Citar como: http://www.puertachile.cl/anabaptismo/2004_carta_mision.htm

 

Carta Pastoral: Nueva visión para una Misión Integral

por Carlos Gallardo Serrano, Pastor Iglesia "Puerta del Rebaño"


CONCEPCIÓN, 28 de mayo de 2004

 


El emperador Teodosio.
Con su Edicto de Tesalónica del
año 380, el cristianismo pasaba
de la clandestinidad al rango de
religión imperial. Foto: ArpaNet

En el caminar histórico de la iglesia con la sociedad, hemos vivido diferentes etapas y experiencias. Desde una iglesia perseguida y atormentada que crece en la clandestinidad y ve morir asesinados a sus líderes, hasta una iglesia dueña del estado que impone las normas de la sociedad y que, de perseguida, se convierte en perseguidora y ejecutora de los que quebrantaban sus preceptos.

Entre estos extremos hay tiempos de recogimiento contemplativo y tiempos de mimetismo con las pasiones y afanes de este mundo; mientras algún remanente ha buscado hacer la voluntad de Dios con amor, otro sector ha querido imponer la voluntad de Dios con el poder de la fuerza. Y hemos entendido que la voluntad de Dios para la iglesia es que llevemos a la humanidad hasta Él.

La iglesia siempre ha puesto su mejor esfuerzo para acercar a las personas, desde su estado de indignidad, a los pies de Dios; de despertar las conciencias a la realidad de que sólo con Dios podemos alcanzar protección y redención; mostrar a estos seres humanos finitos, mortales e indignos, que Dios, a través de Jesús el Cristo, nos ha dado la oportunidad de ser hechos hijos de Dios y adquirir una salvación que no merecíamos.

Lo hemos hecho con la apologética convicción de la ortodoxia o la fuerza del Espíritu pietista, usando el ruego o la imposición; usando desde el docto y reflexivo lenguaje de la teología, hasta la efusiva y carismática fuerza del Espíritu Santo.

Hemos querido hacer su voluntad en la sufrida clandestinidad y desde la alianza pactada con los poderes de este mundo; desde las componendas hasta la suplicante búsqueda de la dirección de Dios.

Ha sido un esfuerzo legítimo. Queremos comunicar las buenas nuevas de salvación al mundo, el evangelio de Jesucristo. Siempre lo hemos hecho desde la perspectiva de un ser humano indigno que debe buscar acercarse al Dios único, misericordioso y compasivo que puede perdonar nuestros pecados si nos arrepentimos de corazón.

 

Indignidad humana versus Reino de Dios

Todo esto es verdad; pero hemos destacado muy poco otras realidades que nos revelan las escrituras, en comparación a la exacerbación que hemos hecho de nuestra indignidad.

Esta idea de indignidad ha sido reforzada en nuestra cultura por la fuerte influencia de la filosofía griega que hemos heredado y que nos ha acompañado durante todo el desarrollo de nuestra historia cristiana, con su clásico concepto de que nuestro cuerpo es la cárcel del espíritu y que en nuestro cuerpo material despreciable vive un espíritu que pertenece a otro mundo u otra realidad perfecta.

Es por esta influencia que ha resultado tan lógico y fácilmente asimilable en nosotros la lógica de nuestra indignidad, nuestro desprecio o degradación, de tal manera que nos resulta muy difícil de aceptar que Dios nos haya regalado o devuelto nuestra dignidad.

El castigo del cuerpo, la autoflagelación y todo tipo de penitencias para alcanzar la gracia de Dios, para mejorar nuestra relación y proximidad con Él, o simplemente para que su voluntad sea propicia a nuestras peticiones y necesidades, ha permanecido hasta hoy en las prácticas religiosas ligadas al cristianismo. La clásica exaltación del espíritu y desprecio o sacrificio de la carne; todo sea para elevar nuestra “espiritualidad” y aproximarnos a Dios.

Al parecer, estas prácticas tienen sus orígenes arraigados en alguna concepción muy primitiva de relación entre el ser humano y sus deidades, porque el sentido sacrificial de las religiones es común a casi todas las culturas primitivas. Pero si consideramos la forma en que Dios se relaciona con nosotros, nos daremos cuenta que Él se nos da a conocer como un Dios totalmente distinto. Es por su iniciativa que le conocemos. Él decide aproximársenos, se nos revela, nos habla a través de los profetas en las Escrituras y se encarna –se hace como uno de nosotros- en Jesús de Nazaret y, desde ese momento, nuestro Señor nos anuncia: “El reino de Dios se ha acercado...” (Mr 1:15), y también dice a los fariseos: “He aquí el reino de Dios está entre vosotros” (Lc 17:21).

