Citar como: http://www.puertachile.cl/anabaptismo/2005_colombia.htm

 


Funeral del pastor Javier Segura.
Fotografía: Janet Plenert

Colombia: Cuando las procesiones fúnebres
ceden paso a la marcha de la paz

por Charlotte Shristi

Publicado originalmente por la Red Menonita de Misión, 3 de febrero de 2005

Traducción de Felipe Elgueta Frontier

 

Reflexión escrita con motivo de la violenta muerte del pastor menonita colombiano Javier Segura y dirigida a las iglesias de Norteamérica.

 

Globos blancos y carteles de protesta puestos en alto. El tráfico se congestiona detrás de nuestra procesión. Llegamos al deslustrado edificio municipal, el lugar en donde el joven pastor Javier Segura González falleció. Siento por primera vez el peso acumulado de las tragedias sufridas durante este año por las Iglesias Hermanas por la Paz. Hasta hoy, parecían un tanto apartadas de mi cómoda existencia en Bogotá, donde trabajo como coordinadora del programa. Pero este momento no tiene la ambigüedad de un rumor o un vago mensaje de email. Estoy presente, caminando con una comunidad colombiana de fe, una iglesia menonita del programa Hermanas por la Paz, mientras los miembros de la comunidad cargan con el féretro de su amado y admirado amigo, conduciéndolo desde su funeral hasta el sitio en donde una bomba le quitó la vida el 30 de noviembre de 2004.

Hay una grieta en la fachada de ladrillo del edificio, y mi amigo me señala el agujero en la acera que pisamos y los restos metálicos de una barrera de estacionamiento que sobresalen del concreto destrozado. Los líderes de la Iglesia Menonita de Colombia hablan acerca de esta trágica pérdida de una preciosa vida. Javier no era un “terrorista” que colocaba una bomba, como especularon los oficiales militares ante la prensa justo después de la explosión. Él no es sino otra víctima inocente del conflicto armado que afecta a este país.

Los globos se elevan en silencioso vuelo. Los manifestantes colocan sus pancartas con llamados a la paz y a la resolución no violenta del conflicto sobre las barras de seguridad de las ventanas del edificio. Otros colocan sus coronas de flores en la acera cubierta de vidrios rotos debajo de los restos de sangre seca que se observan en el muro de ladrillo.

La caravana fúnebre prosigue su camino hacia la ceremonia de inhumación en un cementerio de la ciudad; pero yo regreso a mi oficina, estremecida al perder mi sensación de distancia con respecto a la violencia de este conflicto. Una rápida mirada a las numerosas pérdidas y traumas experimentados este año tan sólo por 16 iglesias Hermanas por la Paz en Colombia, me emplaza a superar la insensibilidad que experimentamos muchos de nosotros al recibir las noticias de tanta tragedia.

 

Las iglesias: Testigos y víctimas de la violencia

Las iglesias Hermanas por la Paz en cierta región de Colombia están siendo testigos de violaciones a los derechos humanos por parte del grupo armado ilegal que tiene el control de dicha región, además de los intentos de reclutar a los hombres jóvenes. Al mismo tiempo, están siendo presionadas para que guarden silencio y no informen a la prensa acerca de lo que saben.

Un iglesia Hermana por la Paz de esa misma región del país perdió un miembro, quien probablemente fue capturado o “desaparecido" por un grupo armado ilegal. Un miembro de la misma congregación perdió una pierna por causa de una mina terrestre cuando visitaba su granja durante la cosecha.

Un pastor de otra iglesia de la región abandonó su hogar y su congregación debido a las amenazas que hiciera un grupo armado ilegal, mientras que un pastor de una tercera iglesia Hermana por la Paz enfrenta actualmente amenazas de secuestro.

La semana pasada, un supuesto combatiente paramilitar se acercó a un pastor en Bogotá con la intención de que la iglesia aceptara sus armas para poder desmovilizarse. La iglesia, luego de discernir cuál sería el consejo correcto, lo derivó a una base militar cercana.


