Citar como: http://www.puertachile.cl/anabaptismo/2004_brun_paz.htm

 

La paz como meta y camino

por Tony Brun, ex rector del Seminario Anabautista Latinoamericano (SEMILLA)

 

A continuación presentamos una reflexión del rector del Seminario Anabautista Latinoamericano (SEMILLA), escrita poco después del atentado del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas

Ante la inminencia de una nueva guerra, el autor hace un llamado a todas las religiones para que asuman su responsabilidad como educadoras en favor de la paz.

 

Introducción

 

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.
No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.
Juan 14:27

 

Bienaventurados los pacificadores,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Mateo 5:9

 

Quiero citar junto con estos textos de Jesús, dos frases de Mahatma Gandhi:

 

“Allí donde hay amor, también está Dios”.
“Somos semejantes a Dios, en la medida en que nos tornamos no violentos”.

 

En la filosofía médica de la Grecia antigua, se pensaba que, entre el interior y el exterior, cruzando la vida entera, circulaba un fluido, un humor llamado Physsis, de donde viene nuestra palabra “física”. De modo que entre la física interna y la física externa hay mutua interrelación. En cierto modo, no hay nada que entre en la conciencia humana, sin al mismo tiempo entrar en la relación con el mundo, y viceversa. Los hechos del mundo entran en la conciencia humana, en su física interior, modificando sus valores, humores, emociones, sentimientos, comportamientos y creencias.

En estos días en que parece que los rumores y las posibilidades reales de una nueva guerra nos asustan nuevamente, sentimos que esos hechos golpean nuestro mundo interior, afectando las emociones, sentimientos y la misma esperanza.

Ante una nueva escalada de guerra y las víctimas que habrá (en Latinoamérica sabemos muy bien que, como decía el dramaturgo alemán Berthold Brecht, “cuando los ricos hacen la guerra son los pobres los que mueren”), en primera instancia, yo preferiría quedarme en silencio. El silencio no es indiferente ni estúpido, es sólo eso, silencio. Las palabras son muchas, el silencio es Uno. Las palabras vienen y vuelven al silencio, y el estruendo de la tragedia precisa mucho más que un minuto de silencio. Para acompañar ese silencio y pensando en esas personas, niños, madres, padres, abuelos, en esas familias víctimas, me gustaría compartir a siguiente canción:

 

Detrás está la gente (Joan Manuel Serrat):

Detrás de los héroes y de los titanes, detrás de las gestas de la Humanidad
y de las medallas de los generales, detrás de la estatua de la Libertad.

Detrás de los himnos y de las banderas, detrás de la hoguera de la Inquisición,
detrás de las cifras y de los rascacielos, detrás de los anuncios de neón.

Detrás está la gente, con sus pequeños temas, sus pequeños problemas y sus pequeños amores;
con sus pequeños sueldos, sus pequeñas campañas, sus pequeñas hazañas y sus pequeños errores.

Detrás del Quijote, del New York Times, de Miss Universo;
detrás de Hiroshima y del Vaticano, detrás de víctima y del criminal.
Detrás de la mafia y de la policía, detrás del Mesías y de Wall Street;
detrás del Columbia y de la heroína, detrás de Goliat y de David.

Cada uno a su manera,
cada quien a su modo,
detrás estamos todos,
usted, yo y el del frente.
Detrás de cada fecha, detrás de cada cosa,
con su espina y su rosa,
detrás, detrás está la gente.

 

Sin embargo, ante los rumores de la guerra, siempre precisaremos hablar y dar palabras de paz, como denuncia, protesta, pero también como anuncio y propuesta. La guerra nunca es “justa” y la guerra nunca es “santa”. Por eso, cualquiera de sus rumores necesita ser silenciado por las palabras de paz y plegarias de paz. En éste, y en todo momento, éstas deben ser las palabras de las religiones y tradiciones de paz: palabras de paz.

En el corazón de SEMILLA está este anhelo: dar siempre palabras de paz. La paz no sólo como meta, sino también como camino. Como decía un poeta persa: “No se cansan nunca los que siguen esta senda, porque es al mismo tiempo la meta y el camino”. También para la misión educativa de SEMILLA, la paz es la meta, y también, el camino.

