Citar como: http://www.puertachile.cl/anabaptismo/2004_snyder.htm

 


La Paz de Cristo

Revisando la tradición pacifista menonita

por Arnold Snyder

Prédica realizada el 3 de noviembre de 2002
en la Iglesia Menonita del Bethel College, North Newton, Kansas

Publicada originalmente por Menno Life, 26 de septiembre de 2003

Traducción de Felipe Elgueta Frontier


< Escultura de Carl Fredrik Reuterswärd obsequiada en 1988
   a las Naciones Unidas (Foto: ONU)

 

“Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.

Mateo 5:38-45

 


Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.

Efesios 3: 14-19

 

En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.
Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

Efesios 4:22-32

 

Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.
Efesios 5:1-2


Me gustaría reflexionar con ustedes esta mañana acerca de nuestra de la tradición de paz, las raíces bíblicas de nuestra postura pacifista y, también, acerca de cómo podríamos fortalecer nuestra respuesta en los días venideros.

Hay ciertos textos bíblicos en el Nuevo Testamento que han sido primordiales en nuestra visión menonita de la paz, sobre todo aquellos versículos tan conocidos de Mateo 5 que hemos vuelto a leer esta mañana. Y, junto con esos textos, está la forma en que los interpretamos desde nuestra tradición menonita: la enseñanza de la no resistencia, que nuestra tradición ha expresado en una negativa a participar en las guerras como objetores de conciencia.

Quiero confesarles esta mañana que en mi propia experiencia de vida, y cada vez más a la luz de mi trabajo en el campo de la historia, he encontrado que nuestra interpretación menonita tradicional de los textos de Mateo 5 como “no resistencia”, carece de lo que yo llamaría “raigambre espiritual”. He llegado a la convicción de que la dimensión del cimiento espiritual –sobre la que hablaré en un momento–, está asumida de antemano en el Nuevo Testamento y continúa siendo una base necesaria para nuestro testimonio de paz. También veo un reconocimiento de la necesidad de cimiento espiritual en los registros disponibles de la antigua tradición ascética de la iglesia cristiana, que se remonta al período patrístico. También veo algunas de estas dimensiones más profundas en los primeros anabaptistas.

 

De la no resistencia a la pacificación activa

Recuerdo que en mi juventud me enseñaron de manera muy clara que los seguidores de Jesús practicaban la no resistencia. No recuerdo muchos matices en esa enseñanza. Recuerdo haber escuchado las palabras de Jesús en Mateo 5 leídas y explicadas: dar la otra mejilla era algo especialmente pertinente para un niño algo temperamental. Recuerdo a un niño –un compañero de curso en la escuela de la misión en Puerto Rico- dándome de pedradas. Mi respuesta no fue precisamente de no resistencia. Pero un seguidor de Jesús, me dijeron, da la otra mejilla. Es el camino de Jesús. Tú caminas la segunda milla. Tú amas a tus enemigos. Es un mandamiento. Y, según me dijeron, esto también se aplica en el ancho mundo: como en el patio de recreo, cuando los bravucones dan puñetazos, puntapiés o pedradas, así también en el ancho mundo, cuando se usa la violencia. Nosotros, los seguidores de Jesús no resistimos. No lo hacemos, porque Jesús dijo que no debemos hacerlo. Sabemos que eso es bíblico, y con eso nos basta.

Quizás yo recibí una educación menonita deficiente en este aspecto; pero sospecho que mi enseñanza en el camino de la paz no era atípica para un menonita joven en aquel tiempo y lugar. Si examinamos los pasajes bíblicos escogidos y analizamos su interpretación, ¿qué podemos concluir nosotros?

Una de las cosas más notables de la enseñanza sobre la paz que yo recibí siendo un joven menonita -y aquí se verá claramente que fui criado en la tradición suiza- era la manera en que se explicaba que el camino de la paz era esencialmente pasivo en lugar de activo. Uno debía “dar la otra mejilla”, entregar la capa, caminar esa segunda milla o dejarse apedrear sin cobrar venganza. Ser manso, ser pasivo ante la violencia; éste era el punto central. Había un énfasis en la “no” resistencia.