Un grupo de paramilitares de Colombia Foto: La FM

Una comunidad Hermana por la Paz de Putumayo sufrió los efectos de las fumigaciones realizadas cerca de su pueblo. Muchos de los niños e incluso algunos adultos de la congregación cayeron enfermos en cama durante días, y el hospital local se vio inundado por residentes del pueblo y campesinos de la zona rural circundante.

Dos iglesias Hermanas por la Paz se sintieron amenazadas cuando hombres armados irrumpieron en iglesias vecinas matando a civiles durante los cultos de adoración. Una de estas congregaciones perdió también a tres personas cercanas a la iglesia debido a asesinatos selectivos cometidos por un grupo armado ilegal. Dos eran miembros de una iglesia vecina de la misma denominación.

 

La antorcha de la fe

John Harder, pastor de la Iglesia Menonita Stirling, una iglesia Hermana por la Paz de Canadá, me escribió un email como reacción ante la muerte de Javier. Sus palabras parecen responder al dolor generalizado que se vive en Colombia. John, quien también acababa de regresar de un funeral, compartió conmigo que, poco antes de morir a causa de un tumor cerebral, el líder menonita norteamericano Rodney Sawatsky escuchó a alguien decir: "Estoy tan enojado con Dios por lo que te está pasando”.

Rodney permaneció en silencio por un momento y luego dijo: “No es la voluntad de Dios que yo tenga cáncer. Soy cristiano, pero también soy mortal. Los cristianos contraen el cáncer al igual que los no cristianos. Es parte de ser humano. Lo que Dios me ha dado es paz en mi corazón y esperanza al saber que mi muerte no es el capítulo final”.

John escribió: “Es probable que un día se encuentre una cura para el cáncer, pero no para la muerte. Una cura para la violencia puede parecer tan lejana como una cura para el cáncer, pero, enfrentados a cualquiera de las dos, podemos abrazarnos unos a otros, podemos recordarnos unos a otros la fe que compartimos, aquel Jesús que, en la muerte, fue delante de nosotros en representación nuestra, y podemos orar unos por otros y alentarnos para no renunciar en nuestra lucha por la paz y la justicia”.

Éste es también el mensaje de las iglesias de paz colombianas en este momento de pérdida: la muerte de Javier no es el capítulo final, por mucho que nos duela. Quienes le sobrevivieron están dispuestos a tomar la antorcha de la fe, de la esperanza en la vida, la paz y la lucha por una sociedad justa en Colombia.

Espero ser capaz de comprender esta lección y de encontrar formas para tratar el trauma de nuestro violento mundo sin volverme insensible o distante. Quiero ser capaz de decir que yo también estoy ayudando a escribir el siguiente capítulo, ayudando a llevar la antorcha aún más allá. Y a ustedes también les deseo, como individuos y comunidades de fe, la respuesta de una esperanza y un compromiso renovados.

Jesús fue delante de nosotros para que no nos inmovilizara el temor a la muerte y el sufrimiento, y fuéramos liberados en una vida de amor, siendo el más grande amor, según él lo definió, el estar dispuestos a dar nuestra vida por nuestros amigos (Juan 15:13).

Nuestros amigos de Colombia están muriendo. Ellos necesitan que caminemos con ellos a través de este valle de muerte. Si ellos, en medio de la pérdida y el sufrimiento, pueden ver el nuevo amanecer al final de este profundo valle, no hay duda de que nosotros, como iglesias norteamericanas, podemos ofrecernos para acompañarlos en su lucha por alcanzar la luz del día.

Sí, somos mortales y no podemos escapar a la muerte, pero podemos encontrar suficiente aliento en los demás como para no renunciar en nuestra lucha por un mundo más pacífico; un mundo con menos muertes de inocentes, menos máquinas de guerra, más acceso a medicinas y atención de salud, mejor distribución de los alimentos y la posibilidad de un desarrollo humano sano.-

 

Sitio web de Justapaz

 

Más sobre el conflicto en Colombia:

Estados Unidos y la militarización de América Latina, octubre 2004

Un llamado a reenfocar la política de EEUU hacia Colombia, octubre 2004

Piden acción urgente para defender la vida de filósofa Lilia Solano, septiembre 2004