Confieso que no me resulta fácil hablar de la paz. ¡Nunca es fácil hablar de paz! Especialmente cuando se viene de contextos de dilacerada injusticia, endémica pobreza e histórica explotación de los pobres como sucede en América Latina, donde según la UNICEF, “la mayoría de los pobres son niños y la mayoría de los niños son pobres”.

Sin embargo, justamente estos hechos -que no son naturales a nuestra cultura-, así como la guerra que nunca es “natural” a la especie humana, me hacen retomar las antiguas convicciones anabautistas y menonitas, de la paz y la no-violencia, y que también son convicciones antiguas en muchas tradiciones espirituales de la Humanidad. “La paz y la no-violencia son tan antiguas como las montañas”, decía Gandhi.

 

I. La paz en todo y todo en la paz

Infelizmente, la preocupación por la paz aparece solamente en los tiempos de crisis o en los antecedentes de una guerra. No debería ser así. Es posible que aun relacionemos la no-violencia y la paz solamente con los momentos de rumores de guerra, y para otros momentos y crisis... bueno, para eso está la policía. Así, entonces, olvidamos que la paz y la no-violencia son el camino para resolver todos, absolutamente todos los conflictos humanos, sean personales, interpersonales, familiares, laborales, sociales, religiosos, políticos, nacionales e internacionales. Entonces, todo tiene que ver con la paz, ella tiene que ver con nuestro ser personal y relacional.

1. La paz y la no-violencia se aplican también a nuestro ecosistema afectivo. O sea, tiene que ver con la serenidad, y no con el nerviosismo, con acariciar y no con agarrar, con sensibilidad y con ternura, con manos abiertas y no cerradas, con la delicadeza y no con la aspereza, con el realce de la singularidad y no con la sumisión y el aplastamiento del otro o la otra. Difícilmente viviremos en paz si aun en nuestro mundo afectivo somos dominados por la aspereza y la insensibilidad.

2. La paz y la no-violencia se aplican también a nuestro ecosistema social. O sea, respetar las diferencias, oír más y discutir menos, optar por servir y no por dominar, optar por la condescendencia y no por la auto preferencia. Es mirar las cosas desde la perspectiva de los menos favorecidos, optar por el “ser” y no por el “tener”. Se aplica a todas las relaciones, inclusive las internacionales.

Entonces, todo tiene que ver con la paz, ella tiene que ver con nuestro ser personal y relacional. Por lo tanto, las cosas que diré se relacionan también con el modo de ser, pues ser no-violento es respetar el ritmo del Ser, respetar el ritmo natural de las cosas. ¡La guerra no es natural!

Las religiones e iglesias y sus instituciones que son depositarias de esto, son las primeras responsables de educar en esas palabras a favor de la paz y por la no-violencia.

 

II. Es difícil vivir sin paz exterior, pero es imposible vivir sin paz interior


"Es imposible gozar de auténtica paz interior cuando nuestro entorno humano y ambiental
sufre violencia e injusticias".
Foto: Niño refugiado sudanés.
Fuente: Reuters, junio 2004

La paz interior y la exterior se relacionan íntimamente; podemos distinguirlas pero no separarlas. Siempre es horrible vivir situaciones de conflicto y de guerra de cualquier tipo. Se dice que anualmente hay más de 20 conflictos armados.

1. La ausencia de paz interior alimenta los conflictos, alimenta tanto los chantajes afectivos y emocionales como los chantajes político-sociales, los deseos de venganza y las guerras frías de todo tipo. La falta de paz interior alimenta la violencia. Pero si aún hay paz interior, quedan siempre algunas posibilidades de sobrevivir.

2. Por otra parte, es imposible gozar de auténtica paz interior cuando nuestro entorno humano y ambiental sufre violencia e injusticias. Entonces, es difícil vivir sin paz exterior, pero es imposible vivir sin paz interior. No existe la una sin la otra. Tenemos que reconocer nuevamente que la armonía y el equilibrio exterior dependen de la armonía y el equilibrio interior, y viceversa. En este sentido, para la misión educativa de SEMILLA, la educación para la paz social, no está separada del cultivo de la espiritualidad y la paz personal. Me parece a mí que esa fragmentación entre lo exterior y lo interior, tan típica de la cultura occidental, es causante también de la fragmentación exterior y de modos modernos de ser que son violentos.