Creo que importantes sectores de la iglesia menonita en la actualidad han llegado a tener una mejor comprensión de este problema. Ahora entendemos más claramente que el llamado a la paz que hace Cristo no es simplemente un llamado a dejarse aporrear (un llamado a recibir nuestros chichones, sin que eso nos importe), sino que es un llamado a la pacificación activa; estamos llamados a superar el mal con el bien, tal como dice Pablo en Romanos 12:21. Por supuesto, tratar de lograr esto puede hacer que seamos aporreados de todos modos; pero el punto no es el resultado, sino un enfoque diferente, más positivo del problema. El llamado a la pacificación activa es un avance muy positivo, en mi opinión, y estoy agradecido de ello. Tal como lo ha demostrado “The Missing Peace” [“La Paz Perdida”], el maravilloso libro de Jim Juhnke y Carol Hunter, el hecho histórico es que casi siempre hay caminos alternativos que llevan a la paz; pero, con demasiada frecuencia, son caminos que no se siguen. Necesitamos ser un pueblo que busque la solución pacífica y la promueva.

 

Una enseñanza antinatural

Pero en otro frente, no creo que hayamos ganado todo el terreno posible, en comparación con la enseñanza sobre la paz que experimenté cuando niño. Noten que todos los versículos de Mateo 5 adoptan la forma de mandamientos: “Oísteis que fue dicho... Pero yo os digo, haced esto...” Esto es, dar la otra mejilla, etc. ¿Por qué debemos trabajar por la paz en vez de descargar nuestra venganza? Porque Jesús lo dijo... Porque es bíblico. Porque nosotros seguimos a Jesús, seguimos sus pasos, según Él nos mandó. Nosotros estamos llamados al discipulado y, sobre este particular, las palabras y el ejemplo de Jesús no dan lugar a la duda.

Cambiar de la pasividad a la acción pacífica está muy bien, desde luego, ¿pero sobre qué base estamos actuando? ¿Cómo se fundamenta la pacificación activa? ¿En qué suelo está enraizada? Éstas son preguntas cruciales, si nos importa la salud de la planta y su capacidad para resistir condiciones adversas.

A veces me parece que nuestra comprensión de la paz de Cristo se ha convertido en un prolongado discurso sobre ética bíblica. Hay una política de Jesús, y el hecho de que el mundo sea un lugar de grises y otros matices de blanco y negro no importa en lo más mínimo. Si Jesús lo dice, es un absoluto. Es un mandamiento del Señor. Es lo que es, y nuestra única tarea es obedecer, no introducir advertencias relativizadoras de ningún tipo. Lejos esté de mí el cuestionar la verdad del asunto: está claro que Jesús dio algunos claros mandamientos a sus discípulos, y eso nos incluye.

El problema que yo tenía, y aún tengo, es que una aproximación ética a la paz de Cristo nos habla fuertemente de nuestro deber, pero no nos dice cómo cumplirlo. ¿Pero cómo se supone que logremos cumplir con esta admirable obediencia? ¿Acaso ser nacidos, criados o bautizados en una iglesia menonita nos convierte automáticamente en hombres y mujeres sobrehumanos, superhéroes éticos? ¿Es esto todo lo que necesitamos; esto es, un poco de información correcta acerca de lo que Jesús espera de nosotros? ¿Ocurrirá una iluminación intelectual de modo que nosotros, súbita e inexplicablemente, nos convirtamos en personas bendecidas con niveles celestiales de autocontrol?

Porque he aquí el problema: lo que Jesús nos pidió que hiciéramos no sigue los dictámenes de la naturaleza humana. Y esto lo conocí bastante bien cuando era niño. Cuando alguien me apaleaba harto, entonces yo, menonita o no, lo apaleaba también. Ésa es la naturaleza humana. En el Sermón del Monte, Jesús nos ordena que seamos antinaturalmente santos. Correcto. Muy bien. ¿Pero cómo se supone que logremos este estado antinatural?