Quizás no sea tan necesario llevar a la humanidad hasta Dios. Él ya está próximo, es un trabajo que Nuestro Señor realizó, Él habita en medio de su pueblo. Si esto es así ¿cuál sería la responsabilidad de la iglesia? Parece evidente que nuestra responsabilidad es mostrar a este Dios próximo, tan cercano que ya no debemos mirar hacia el cielo para buscarlo, porque está entre nosotros y tenemos que encontrarnos con Él en el acontecer cotidiano. Es aquí donde nos habla a diario, desde nuestro prójimo, desde la contingencia social, como le habló a los profetas que fueron antes que nosotros, su iglesia (Mt 5:12).

 

A imagen de DIos

Llevar a la humanidad al encuentro con un Dios que está en el cielo “más allá del sol” (como dice alguna alabanza), es una tarea difícil que está en el plano de lo metafísico y que en las Escrituras no se nos revela como el interés de Dios.

Esta sensación de distanciamiento con Dios en que vive nuestra sociedad (auto declarada en su gran mayoría cristiana), está arraigada en esta herencia cultural de indignidad ante un ser perfecto, en la cual es muy difícil alcanzar perdón y comprensión.


La idea de la indignidad humana
ha sido reforzada por el desprecio
del cuerpo heredado de la
filosofía griega clásica.

 

Sin embargo, la dignidad que el ser humano recibe en la creación es la máxima a la que una criatura puede aspirar: ser creado a imagen de su propio creador y más aún cuando el creador es el Dios todopoderoso, creador de todas las cosas. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn 1:27). Evidentemente, la intención del creador fue distinta a la que nosotros hemos asumido; es verdad que nosotros nos alejamos del Padre cuando quisimos ser como Dios (Gn 3:5-6), cuando quisimos ser nuestro propio dios o diosa; pero el plan de Dios es inalterable y Él restaura nuestra relación en Cristo.

Jesús de Nazaret, el Cristo, el Hijo del Dios viviente, nos da la posibilidad de ser hechos hijos de Dios. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn 1:12). Jesús nos llama a ser hijos de Dios, y ése es el rango que Él tiene en la Trinidad o, como dice el apóstol Pablo: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación” (Col 1:15). O sea que la imagen de Dios nos es devuelta por Él mismo, por aquel que es nuestro Señor y Dios.

Conviene recordar el relato de la visión que tuvo el apóstol Pedro en Jope sobre la azotea de la casa de Simón curtidor cuando tuvo hambre y vio “algo semejante a un gran lienzo, que atado de las cuatro puntas era bajado a la tierra; en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo. Y le vino una voz: Levántate, Pedro, mata y come. Entonces Pedro dijo: Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás. Volvió la voz a él la segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común” (Hch 10:11-15).

Podemos decir, entonces, “lo que Dios ha dignificado no lo llamemos indigno o despreciable”.

 

Una tarea urgente en nuestra sociedad

La misión de anunciar al mundo las buenas nuevas de salvación completa, de todo nuestro ser, nuestra humanidad integral, creada a imagen de Dios, se hace urgente en una sociedad que tiende a hacer de las personas entes utilitarios para fines que sirvan al desarrollo de los mercados. El mercado nos impone competir en casi todas nuestras actividades cotidianas, y dicta los parámetros y reglas, en lo estético, en las metas e ideales a alcanzar, en nuestras relaciones humanas, etc.

Las personas, principalmente las más jóvenes, son conminadas a alcanzar cánones de belleza que simbolizan éxito y posibilidades de participar con mejores opciones en una sociedad que tiende a rechazar o subestimar lo que no se enmarca dentro de estos cánones impuestos por la cultura imperante. Ésta no escatima en los costos humanos, materiales, familiares y de todo tipo que invierten los individuos para alcanzar dichos estándares, y quienes no los logran se sienten marginados y excluidos, principalmente las mujeres jóvenes, cayendo en estados de depresión y desencanto de la vida.

Las metas u objetivos individuales se caracterizan por ser básicamente individualistas o egoístas y hacen que las personas vivan en una esquizofrenia agotadora, porque estamos divididos entre nuestros naturales instintos de proximidad con nuestros congéneres y la desconfianza y tensión que nos produce la pugna competitiva diaria. Esta afanosa vida por alcanzar las exigencias que el sistema nos impone, nos ha convertido en personas descomprometidas con nuestro prójimo y con nuestro entorno, viviendo relaciones humanas superficiales y efímeras, tanto que hasta el matrimonio y la familia se convierten en instituciones que cada día pierden más solidez y vigencia.