Las religiones e iglesias son depositarias de esto, y sus instituciones son las primeras responsables de educar en la práctica de esa espiritualidad de paz.

 

III. La victoria jamás conduce a la paz

Dice una oración árabe: “la única victoria que perdura, es aquella que no deja ningún derrotado”. La victoria solamente conduce a la victoria, no a la paz.

Ésta no es meramente una afirmación teórica, sino una constatación en la historia de la humanidad. Tenemos más de 8 mil tratados de paz, y ninguna de esas victorias trajo la paz verdadera. Ni siquiera la represión del terror tiene resultados duraderos. Sin embargo, aunque sea la victoria de los buenos, la paz no se consigue con la victoria o el tratado de los vencedores.

La paz -al igual que el amor- no se consigue por decreto. La imposición de nuestro régimen de paz no puede traer la paz, porque la paz no es solamente el restablecimiento del orden quebrantado, sino un orden nuevo.

Lo más esencial del evangelio nos dice que sin la derrota de la lógica del TENER (posesiones), sin la superación de la lógica del PODER (dominar), sin la substitución de la lógica del SUBIR (fama), en cada uno de nosotros, en nuestra cultura, en nuestras instituciones y sistemas, no habrá auténtica paz. La victoria solamente lleva a la victoria, no a la paz.

La antigua sabiduría de una antigua religión de la humanidad lo dice así:

Aquel que vence, engendra odio,
Y aquel que es vencido, sufre,
Pero con serenidad y alegría se vive,
Si se superan la victoria y la derrota.
(Dhammapãda XV, 5)

Las religiones e iglesias son depositarias de esto y sus instituciones son las primeras responsables de educar en la práctica de esta palabra.

 

IV. La paz exige un desarme no sólo militar, sino también cultural


En 1945, las terroríficas armas nucleares fueron usadas por primera vez como un medio para imponer la paz.
Posteriormente, la carrera armamentista nuclear
pondría en riesgo la sobrevivencia
de toda la humanidad.

No alcanza con el desarme militar (¡aunque sí sería muy bueno para la humanidad!) sino que es necesario también el desarme de la lógica y la matriz cultural y simbólica que genera las armas.

En mi opinión, ya no hace ningún bien a la humanidad (¡si es que alguna vez lo hizo!) la simbología guerrera de las banderas, los himnos y los escudos. El nacionalismo, como todos los ismos, ha generado una razón armada, una legitimación y justificación de la violencia que está dejando sin jóvenes al planeta.

“Reitero –decía Gandhi– mi convicción de que no habrá paz para los aliados ni para el mundo, a menos que dejen de lado las certezas sobre la eficacia de la guerra y su terrible correlato de impostura y fraude y se decidan a trabajar por una paz real basada en la libertad y en la igualdad de todas las razas y naciones”.

La paz exige que en nuestras comunidades e iglesias existan verdaderos “pactos de ternura”, donde los niños y niñas aprendan sobre la cooperación y no la competencia; donde, sin negar el conflicto, aprendamos a dialogar sabiendo que el diálogo no es un monólogo más otro monólogo; donde aprendamos a abandonar el miedo a perder el control, y la nobleza de la vulnerabilidad; donde finalmente aprendamos que es necesario desarmarnos del despotismo afectivo para relacionarnos con la dádiva del amor. La paz comienza por allí.

Y, para esta pedagogía de la paz y de la no-violencia, las religiones e iglesias y sus instituciones son responsables de educar los hogares y comunidades en esa vivencia de la paz.

 

V. Sólo el perdón, la reconciliación y el diálogo continuo conducen por el camino de la paz

Esto es siempre polémico. No es fácil abandonar la sed de punición, la razón del castigo, la justa causa que pareciera legitimar la violencia. Pero, otra vez, el castigo, la restitución, la punición para saciar el deseo de venganza, no conducen a la paz. Esto no es una afirmación sentimental, así como tampoco, digámoslo claro, el perdón y la reconciliación son opuestos a la justicia. Al contrario, son parte de ella.