La pregunta acerca de cómo podemos llegar a convertirnos en personas pacíficas es una pregunta fundamental para nuestra iglesia pacifista. Porque si el llamado que nos hace Jesús a seguirle y obedecerle como discípulos no nos deja otra opción, y si encontramos que no poseemos la fuerza para lograr este nivel de obediencia, ya sea como individuos o como iglesia, entonces lo que tenemos es una receta para la desesperación y la hipocresía, y en ningún caso una Palabra liberadora.

A veces temo que algo de esto le haya pasado a nuestra iglesia. En el tema de la no-violencia, hemos invertido Ley y Evangelio, y hemos tratado a la Ley como si fuera capaz de liberarnos. En esto, nuestra tradición abrazó a menudo el biblicismo, y el hecho de que fuera un biblicismo cristocéntrico y neotestamentario realmente no ayuda mucho. El solo hecho de aceptar y enseñar las normas correctas de comportamiento es algo bueno, pero no basta. También debemos entender y enseñar el camino que debemos recorrer para hacer de este comportamiento una posibilidad real. Quizá si Michael Sattler hubiera sido un mejor benedictino o, quizás, si hubiera vivido el tiempo suficiente como para guiar a la iglesia anabaptista durante una o dos décadas más, creo que habríamos heredado una enseñanza sobre la paz mucho más conectada con las realidades de la naturaleza humana y la conversión a la paz de Cristo.

 

El entrenamiento de los pacificadores

Los anabaptistas no fueron los primeros en leer las instrucciones de perfección de Mateo 5, ni los primeros en tomar en serio el llamado al discipulado. La iglesia de la antigüedad había reconocido hacía largo tiempo el llamado al discipulado; pero los antiguos reconocieron que obedecer los mandamientos de Jesús requeriría de algo de entrenamiento formal. Por ejemplo, San Benito, en el “Prólogo” de su famosa Regla para los Monjes, describió de esta manera el proceso:

Vamos, pues, a instituir una escuela del servicio divino, y al hacerlo, esperamos no establecer nada que sea áspero o penoso. Pero si, ... para corregir los vicios o para conservar la caridad, se dispone algo más estricto, no huyas enseguida aterrado del camino de la salvación, porque éste no se puede emprender sino por un comienzo estrecho. Mas cuando progresamos en la vida monástica y en la fe, se dilata nuestro corazón, y corremos con inefable dulzura de caridad por el camino de los mandamientos de Dios. De este modo, no apartándonos nunca de su magisterio, y perseverando en su doctrina en el monasterio hasta la muerte, participemos de los sufrimientos de Cristo por la paciencia, a fin de merecer también acompañarlo en su reino (traducción extraída de San Benito de Luján).

Lo que Benito y los antiguos establecieron fue un proceso de entrenamiento en el arte antinatural de la rendición al Espíritu y la voluntad de Dios. Ellos establecieron “escuelas” (monasterios) en donde el objetivo era transformarse en hijos amorosos de Dios. Benito y los antiguos sabían muy bien que ninguna fuerza de voluntad podría lograr esto; sólo entrenándose a lo largo de toda su vida en las disciplinas espirituales, podrían tener esperanza de acercarse a su objetivo. E incluso entonces, el logro de la victoria sería sólo por la gracia de Dios, y no debido al esfuerzo humano.

Es aquí donde creo que nuestra tradición se ha equivocado en la lectura de los antecedentes bíblicos de manera tan absoluta y profunda como la tradición ascética antes que nosotros. Hoy pedí que leyeran antes del sermón algunos versículos del cuarto capítulo de la carta a los efesios. Pablo escribe allí:

En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.

De inmediato podemos ver que Pablo está absolutamente consciente de los problemas éticos; él está hablando un lenguaje ético. No obstante, también habla de los medios por los que ha de vivirse esta nueva vida. Lo que define al discípulo no es una actitud de “aprieta tus dientes; vamos, puedes lograrlo”, sino que un discípulo es alguien que ha sido “renovado en el espíritu de su mente”.

