Citar como: http://www.puertachile.cl/anabaptismo/2004_pronats.htm

 

Los niños trabajadores de Bolivia

por Rachel Miller Moreland

Publicado originalmente en a Common Place, vol. 9 N°3, junio de 2003

Traducción de Helena Peacock, editada por Felipe Elgueta Frontier

 


Foto: PRONATS, 2003

¿Se lo lustro?”, dice Mario López, de nueve años. Sus propios pies van calzados solamente con chinelas plásticas, pero vigila los zapatos de los demás en una plaza en Santa Cruz. Tenis, chinelas, botas, mocasines. El cuero gastado y sucio es evidencia de un cliente en potencia.

Mario es uno de cientos de niños que lustran zapatos, limpian parabrisas o venden caramelos y papas fritas bajo el sol abrasador en las calles de Santa Cruz. El dinero que ganan estos niños le ayuda a sus familias a sobrevivir en una ciudad donde los empleos son escasos.

Rodeados por la amenaza de las pandillas y la tentación de las drogas, el futuro de los niños trabajadores siempre pende de un hilo. Los quintos que gana Mario se van sumando para pagar su pasaje de autobús, su almuerzo y la comida para su familia. Las decisiones que toma cada día –si debe ir al colegio, si debe dormir en su casa– también se van sumando. Van inclinando la balanza en favor de un destino u otro.

Por un lado, están los “cleferos”, los rudos adictos a la clefa, que con su mirada vacía andan por los callejones de Santa Cruz. Seducidos por la vida de la calle, y luego atrapados por sus adicciones, muchos chicos en la situación de Mario acaban como ellos.

Por el otro lado, hay jóvenes exitosos como Boris “Boni” Pedro Chávez. Él antes limpiaba vidrios, pero, pese a todos los obstáculos, se ha convertido en un líder de la comunidad y de la iglesia.

Superar las fuerzas que se abaten en su contra parece ser una carga injusta para un niño travieso y chascón de sólo nueve años. Pero Mario no está solo.

Al igual que “Boni”, Mario tiene el apoyo de PRONATs, el Programa para Niños y Niñas Adolescentes Trabajadores del Comité Central Menonita (CCM). En la casa de PRONATs en el centro de Santa Cruz, los niños trabajadores reciben ayuda con sus tareas o juegan una partida de ajedrez. A través de visitas a los hogares de los niños, sus escuelas y en la calle, los educadores de PRONATs animan a los 60 participantes del programa a asistir al colegio y mantener los vínculos con sus familias.

Mario pasa por PRONATs después de viajar una hora en autobús desde la habitación que le sirve como hogar a su familia, en las afueras de la ciudad. Arruga la nariz cuando le ofrecen una ducha, pero cambia de actitud cuando Mary Beth Leeper, obrera del CCM, le promete jugar “Uno” a cambio de que se asee. Los amigos de Mario llegan con sus cajones de lustrabotas y sus baldes para limpiar vidrios. Muchos de ellos van en camino desde o hacia la escuela. Las escuelas de Santa Cruz están tan llenas que la mayoría funciona en turnos (mañana, tarde y noche) dejando bastante tiempo para que los niños ganen el dinero que necesitan para pagar su mensualidad y sus uniformes y útiles.

Sin embargo, el exceso de alumnos en las escuelas implica que, si los niños trabajadores se ausentan de clases, nadie lo nota. Los profesores tienen poco tiempo que dedicar a cada estudiante, y algunos tratan a los niños con desprecio o incluso son abusivos con los niños trabajadores.

Mario dejó de ir al colegio; dice que su profesor de educación física le pegó cuando no trajo a clase sus zapatos de tenis. Mary Beth está buscando otro colegio donde inscribirlo.

Vale la pena recibir educación, como bien sabe Boni, de 21 años.

Al igual que muchos niños trabajadores, Boni y su familia se trasladaron a Santa Cruz para escapar de la pobreza del campo. La población de la ciudad ha crecido mucho en las últimas décadas, de 43 mil en 1950, a 256 mil en 1976, y a 1.2 millones en la actualidad.

Esta rápida expansión es típica de muchas ciudades en el Tercer Mundo, donde la promesa de trabajos asalariados atrae a los agricultores de subsistencia que ansían un futuro mejor. La urbanización ha sido especialmente fuerte en Bolivia, el país más pobre de Sudamérica, y mucho más aún en Santa Cruz debido a la política del gobierno de los años 60 y 70 que alentó a los bolivianos a colonizar la zona.

Santa Cruz no puede satisfacer las expectativas de tantos residentes nuevos. Sus precarios barrios, que van brotando en anillos en permanente expansión, sobrecargan una infraestructura ya debilitada. La gente lucha por buscar trabajo, y la supervivencia se transforma en una responsabilidad de la familia entera.

El hecho de tener que trabajar no hace que los niños urbanos sean diferentes de los niños rurales. Un estudio realizado por el Banco Mundial en el año 2000 encontró que un 12.6 por ciento de los niños bolivianos de entre 10 y 14 años de edad trabaja, muchos de ellos en el campo. Algunos son explotados en las minas o en plantaciones. Sin embargo, muchos de ellos trabajan en los campos de cultivo junto con sus padres y es muy poco probable que se encuentren con los peligros y las tentaciones que enfrentan los niños de la ciudad.

