En el extranjero

Denle una oportunidad a la resistencia pacífica

Por Erica Chenoweth*, The New York Times, 9 de marzo de 2011
Traducido por Felipe Elgueta Frontier, www.puertachile.cl

La rebelión en Libia sobresale de entre la reciente agitación en Medio Oriente debido a su violencia generalizada: a diferencia de los manifestantes de Túnez o Egipto, los de Libia rápidamente dieron pie atrás en su búsqueda de un cambio no violento y dieron origen a una rebelión armada.

Y aunque la lucha en Libia esté lejos de concluir, no es demasiado pronto para plantearse una pregunta crucial: ¿qué es más efectivo como fuerza para lograr el cambio: la resistencia violenta o la no violenta? Desafortunadamente para los rebeldes libios, las investigaciones muestran que la resistencia no violenta tiene muchas más probabilidades de producir resultados, mientras que la resistencia violenta corre un mayor riesgo de ser contraproducente.

Pensemos en las Filipinas. Aunque los insurgentes intentaron derrocar a Ferdinando Marcos durante las décadas de los 70 y 80, no lograron concitar un apoyo amplio. Cuando el régimen cayó en 1996, fue a manos del movimiento Poder Popular, una campaña no violenta por la democracia que ostentaba más de dos millones de adherentes, incluidos obreros, activistas juveniles y clérigos católicos.

De hecho, un reciente estudio que realicé junto a Maria J. Stephan, quien actualmente es planificadora estratégica del Departamento de Estado, comparó los resultados de cientos de insurgencias violentas con los de grandes campañas no violentas entre 1900 y 2006; encontramos que más del 50 por ciento de los movimientos no violentos tuvieron éxito, en comparación con alrededor de un 25 por ciento de las insurgencias violentas.

¿Por qué? Lo primero es que la gente no tiene que renunciar a sus trabajos, dejar a sus familias o decidirse a matar a alguien para participar en una campaña no violenta. Eso significa que tales movimientos tienden a atraer a un espectro más amplio de participantes, lo que les da mayor acceso a miembros del régimen, incluidas las fuerzas de seguridad y las elites económicas, quienes a menudo simpatizan con los manifestantes o incluso tienen parientes entre ellos.

Manifestantes en Túnez

Manifestantes en Túnez. Foto AP/Los Angeles Times

Lo que es más, los regímenes opresivos necesitan la lealtad de sus subordinados para hacer cumplir sus órdenes. La resistencia violenta tiende a reforzar dicha lealtad, mientras que la resistencia civil la socava. Cuando las fuerzas de seguridad se rehúsan a cumplir órdenes de disparar contra manifestantes pacíficos, por ejemplo, los regímenes deben hacer concesiones a la oposición o renunciar al poder, que es precisamente lo que ocurrió en Egipto.

Ésta es la razón por la cual el presidente egipcio Hosni Mubarak hizo tantos esfuerzos por usar bandoleros armados para tratar de provocar a los manifestantes egipcios a que usaran la violencia, lo que le habría permitido concitar el respaldo de los militares.

Pero donde Mubarak fracasó, el coronel Muammar el-Qaddafi triunfó: lo que empezó como un movimiento pacífico se transformó, luego de unos pocos días de brutal represión por parte de una banda de milicianos extranjeros, en una fuerza de combatientes rebeldes armados pero desorganizados. Una revolución popular con amplio apoyo ha sido reducida a un grupo más pequeño de rebeldes armados que intenta derrocar a un dictador brutal. Estos rebeldes están en gran desventaja y es improbable que triunfen sin una intervención directa desde el extranjero.

Sin embargo, si otros alzamientos a lo largo y ancho del Medio Oriente mantienen su carácter no violento, deberíamos estar optimistas acerca de las perspectivas para la democracia allí. Esto, porque con pocas excepciones –siendo Irán la más notable– las revoluciones no violentas tienden a conducir a la democracia.

Aunque el cambio no es inmediato, nuestros datos muestran que entre 1900 y 2006, el 35 a 40 por ciento de los regímenes autoritarios que enfrentaron grandes alzamientos no violentos se habían convertido en democracias cinco años después del fin de la campaña, aun cuando las campañas hubieran fracasado en su intento por producir un cambio inmediato de régimen. Para las campañas no violentas que sí tuvieron éxito, la cifra se empina bien por encima del 50 por ciento.

Los buenos no siempre ganan, pero sus posibilidades aumentan en gran medida cuando juegan bien sus cartas. La resistencia no violenta consiste en encontrar y explotar puntos sensibles en una sociedad. Toda dictadura tiene vulnerabilidades, y toda sociedad puede encontrarlas.

(*) Erica Chenoweth es profesora asistente de gobierno en la Universidad Wesleyana, EEUU, y es co-autora del estudio “Why Civil Resistance Works: The Strategic Logic of Nonviolent Conflict” (“Por qué funciona la resistencia civil: Lógica estratégica del conflicto no violento”)

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