En el extranjero

La traición religiosa a Dios y su antídoto

Por Simon Barrow*, Ekklesia, 21 de abril de 2011
Traducido por Felipe Elgueta Frontier, www.puertachile.cl

El Viernes Santo y el Domingo de Resurrección los comprendemos en cierta medida (o eso creemos). Pero ¿de qué rayos se trata el Jueves? Su sentido escapa a muchos de nosotros, incluso dentro de las iglesias.

Esto no deja de ser verdaderamente sorprendente, puesto que está cargado de significado al ser la noche que precede a una ejecución que ha dejado una marca indeleble en nuestro entramado religioso, y dado que combina la narración de dos actos en los que se plasman tanto la tragedia más horrible como la verdadera esperanza de la fe cristiana: el arresto del Señor, como consecuencia de un acto de generosidad gratuita.

Los relatos bíblicos tradicionales (Marcos 14:43-52, Juan 13:1-6) son noticias extrañas, difíciles de comprender para un mundo donde la traición a Dios y el secuestro y confinamiento del proyecto divino dentro de una ideología odiosa (mayormente religiosa) están tan incorporados a la fría rutina que casi pasan desapercibidos para sus más fervientes practicantes o cómplices. Así ocurre cada vez que condenamos, ignoramos, excluimos, abusamos, negamos, torturamos y matamos en nombre de Dios, y cada vez que tales blasfemias son exaltadas al definirlas como “sagrados deberes”.

Del mismo modo, es común que el orgulloso “cristianismo muscular” tergiverse el señorío anti-poder atribuido a Jesús (y encarnado en su disposición a arrodillarse y lavar los pies de los más humildes) al emplearlo para legitimar los esquemas terrenales de poder y dominación.

De hecho, estas dos concepciones del poder –una que lleva a entregarse a los demás y otra que busca controlarlos– son enemigas acérrimas, y debe optarse por una de ellas. A esto nos vemos confrontados, por ejemplo, en los cataclismos viscerales y teológicos del libro de Apocalipsis (el cual siempre he sostenido que se comprende mejor si se ve como una mezcla de saga de la redención y fantasía de venganza).

El asunto es éste. ¿Quién se sienta en el trono al final? Es decir, ¿quién “manda” al final? ¿Son los degolladores de corderos (siguiendo la imaginería del libro)… o es el “Cordero que fue Inmolado” por esos matarifes? Clara, provocadora y dolorosamente, el drama pascual nos da la respuesta a esta pregunta; pero mucho de lo que se hace en nombre de la iglesia traiciona el evangelio pascual o yerra el blanco con resultados fatales.

Jesús lava los pies de Pedro

Jesús lava los pies de Pedro (1852-6). Ford Maddox Brown.

Tal como dijera alguien una vez, tan perspicazmente: “¿Qué diferencia habría habido en la historia de la iglesia, en sus relaciones internas y externas, si el sacramento cristiano central hubiera sido el lavado de pies?”. A lo largo de los siglos, han sido tal vez las ramas menos institucionales, menos ritualistas y más disidentes del cristianismo las que se han acercado más a responder dicha pregunta en la práctica.

Lo que la doble trayectoria del Jueves Santo nos recuerda es que, en realidad –aunque no siempre en la devoción religiosa, la cual ha sido penosamente sentimentalizada o ideologizada–, los relatos pascuales tienen un carácter profundamente subversivo y consisten precisamente en tomar los supuestos y prácticas “naturales” de lo religioso y lo político e invertirlos en todos los sentidos posibles.

En la economía de Dios, tal como la encontramos en la carne y comunidad de Jesús, los últimos son los primeros, los de afuera están adentro, los que sufren son consolados, los pobres priman sobre los ricos, los quebrantados son restaurados, los violentos son desarmados, las mujeres son los verdaderos testigos, los niños reciben bendición y no abuso, y los poderosos son derribados de sus tronos… para que, por medio de una “inversión divina” (Peter Selby), podamos descubrir juntos la verdadera comunión, comunidad, humanidad y salvación: en una palabra, la plenitud.

En eso consiste “la verdad, el camino y la vida” a la cual nos invita Jesús, como personas y como cuerpo colectivo, a lo largo de toda la historia, más allá de las lealtades religiosas o étnicas, y en todo lugar. Equivale al máximo don, pero constituye también (precisamente porque es un don, nunca una posesión) una completa amenaza. El ethos del lavado de pies en lugar de la dominación desafía y desinfla nuestros egos, expone nuestros juegos de poder, cuestiona nuestra comodidad ante la injusticia y deja al descubierto el mito de la “violencia redentora” con la cual buscamos moldear el mundo y frenar el mismo mal que en realidad estamos perpetuando (Walter Wink).

En pocas palabras, el camino de Cristo le roba a aquellos de nosotros que ‘señorearían’ sobre los demás precisamente aquel poder que ellos necesitan y anhelan. De este modo, tal como dice René Girard en su exposición del origen mimético del chivo expiatorio como mecanismo primitivo para mantener el orden social humano, este molesto Jesús debe ser arrestado y llevado a juicio para que pueda preservarse el statu quo donde el pez grande se come al chico, todo esto con la bendición, el ritual y la aprobación de la “religiosidad” victimizadora.

En este sentido, el Traidor final es víctima, un peón dentro de un edificio completo de poder religioso y político que Jesús desarma a través de su forma de ser, servir, hablar, actuar y relacionarse. Dietrich Bonhoeffer expresó muy bien la paradoja (en la cual estamos todos implicados y no convenientemente absueltos), cuando escribió: “Incluso Judas se unió a la obra de Cristo, y el hecho de que así lo hiciera será siempre un oscuro acertijo y una terrible advertencia”.

Así que cuando contemplamos el huerto de Getsemaní, aquel lugar de belleza y quietud que es la antecámara de la traición religiosa, la victimización humana y el asesinato aprobado por el Estado, empezamos también a vislumbrar la esperanza. La Pascua nos habla de confrontar la muerte (no evitarla), exponer la mentira (no coludirse con ella) y recibir (en lugar de controlar) el don de la vida, el cual nos sobrepasa completamente… y aún así se halla en medio nuestro.-

La Última Cena

"En memoria de mí", Walter Rane. www.walterrane.com

(*) Simon Barrow es un escritor, teólogo, educador y periodista británico. Es miembro del consejo del Centro Menonita de Londres y codirector de Ekklesia, un grupo de expertos sobre religión y sociedad, de orientación ecuménica y fuertemente ligado a los valores y compromisos de las iglesias anabautistas y de paz.

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