Boni tenía 14 años cuando algunos amigos le contaron de un centro donde podría jugar fútbol y hacer manualidades. Aunque a veces tenía que dejar la escuela para poder trabajar, siempre volvió a sus estudios gracias al apoyo del personal de PRONATs y de sus padres. Ya completó su enseñanza secundaria, asiste a un instituto técnico y también quiere ser pastor.

La familia de Mario también llegó a Santa Cruz en busca de trabajo. Salieron de la zona de Tarija, cerca de Argentina, cuando Mario era pequeño, y ahora alquilan un cuarto en una casa de concreto y techo de tejas en las afueras de la ciudad.

La mamá de Mario, con la cara pálida y cansada luego haber acudido la clínica a altas horas de la noche con su bebé enfermo, se para tímidamente en la puerta de la casa. Apenas se escucha su voz mientras nos cuenta cómo extraña a sus familiares. Aunque quiere colaborar con el personal de PRONATs, dice que se siente incapaz de controlar a Mario. Su esposo trabaja como carpintero y muchas veces está borracho o ausente.


La obrera de CCM Mary Beth Leeper juega una mano de "Uno" con Mario y otros lustrabotas.
Foto: Jack Leonard, a Common Place

Con los ojos bien abiertos de admiración y un poco de envidia, los cuatro hermanos menores de Mario piden volver al centro de la ciudad con él. La independencia y la camaradería que comparten los niños trabajadores le da un cierto encanto a sus vidas –al menos, desde lejos se ve así.

De cerca, las desventajas se vuelven evidentes. Los niños que limpian parabrisas a veces son atropellados por los autos. El trabajo de lustrabotas es un poco menos peligroso, pero siempre existe el riesgo de ser asaltados.

Los niños trabajadores también sufren maltrato psicológico. Muchas veces, por ser considerados una molestia, son tratados de “inútil” o “basura”, especialmente por conductores que se disgustan a ver a los niños mugrientos subiéndose a sus autos para lavar los parabrisas.

Junto con la ruptura de la estructura familiar que a veces acompaña a la pobreza urbana, la lucha diaria por la dignidad deja a los niños trabajadores en una situación en la que corren el riesgo de acabar como niños de la calle. Es posible que prueben la clefa sólo una vez para no sentir hambre o que decidan robar un poco de pan en lugar de trabajar largas horas para comprarlo. Es probable que una noche decidan no volver a casa y luego adopten la costumbre de dormir en la calle. Puede ser que empiecen a mendigar o a robar o se prostituyan. Según un estudio realizado en 1999, aproximadamente 4.000 niños viven en las calles de las cuatro ciudades más grandes de Bolivia; es probable que muchos de ellos hayan empezado como niños trabajadores, al igual que Mario y Boni.

El personal de PRONATs intenta que los niños sientan que son algo especial. Israel Pereira, coordinador de PRONATs y obrero del CCM proveniente de Brasil, dirige talleres sobre autoestima, comunicación y drogadicción. En una visita a los niños en la calle, el educador boliviano Ramiro Moreno se agacha para ponerse cara a cara con una pequeña niña que limpia parabrisas, y le pregunta tiernamente cómo está.

La mayoría de los niños y adolescentes trabajadores de las calles de Santa Cruz son varones. Sin embargo, hay algunas niñas, como María Tatiana de 13 años de edad. Ella pasa velozmente por entre los autos, el polvo y el humo para lavar parabrisas, mientras sus hermanitos pequeños se quedan en la acera jugando con el agua de su balde. Su mamá vende caña de azúcar en la plaza a unas cuadras del lugar, explica María Tatiana.

El año pasado se le otorgó el premio al “NAT del Año” a Martha Chirino. Martha, de 16 años de edad, trabajaba antes como vendedora de jugos de fruta. Ahora es bibliotecaria en la casa de PRONATs y asiste a la escuela en las noches. Tiene notas excelentes; pero a partir del nacimiento de su hija hace año y medio, Martha tiene más metas para su bebé que para sí misma.

“Quiero trabajar y ganar más dinero para que Mariela pueda estudiar y ser una profesional”, dice Martha. Ella está muy agradecida del personal de PRONATs por animarle y ayudarle a mirar hacia el futuro.

Pero, por cada Boni o Martha, hay varios otros niños que caen en la trampa de la droga o del crimen, o que un día simplemente dejan de asistir a PRONATs. La balanza se inclina demasiado hacia un lado, y de repente quedan fuera del alcance del programa.

El personal de PRONATs está haciendo todo lo posible por inclinar la balanza de la vida de Mario, y la de otros niños trabajadores, hacia la esperanza.

De regreso en la plaza de Santa Cruz, Mary Beth llega con una cálida sonrisa y un juego de cartas de “Uno”. Los lustrabotas se congregan a su alrededor. En cuclillas, Mario mira entusiasmado las cartas que tiene en la mano.

Al menos por unos breves instantes, el peso del futuro se aliviana. Por unos breves instantes, sus decisiones afectan sólo un inocente juego de cartas.

 

Galería de fotos: PRONATs 2003-2004

 

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