Antes, en su carta a los efesios, capítulo 3, Pablo escribe la siguiente oración a Dios:

Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo ... para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, ... arraigados y cimentados en amor.

Así que ahí está: un discípulo es alguien que ha sido “fortalecido con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en su corazón”. Aquí es donde se localiza la Paz de Cristo (Colosenses 3:15).

Si estamos interesados en la obediencia, debemos ocuparnos del nuevo nacimiento, un nuevo nacimiento que concede el poder y los medios para obedecer. Esto es algo que un simple mandamiento o ley no puede dar. La ley puede aclarar cuál es la exigencia; pero se requiere del poder de Dios para lograr lo que Jesús pide en el Sermón del Monte.

Pero hay todavía más en el pasaje de Efesios que haríamos bien en advertir. Pablo está consciente del hecho de que el ejercicio es algo necesario si se espera que el discípulo llegue a estar lleno de amor en Cristo. Hace un rato, oíamos que se leía una lista de cosas a ser practicadas en Efesios 4:

Hablar verdad cada uno con su prójimo; airarse, pero no pecar; no hurtar más; que ninguna palabra corrompida salga de nuestra boca; quitar de nosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Ser benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, como Dios también nos perdonó a nosotros en Cristo.

Todas estas cosas no son tanto “mandamientos” puesto que son ejercicios para aquellos que han emprendido un camino de renovación luego de un nuevo nacimiento espiritual. La transformación de un ser humano en una persona antinaturalmente amorosa requerirá de toda una vida de entrenamiento para escuchar al Espíritu viviente, para aprender a crecer siguiendo la voluntad de Dios. La idea es no pretender que uno ha llegado a la meta y es ahora capaz de obrar con perfección, sino, tal como dice Pablo:

Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.

Un amor de este tipo necesita ser ejercitado para que llegue a existir. El amor al enemigo no es el punto de partida; es el punto de culminación de un viaje espiritual largo y arduo.

 

Lo cotidiano como punto de partida

Permítanme hacer una observación más sobre la breve descripción de Pablo en Efesios. Noten que él no habla del caso más evidente de violencia pública, a saber la guerra declarada. Él habla más bien del tipo de discusión pequeña que ocurre en las familias, entre los amigos, entre los miembros de la misma iglesia y comunidad.

¿Podría ser que el juicio político a la guerra a veces haya funcionado como una cortina de humo y haya desviado nuestra atención del llamado verdaderamente radical que Jesús nos hace como individuos y como iglesia? Si nuestro amor ha de ser un amor como el amor sacrificado de Dios, entonces notemos que esto no sólo está vigente en los tiempos excepcionales de la guerra, sino, más significativamente, en todas las relaciones de la vida cotidiana.

Nosotros confesamos habernos convertido en personas nuevas, y estamos en el proceso de nutrir el espíritu del amor. Ciertamente, esto será evidente en las relaciones con nuestras familias, nuestros vecinos, nuestros colegas o, incluso, en el tráfico cuando algún tonto se nos cruce en la vía (menciono esto último a modo de confesión pública).

Encuentro que los primeros anabaptistas estaban en armonía con los temas bíblicos del nuevo nacimiento, la regeneración y la disciplina en la vida espiritual. Me gustaría leer algunas palabras escritas por Pilgram Marpeck que son típicas de la visión de los primeros anabaptistas, y que hablan de nuestro tema. Marpeck escribió:

