Visiones de Hiroshima (2002) Hiroshima después del 11 de septiembre de 2001 por Robert Rhodes Publicado originalmente en Mennonite Weekly Review, 30 de julio de 2002 Traducción de Felipe Elgueta Frontier
El 6 de agosto se cumplirán 57 años del bombardeo atómico de Hiroshima, Japón, un evento y un lugar que se han convertido en sinónimos del afán occidental por la dominación militar, y de la terrible e indescriptible fuerza que somos capaces de desatar en contra de nuestros enemigos. El 57° aniversario de un evento no es algo a lo que normalmente prestemos gran atención. Sin embargo, luego de los terroríficos acontecimientos del año pasado –desde el 11 de septiembre hasta la amenaza del plutonio en el enfrentamiento por Cachemira–, todos los espíritus burlones de la Guerra Fría han reaparecido y, junto a ellos, los terribles y atormentados fantasmas de Hiroshima. Pese a los recuerdos que nos traen las imágenes de la infame nube en forma de hongo, es otra imagen de Hiroshima la que nos atemoriza este año. Es la imagen, tantas veces descrita, de las personas que, como espectros en aquella desgraciada mañana de verano, trataban de alejarse de la ciudad y de la horrorosa destrucción que reinaba en medio de ella. Estas personas –al menos aquellas que aún podían caminar o que no habían sido reducidas a vapor llameante por la explosión– huían del centro de la ciudad y de la vorágine destructora que se desató desde el cielo aquella mañana. ¿Hacia dónde se dirigían? ¿Qué cosas habían visto? ¿Cuántos de ellos murieron poco después, temblando y retorciéndose por las quemaduras y la radiación? En muchos sentidos, la hora final de la civilización había llegado. Desde aquellos momentos, otro régimen prevalecería, aun hasta hoy. Está construido sobre la noción de que podemos destruir a nuestros enemigos con salvaje eficiencia y rapidez, y a nosotros mismos junto con ellos. Cuán similares son aquellas imágenes a las del 11 de septiembre, de una multitud de personas, muchas de ellas heridas, algunas de ellas agonizando por sus gravísimas lesiones, huyendo de aquel infierno de fuego y vidrios hechos trizas en el bajo Manhattan? ¿Hacia dónde se dirigían? ¿A quién habían visto saltar desde las torres? ¿Qué huracán de acero estaban dejando atrás? ¿Por qué no hemos comprendido, casi 60 años después de Hiroshima, que aún somos prisioneros y esclavos de los crueles e impíos poderes que ejercemos, y que nunca escaparemos de ellos mientras no borremos las armas nucleares de este planeta? Como cristianos, debemos ayudar a los demás a entender esto antes de que sea demasiado tarde.-
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