Mil soldados norteamericanos muertos: Un asunto personal por David Batstone Publicado originalmente en inglés en Sojourners, 8 de septiembre de 2004 Traducido por Felipe Elgueta Frontier
Escribo mi columna de esta semana desde una sala de hospital. En muchos aspectos, los acontecimientos del mundo exterior palidecen en importancia, para mí y mi familia, mientras concentramos nuestra atención en la salud de mi hijo de 11 años. Mi esposa y yo acabamos de tener cuatro horas de agonía mientras tratábamos de resolver si le dábamos luz verde al cirujano para operarlo. Aunque existe la posibilidad de que su condición se supere sin necesidad de recurrir a la cirugía, también es posible que empiece a deteriorarse. Mientras tanto, él sufre un terrible dolor. Por eso nos resultó tan angustioso decidir qué sería lo mejor para él. Una información noticiosa irrumpió esta semana en la burbuja en la que me he encerrado. Talvez sea más honesto decir que una información noticiosa se filtró hasta mí precisamente porque en este momento puedo comprender cómo siente un padre el sufrimiento de su hijo. Según los informes del propio Pentágono, esta semana murió el soldado norteamericano número 1.000 desde la fecha del primer día de la invasión. Mis pensamientos inmediatamente se dirigieron hacia los padres y madres de aquellos hombres y mujeres jóvenes (en su mayoría) que perdieron su vida. Estoy seguro de que aquellos padres se sienten orgullosos por el sacrificio y valentía demostrados por sus hijos al exponerse al peligro para servir a su país. Igualmente, estoy seguro de que aquellos padres sienten un dolor indescriptible cuando reciben la llamada telefónica que les avisa que sus seres amados ya no regresarán a casa. Lamentar la pérdida de estas 1.000 vidas se torna trágicamente difícil, puesto que las relaciones públicas de la guerra estipulan de los norteamericanos no deben ver a sus soldados volviendo a casa en bolsas de cuerpos. El Pentágono ha prohibido las fotografías de los soldados muertos, y menos de los ataúdes que los transportan. El mensaje es el siguiente: no hagamos de la guerra un asunto personal. La guerra se alimenta muy bien con ideologías, eslóganes y miedos. Los rostros de las víctimas arruinan el ritmo de la parada militar. También se da por entendido que los norteamericanos no honrarán las vidas de los iraquíes que han muerto en este conflicto. No sabemos sus nombres ni nos imaginamos el dolor que sienten los padres de aquellas víctimas. El Pentágono incluso se rehúsa a llevar (públicamente) la cuenta de esas muertes. Para nosotros, ellos no son gente. Son terroristas, árabes, musulmanes, extranjeros, enemigos. La guerra moderna deja de ser guerra cuando se transforma en algo personal. ¿Se han detenido alguna vez a pensar cuán irónico es que, de los hombres que son más responsables del inicio del ataque preventivo a Irak (el presidente Bush, el vicepresidente Cheney, el secretario de defensa Donald Rumsfeld, el subsecretario de defensa Paul Wolfowitz, el ex presidente del Consejo de Políticas de Defensa, Richard Perle, y el jefe de gabinete de la Casa Blanca, Karl Rove), ninguno ha pasado un solo minuto en un combate militar? Ni tampoco sus hijos o hijas pusieron sus vidas en peligro por patriotismo. De seguro habría mucho menos fanfarroneo en su retórica si fueran ellos quienes recorren las líneas del frente de batalla, o si fueran sus propios hijos quienes intentan ocupar las calles de Fallujah.
Como padre, la campaña presidencial me deja helado. Cada candidato hace piruetas para tratar de convencerme de que es más guerrero que el otro. George W. Bush, quien al parecer ni siquiera tuvo tiempo para reportarse en su base militar en Alabama, nos dice que blandirá la espada para liberar al Medio Oriente. Para no ser menos, John Kerry nos ofrece su saludo militar y quiere que creamos que Vietnam lo convirtió en un héroe de guerra y no en un veterano que se opone a la guerra por principios. Por mi parte, lo que quiero escuchar es cómo harán los candidatos para ser pacificadores. ¿Cómo contribuirán a una paz duradera en Israel y Palestina? ¿Cómo detendrán la violencia en Sudán? ¿Cómo acabarán con la hostilidad que nos está conduciendo hacia un choque de civilizaciones entre cristianos y musulmanes? ¿Cómo construirán puentes que los terroristas no intenten despedazar? Considero la paz como un asunto personal; no quiero que mis hijos crezcan con el miedo a un inminente ataque terrorista. Deseo que el próximo presidente de los Estados Unidos también considere la guerra –y la paz– como un asunto personal.-
Más sobre las consecuencias de la guerra en Irak: Contador de civiles muertos en Irak Gráfico interactivo: Una mirada a aquellos que murieron en The New York Times (suscripción gratuita) Recuento de muertes de soldados norteamericanos en la conquista de Irak
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