tarea misionera, los pastores, mujeres, niños, laicos, indígenas y negros. Se constituye así en un eje importante que apunta a la participación de todos los creyentes en la obra de Dios en el mundo, como un aspecto esencial de la misión de la Iglesia, que es misión del Reino. 3. A comienzos de este siglo mirando el mapa mundial podíamos ver que la mayor parte de los cristianos se encontraban ubicados en Europa, Estados Unidos, eran cristianos de rostro blanco. Ahora al finalizar este siglo podemos ver una situación inversa. El mayor porcentaje de cristianos se encuentran en lo que hasta ayer se llamaba Tercer Mundo: África, Asia y América Latina. El rostro de los cristianos ha cambiado, es de color moreno. De estos continentes está surgiendo un inmenso espíritu misionero transcultural. Lo interesante de esto, es que su estilo no es el tradicional como el que nos vino del norte con un marcado acento paternalista, sino que desarrolla toda la creatividad de las iglesias y en muchos casos son sostenidos económicamente por sus propias comunidades cristianas. Como algunos dicen: "América Latina ha dejado de ser un continente que recibe misioneros, para pasar a ser un continente que envía misioneros al mundo". 4. Algo que están demostrando los diferentes congresos, talleres y seminarios en América Latina, es la búsqueda de la unidad. En estos encuentros se puede ver la expresión viva de la unidad cristiana en medio de la diversidad. Bautistas, presbiterianos, pentecostales, metodistas, anglicanos, luteranos, carismáticos y muchos más viven la experiencia de orar y adorar a Dios juntos, de aprender los unos de los otros, de aunar criterios para responder a los desafíos de la misión cristiana. Sabiendo que es honesto reconocer que si proclamamos el evangelio que reconcilia al mundo, debemos estar reconciliados entre nosotros primero. 5. La reflexión teológica ha sido otro aspecto en el cuál los evangélicos en América Latina ha ido creciendo lentamente. Cuando en 1969, se realizó el CLADE I en Bogotá, Colombia, se constató que los evangélicos teníamos una teología, pero como dijo el teólogo René Padilla: "La teología de los evangélicos latinoamericanos, es una teología prestada". Es decir, mucho de lo que se predicaba, se enseñaba en las instituciones teológicas, se leía o se publicaba, venia elaborado en algún país del norte. A partir de esa fecha ha comenzado una renovación en este aspecto y vemos como ya existe literatura evangélica escrita por latinoamericanos, al igual que aportes en la himnología. Revisando las declaraciones de congresos evangélicos, también vemos los ricos aportes que se ha hecho en este aspecto iluminando diferentes aspectos de los desafíos que enfrentan las iglesias en el continente. En este sentido son dignos de destacar los aportes de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL) y el Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI). Estos organismos han tomado conciencia que la labor teológica sólo tiene sentido si se mantiene vinculada estrechamente al ser y quehacer de las iglesias. Pero todavía queda mucho por hacer en este aspecto, ya que la misma palabra teología, no es bien vista en algunos círculos evangélicos. El segundo milenio se termina con una Iglesia aún a la defensiva frente a los desafíos de la tecnología y del espíritu secular en los sectores más sofisticados y pudientes, así como frente a las numerosas sectas que reclaman la adhesión de millones de personas con hambre de trascendencia de algo más que lo que la vida les ofrece en los sectores periféricos de la sociedad. Ya hace algunos años el filósofo rumano Ciorán hablaba de la necesidad de desmitificar un racionalismo que sólo nos ha traído la miseria y los totalitarismos. Como también la imbecilidad de los que creen en el progreso y en el avance de la civilización. Y agregaba: "Todo se puede sofocar en el hombre, salvo la necesidad del Absoluto, que sobrevivirá a la destrucción de los templos, así como también a la desaparición de la religión sobre la tierra". Estamos en medio de una generación que es más religiosa que antes. Algunos años atrás se decía que la religión se iba a terminar, ya que era "el opio de los pueblos", sin embargo