En el extranjero

Cristianismo, Libia y el ciclo de la violencia

Por Simon Barrow*, Ekklesia & Menno Weekly Review, 21 de marzo de 2011
Traducido por Felipe Elgueta Frontier, www.puertachile.cl

“¿Es correcto que en ciertas ocasiones los cristianos apoyen acciones militares en lugares como Libia?”. Ésa fue la pregunta que me plantearon en la emisora Premier Christian Radio esta mañana, junto a la pragmática cuestión de qué va a pasar después de los bombardeos occidentales y cuál será el alcance de sus repercusiones.

Mi respuesta (sin duda inadecuada) fue preguntar qué responsabilidades prácticas tenemos los cristianos a la luz del embarazoso asunto de que el relato del evangelio contradice claramente la idea de una “salvación por bombardeo”. En lugar de ello, el mensaje de la crucifixión y resurrección, que ocupa el centro de la narrativa cristiana, habla de absorber el asesinato y la violencia, no de infligirlos. Además, en los eventos relacionados con Jesús, la “venganza” impartida en respuesta a la muerte injusta es una acción divina que da vida, no algo que genera más muerte.

Por eso, pienso yo, lo que se espera de los cristianos no es que se instalen como generales apoltronados a impartir su espaldarazo moral a las fuerzas armadas. Pero tampoco pueden quedarse de brazos cruzados. Por el contrario, están llamados a actuar responsablemente, diciendo las cosas por su nombre y usando todo medio a su disposición (no la sangre y las tripas de otro) para apoyar a las víctimas de la injusticia y trabajar por una paz justa.

Decir la verdad implica reconocer el dolor y la inviabilidad de la situación y, al mismo tiempo, señalar que es improbable que bombardear Libia ayude al país a avanzar hacia la democracia y que, sin duda, aumentará el sufrimiento de su pueblo. Probablemente algunos se salven o vean aliviada su situación en Bengazi, mientras que otros serán sacrificados en Misrati. Pero la espiral de violencia rara vez distingue entre “culpables” e “inocentes”; las fuerzas occidentales en contextos árabes y musulmanes sólo intensifican otras respuestas de ira y venganza, y enfrentar a Gaddafi en su propio juego –el del poder a través del miedo y la muerte– probablemente le servirá para justificar un uso más permanente y extendido de esa misma táctica. Además, en el largo plazo se cierne la posibilidad de la invasión terrestre y la guerra civil. Es un lío horrible.

En este contexto, para los cristianos, “usar todos los medios a nuestra disposición” significa indudablemente ejercer toda la presión moral, política, económica y espiritual que nos sea posible, codo a codo con otras personas. Esto no involucra el despliegue de ejércitos profesionales y fuerza letal, por la simple razón de que las iglesias carecen de ellos. Tales medios no son parte “del camino, la verdad y la vida” tal y como los encarnó Jesús. Y llamar a terceros a “bombardear a otros para hacerles un bien” (como mordazmente dijo alguien a propósito de Irak) no es más difícil ni más responsable ni más costoso que condenar desde la poltrona.

Art Gish, pacifista cristiano.

Art Gish, de ECAP, cierra el paso a un tanque israelí en Hebrón (Lefteris Pitarakis/AP Wide World Photo)

Lo que está claro es que se requiere de una estrategia diferente si hemos de romper con los esquemas de dominación, dictadura y violencia que imperan en el largo plazo y ensombrecen nuestro presente. Esto es lo que los Equipos Cristianos de Acción por la Paz (ECAP) y otros grupos intentan lograr en situaciones de conflicto en Israel y Palestina, Colombia y otras regiones del mundo, poniendo sus propios cuerpos en la línea de fuego para desafiar la violencia y unir a las personas contra la injusticia, usando técnicas y tácticas civiles que sólo pueden implementarse con un esfuerzo inmenso y una buena dosis de disciplina.

En el caso de Libia, por supuesto, tales respuestas se tornan mucho más difíciles debido a la ausencia de una sociedad o infraestructura civil coherente. El coronel Gaddafi –en varios momentos criticado y en otros respaldado, avalado y armado por países como el mío– se ha asegurado de que esto sea así.

Sin embargo, unir a la opinión árabe e internacional (en lugar de dividirla a través de intervenciones armadas selectivas y riesgosas) puede ejercer una tremenda presión. Los contratos petroleros hablan poderosamente. Así también la ayuda financiera y el intercambio de inteligencia con los movimientos anti-Gaddafi, la colaboración con la Liga Árabe para evitar el flujo de mercenarios no libios hacia las fuerzas de Gaddafi en Libia, fortalecer la oposición dentro y fuera del país, poner fin a las ventas de armas a regímenes opresores de la región, dar asistencia humanitaria y a refugiados, y otras medidas más.

Tal como lo señalara recientemente el ministro de relaciones exteriores de Alemania, la alternativa a una temeraria aventura militar definitivamente no es la inacción. Así lo han demostrado los alzamientos populares en otros países de la región, y así podrían hacerlo los gobiernos también, si hablaran realmente en serio de aquella libertad y democracia que defienden de manera tan poco convincente a punta de pistola.-

(*) Simon Barrow es un escritor, teólogo, educador y periodista británico. Es miembro del consejo del Centro Menonita de Londres y codirector de Ekklesia, un grupo de expertos sobre religión y sociedad, de orientación ecuménica y fuertemente ligado a los valores y compromisos de las iglesias anabautistas y de paz.

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