Pero, algunas veces, el daño es tan espantoso que ninguna compensación, ninguna sed de legítima venganza, podrá deshacer lo que fue hecho. Allí, perdonar no es natural. El perdón es más que la voluntad de perdonar, es necesaria la gracia, la fuerza divina, el Espíritu. Llama la atención en los textos evangélicos que cada vez que Cristo da la paz a sus discípulos, también les confiere el poder de perdonar, les da el Espíritu. Sin Espíritu no hay el poder ni la energía para la reconciliación.

Las religiones e iglesias y sus instituciones son responsables por la práctica de esta palabra y la transfusión de ese espíritu.

 

VI. La paz es un don divino

¡La paz, así como estamos hablando, es un don divino, es un misterio! Por eso, no es fácil hablar de la paz. ¡Mucho menos vivir esos principios de paz! ¡Es un contrasentido eso de “luchar por la paz”, “hacer la guerra para traer la paz”! No se lucha por la paz, se lucha sí por los DDHH, por la justicia, por el pan, pero no por la paz. La paz se recibe, se descubre; la paz es un descubrimiento no una conquista. Pero una vez descubierta, es necesario alimentarla, recrearla. Es un don, pero no un don prefabricado. Es un camino que se abre cuando se recibe con actitud humilde; pero es también una meta. La paz está en el viaje y también en el puerto.

En ultima instancia, la meta de la vida, no es hacer una “carrera” sino vivirla, pero vivirla en paz; “así en la tierra como en el cielo”, dice el evangelio.

El texto evangélico que usamos habla justamente de recibir la paz de Dios. No la paz de los tranquilizantes, de las comodidades, de una seguridad que pueda ser adquirida, comprada, o de una técnica de autoayuda. No es la paz que el mundo del tener, del saber, del subir o del poder pretende darnos. ¡No! Es la paz del Ser, es una paz que no depende de las circunstancias, no está condicionada, no es provocada por el exterior.

La paz no es un “algo” sino un “Alguien”. “Yo soy la paz”, dice Cristo.

Las religiones e iglesias y sus instituciones, son responsables por la práctica de esta palabra.

 

Conclusión

San Agustín, el padre de la Iglesia, tenía una homilía, un sermón, que se aplica muy bien al mundo de nuestros días:

“Dos personas quieren ir a ver la salida del sol” (¿Hay algo más pacífico y bello? Todos nosotros aspiramos a la luz. Pero esas dos personas son el rico y el pobre, la derecha y la izquierda, el judío y el palestino, el creyente y el pagano, el varón y la mujer, el negro y el blanco).
“Comienzan a discutir sobre dónde aparecerá el sol y cuál sería la mejor manera para observarlo” (son las diferencias de ideologías, de temperamentos, de culturas, de religiones, de etnias. ¿No es ésa la condición humana?)
“Comienzan a pelear y luchar y, en la discusión, llegan a las manos, inclusive se golpean con ferocidad” (sabemos cómo comienzan las escaladas de peleas, de conflictos, de ataques, de guerras, pero no sabemos cómo acaban).
“En el fragor de la lucha, se arrancan los ojos. ¡Qué necias son tales personas, porque así no podrán gozar de la contemplación de la aurora!” (En las guerras y en las disputas no hay vencedores: todos son vencidos. Y, finalmente, aquello por lo que se luchaba, se tornó imposible para los dos).

La situación actual es semejante: estamos sacándonos los ojos unos a otros, una vez más es necesario advertir y tomar plena conciencia de lo que decía Mahatma Gandhi:

“El ojo por ojo, finalmente, dejará ciego al mundo”.


Amén, peace, shalõm, salãm

 

Ir mas allá

por Tony Brun

Publicado por Ediciones SEMILLA, 2004

El desafío actual para la espiritualidad de las iglesias, no es un desafío parcial, que se puede solucionar apenas con el consumo de ´bienes´ espirituales. La crisis espiritual es mucho más radical, y se evidencia como una ausencia de sentido. Muchos creyentes ya no quieren saber sobre Dios, sino que les mueve una sed interior por ´experimentar´ a Dios. Este libro aborda con franqueza estas cuestiones. Nos invita a ir más allá mediante una reconversión interior, que siguiendo el soplo del Espíritu en nosotros trascienda los miedos que enfrentamos al constatar la necesidad de cambios en estas tres dimensiones de la vida espiritual: personal, ambiental y social.