la realidad nos muestra que estamos en una atmósfera mucho más religiosa. El problema es que estamos en una tremenda confusión religiosa y los cristianos no están dando claridad, ni respuestas a esta confusión. El ser humano que surge de este doble movimiento esta profundamente insatisfecho. En el plano personal surge el tipo de hombre que Enrique Rojas llamó en uno de sus libros: "El hombre light". Un ser que lo tiene casi todo y tendrá cada vez más en virtud de la tecnología, pero al mismo tiempo un hombre desprovisto de creencias, de valores, de ideales a los cuales consagrar la vida. Hoy se hace realidad las palabras de Nietzsche: "Los valores ya no valen". Estamos delante del hombre "zapping", que salta de una moda a la siguiente sin anclar en ninguna adhesión permanente. Este tipo de ser humano exitoso, pero en el fondo infeliz, que se siente cada día menos ligado a su comunidad. Vive de y para la realidad virtual de las pantallas de televisión y de las computadoras. Se conecta por satélite con operadores de otros países mientras ignora al vecino. Así describió Robert Reich en "El trabajo de las naciones" la esencial ausencia de solidaridad a la que parecen condenados los "analistas simbólicos", esa legión de operadores políticos, publicistas, financieros, que trabajan en relación unos con otros dominando el mundo, en tanto que no se ocupan del prójimo que sufre o queda marginado a pocos metros. ¿La Iglesia del tercer milenio podrá ofrecer un camino de salida a estas carencias? En el curso del próximo milenio, es probable que la tecnología ofrezca bienes hasta ahora distantes, como el transporte instantáneo de las personas y una prolongación de la vida que alcance o traspase el límite de la muerte personal. Los hombres serán cada vez más poderosos. Serán dioses por el poder. Aquella Iglesia que sepa ubicarse en la nueva sociedad, expresándolo e interpretándolo, pero que le ofrezca además una respuesta a sus problemas éticos y existenciales, será la Iglesia del tercer milenio. Hay muchas iglesias y sectas que aspiran a cumplir ese papel fundamental. Una de ellas es la Iglesia Evangélica. Pero no podrá cumplir este papel estando a la defensiva, tendrá que hacerlo como amiga crítica del mundo. Tendrá que ser, por lo pronto, no una adversaria sino una amiga comprensiva y cuestionadora del nuevo mundo tecnológico que se avecina. Sabiendo que el nuevo mundo tecnológico está vacío de valores. La misión de la Iglesia del tercer milenio será entonces unir lo trascendente con lo inmanente, lo eterno con lo cotidiano, en un único mensaje. O en palabras de Ernesto Sábato: "La mayor nobleza de los hombres es la de levantar su obra en medio de la devastación, sosteniéndola infatigablemente, a medio camino entre el desgarro y la belleza". Cada Vez que hemos estado a punto de sucumbir en la historia nos hemos salvado por la parte más desvalida de la humanidad. Tengamos en consideración entonces las palabras de María Zambrano: "No se pasa de lo posible a lo real sino de lo imposible a lo verdadero. Muchas utopías han sido futuras realidades". Si algo está claro, es que el protestantismo latinoamericano actual está en una encrucijada, en lo que atañe a su contribución a la vida de sus respectivos países. Ahora que cuenta con el peso político y social que le dan los números, le es imposible evadir la pregunta respecto a cuál es el camino que debe tomar para ser fiel al Evangelio en su situación histórica concreta con relación a la política y la economía. Quizás debemos reconocer que nuestra tarea principal es una tarea de testimonio genuino, que Dios lo puede transformar en algo trascendente. Yo creo que todavía estamos para mantener la fe, la esperanza y el amor y que Dios por su gracia y su misericordia puede usar a cristianos con conciencia social, dispuestos a jugársela para mantener esa fe, ese amor y esa esperanza en la sociedad. Las palabras finales del escritor Ernesto Sábato en sus memorias titulada "Antes del Fin", nos ayudan y nos dan esperanza en este final de siglo en relación con la Misión de los cristianos en América Latina: "Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido".
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