Nuestros jóvenes miran el futuro con desazón. Desesperanzados, vislumbran un horizonte negro, con miedo a ese futuro que se muestra incierto. Los que ven mermadas sus posibilidades de competir, en porcentajes demasiado altos están optando por el vértigo de la anarquía y la autodestrucción a través de las drogas o los caminos ilícitos de la delincuencia. Y también demasiados de los que ven alguna esperanza de seguir compitiendo, embotan su decepción de vivir en una sociedad desarraigada de humanidad en una vida bohemia o licenciosa.

¿Qué respuesta tenemos como iglesia de Jesucristo ante esta realidad?.

La misma de siempre: “Predicar el evangelio”. Se nos hace urgente comunicar de nuevo las verdades básicas del evangelio de Jesucristo: la encarnación, la redención, el perdón, su misericordia, su presencia, su protección y, por sobre todo, la vida eterna y la reconciliación.

A una persona que ha incorporado en su ser el verdadero sentido de dignidad que Dios le da, no le resulta fácil aceptar la degradación ni mirar con fatalismo el futuro, si del mismo Dios depende. Tampoco podrá mirar a otros con desprecio, si los demás tienen su misma dignidad. No es fácil matar o marginar a quien respetamos y consideramos nuestro igual, si nosotros somos dignos.

Comuniquemos la buena noticia: el Reino de Dios se ha acercado y somos hombres y mujeres hechos a imagen y semejanza de Dios; alegrémonos y encantémonos de nuestra humanidad; cada ser humano es amado por Dios; Él se ha acercado y nos regaló el camino para ser hechos sus hijos e hijas. ¿Cómo podremos entonces despreciar nuestra corporalidad, nuestra intelectualidad, nuestras emociones, nuestra creatividad o el mundo que nos ha sido regalado para vivir y construir adaptando nuestro entorno?.

Jesús no sólo dignifica nuestra corporalidad y humanidad en su encarnación, haciéndose como uno de nosotros, sino que resucita en su mismo cuerpo; glorificado, sí, pero no reencarnado en otro, despreciando su original humanidad. Resucitado, Él dice: “Palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lc 24:39b).

Comuniquemos que es pecado despreciar lo que Dios ha dignificado con la vida de su propio Hijo; que Él permanece con nosotros y en nosotros a través del Espíritu Santo; que en el rostro de cada ser humano podemos ver la imagen de Dios; que cada uno puede levantar su cabeza con dignidad para mirarnos de frente. Son las buenas nuevas del Reino de Dios entre nosotros. Ya no es necesario buscar en el más allá: Dios está aquí.


Comuniquemos que en el rostro de cada ser humano podemos ver la imagen de Dios;
que cada uno puede levantar su cabeza
con dignidad para mirarnos de frente.

Foto: Mary Beth Leeper
PRONATS, CCM Bolivia

Ya no hay hombre o mujer, empresario u obrero, blanco o negro, santo o pecador, musulmán o cristiano; por todos ha venido Cristo, y las puertas están abiertas a todo el que quiera entrar a la presencia de Dios.

Los que se sienten excluidos y marginados, los delincuentes, los drogadictos, los alcohólicos, los homosexuales, los que venden su cuerpo, son importantes para Dios y para nosotros, la iglesia, porque ante Dios somos todos iguales. Que nuestros jóvenes no se sientan asustados ni mirando el futuro con desesperanza en un mundo hostil y sin espacio para ellos.

La iglesia debe ser sal que detiene la corrupción y luz para esta sociedad; debemos impregnar el mundo de buenas noticias, “Evangelio” para mujeres y hombres nuevos. No sólo asistamos al caído, sino llamémoslo a reintegrarse sintiéndose con todo el derecho a asumir la dignidad que Dios en Jesús le regaló.

Ésta no es una tarea rápida ni fácil. Hay que cambiar por esperanza siglos de menoscabo humano. Esta carta sólo pretende despertar sospechas y un poco de interés. Hay que conquistar la labor pastoral, la reflexión de los teólogos, el análisis de los sociólogos, la filosofía, etc. Eso sí, con la cara ambición de algún día impregnar a la sociedad y la cultura con un evangelio integral.

Comuniquemos las buenas nuevas: “El reino de Dios se ha acercado”; encantémonos de la humanidad y de toda la creación que “vio Dios que era buena en gran manera” (Gn.1:31).

 

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