Así como el Espíritu Santo, a través de la fe y con la fe, nos confirma y nos santifica, nos lleva a la obediencia y nos guía a agradar a Dios, así también nuestro espíritu (que tiene paz y unidad con el Espíritu de Cristo) trae la carne y la sangre a la obediencia, con todas las obras corporales de la fe en Cristo. Ellas son el bautismo, la Cena del Señor, el lavado de pies, la imposición de manos, la enseñanza, la disciplina, la oración, las limosnas y revestirnos de amor por nuestro prójimo. Ellas continúan a través de la tribulación, sufrimiento y paciencia para la santificación y reconciliación de la persona entera -espíritu, cuerpo y alma- en la plena obediencia al Dios de paz. Dios nos santifica completamente y nos guardará sin mancha hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo (I Tes. 5). Del mismo modo, el Espíritu de Cristo le confirma a nuestro espíritu que somos hijos de Dios, y lo guía (Later Writings by Pilgram Marpeck and his Circle. Volumen 1: The Exposé, A Dialogue and Marpeck's Response to Caspar Schwenckfeld, traducido por Walter Klaassen, Werner Packull y John Rempel (Kitchener: Pandora Press, 1999), 76)

La obediencia al Dios de paz, dice Marpeck, llega porque el Espíritu Santo nos lleva a la obediencia. La fe que viene de Dios da como resultado “las obras corporales de la fe”, entre las cuales está la enseñanza, la disciplina, la oración, la generosidad y las obras de amor. De la misma manera en que el Espíritu Santo nos renueva, nuestro espíritu renovado trabaja para traer “la carne y la sangre” a la obediencia, para que nosotros podamos realizar el acto antinatural de revestirnos de amor por nuestros prójimos, e incluso amar a quienes desean causarnos daño. El surgimiento y crecimiento de dichas personas antinaturales es el resultado de una relación continua con el Espíritu vivo de Dios, y no puede ocurrir sin un considerable esfuerzo e incomodidad.

Permítame concluir y, al hacerlo, tratar de asegurarme de que no me malentiendan. Nuestro énfasis menonita en la ética del testimonio no-violento ante el estado, no ha estado descaminado. Ciertamente no, aunque talvez necesitemos plantearnos con más fuerza ante el estado con un testimonio no-violento basado en nuestra fe. No obstante, es necesario que seamos honestos con nosotros mismos. No podemos permitir que un testimonio ante el estado desvíe nuestra atención de los pasos necesarios y permanentes que debemos dar para poder darle integridad a nuestro testimonio. Crecer en la paz de Cristo sobre la cual se asienta nuestro testimonio, es el trabajo sincero de toda una vida. La evidencia bíblica y corrientes de nuestra propia tradición señalan el camino hacia dicho testimonio y sugieren algunos elementos que son centrales en el proceso.

Primero: Debemos nacer de nuevo y ser capacitados por el Espíritu de Dios si esperamos hacer algo tan antinatural como amar a los enemigos. Este nuevo nacimiento es una condición necesaria pero insuficiente para la Paz de Cristo. Es el primer paso de un largo peregrinar. Creo que, como menonitas, necesitamos nutrir de manera más intencional las raíces espirituales de la paz.

Segundo: Si queremos tomar seriamente el llamado de Cristo al amor incondicional, necesitaremos convertirnos en expertos en el ejercicio habitual del amor y la obediencia. Tendremos que obsesionarnos con el ejercicio y la expresión del amor en nuestras vidas cotidianas. Una verdad que Pablo parecía saber, y que San Benito ciertamente conocía, es que es sólo en el ejercicio práctico y diario del amor que el amor de Cristo se nutrirá y crecerá dentro de nosotros.

Y entonces, finalmente, demos un poderoso testimonio de paz al estado, basado en nuestro compromiso diario con la paz a través del amor y paciencia hacia la familia, los amigos, la iglesia, la comunidad y los cretinos que conducen por las calles.

Realmente espero que no me hayan malentendido. Lo que yo espero que me hayan oído decir esta mañana no es que debemos abandonar nuestro testimonio ante el estado, nuestro testimonio por la paz, sino que necesitamos continuar ese testimonio fortaleciendo nuestra enseñanza tradicional sobre la paz, en sus raíces. No habrá paz de Cristo donde no haya un nuevo nacimiento, donde no se ejerciten el amor y la obediencia, o donde hagan falta relaciones amorosas en los pequeños asuntos que conciernen a nuestro diario vivir.

Que Dios nos ayude y nos guíe en este peregrinar por medio del poder del Espíritu Santo.-